Arturo Pérez-Reverte, padre del Capitán Alatriste y de Falcó
Arturo Pérez-Reverte, padre del Capitán Alatriste y de Falcó
LIBROS

«Los perros duros no bailan», no es fácil escribir sobre animales que hablan

Escrita en apenas un mes y tras el éxito de «Eva» llega esta novela de Pérez-Reverte protagonizada por unos canes y con aires de «noir». Un ensayo narrativo con aciertos y fallos

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Escrita por Dalton Trumbo y dirigida por Stanley Kubrick, en 1960 se estrenó «Espartaco», basada en la novela homónima de Howard Fast. La película no tardó en convertirse en un clásico y el personaje del esclavo Espartaco, en un arquetipo al quePérez-Reverterecurre desde la primera página de su nueva propuesta literaria, titulada en un claro homenaje a Norman Mailer «Los perros duros no bailan».

La aventura de Negro, un cruce de mastín español y fila brasileño, que a sus ocho años ha conseguido retirarse de las peleas de perros y dejar de ser luchador para convertirse en guardián de un almacén, nos recuerda en sus fragmentos más brillantes la utopía de la Libertad escrita con mayúsculas, esa por la que merece la pena aceptar el destino fatal que habrá de sucederla sin remedio.

Las dos lecturas

Sin embargo, dejando a un lado el planteamiento de partida -la investigación que Negro lleva a cabo para encontrar a Teo y Boris el Guapo, dos canes amigos que desaparecen al volver a sus respectivos hogares después de una noche de ocio en el abrevadero de Margot- la novela, muy corta, escrita en apenas un mes y publicada tras el éxito de «Eva», la nueva entrega de la serie «Falcó», se presta a dos lecturas: una por la que merece la pena hacerse con ella y otra que la condena a ser una obra menor dentro de la extensa y a menudo exitosa producción de su autor.

Las sombras de esta historia se localizan en la sátira. El texto es más débil, casi se rompe, cuando pretende provocar la risa del lector, algo que no consiguen ni los diferentes perfiles perrunos, que intentan sin demasiada gracia, nadando apenas en la superficie, caricaturizar ciertos comportamientos humanos, ni la crítica latente a un momento social, el nuestro, en el que la dictadura de lo políticamente correcto amenaza con encorsetar opiniones y juzgar también la ficción.

No funcionan los acentos de la perra argentina, Margot, ni del perro francés; ni tampoco el de Tequila, la perra mexicana y traficante, que nos recuerda a «La reina del sur»; y no funcionan las referencias a los neonazis, ni al machismo porque se quedan cortas y se centran en el tópico, porque se echa de menos una reflexión en el juego que vaya más allá de la «mala leche que solo una perra es capaz de mostrar cuando disecciona a otra perra» o de las perras que «prefieren los golfos a los caballeros». Falta ingenio, pero nadie dijo que fuera fácil escribir sobre animales que hablan.

Tal vez por eso, la novela brilla más cuando sus protagonistas se olvidan de los humanos que los están leyendo, de ser metáfora, y se centran en ser perros, lo que ocurre principalmente en la segunda mitad de la trama, ubicada en la Barranca y el Desolladero, un escenario de chabolas y miseria, donde se celebran las peleas ilegales en las que Negro se enrola de nuevo para salvar a Boris y Teo.

El brillo

«-Nos volvemos canes cómodos, supongo [...]. -Exacto. Renunciamos a los sueños. A la aventura. Envejecemos aburguesados junto a la chimenea o el radiador de una casa, royendo las zapatillas de un amo...».

La conversación que Negro mantiene con el dogo sin nombre que lo vigila en la Barranca, a la que acude de forma voluntaria para luchar, nos devuelve al mejor Pérez-Reverte, que describe con una minuciosidad capaz de despertarnos sentidos ajenos a la lectura el mal olor del miedo que acecha a los perros gladiadores, cristalizado en la sangre y los excrementos; y nos transmite la maldad infinita con la que somos capaces de doblegar conciencias y principios. En este aspecto, «Los perros duros no bailan», conecta por partida doble con Orwell y nos remite no sólo a «Rebelión en la granja», sino también a la sociedad distópica de «1984», donde no hay límite en las torturas para lavar el cerebro.

En la estela de «El coloquio de los perros», de Cervantes, que nos introduce en la acción; de «La colina de Watership», de Richard Adams y, además, de D’Artacan y Sherlock Holmes, las series de «anime» con el toque de Miyazaki que ilustraron la infancia de los que fueron niños en la década de los 80, «Los perros duros no bailan» es arriesgada y se mira en el espejo de un buen puñado de clásicos contemporáneos. Sólo el tiempo nos revelará si está a la altura.