Pedro Touceda
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LIBROS

Pedro Touceda, la nostalgia es un relato corto

El escritor y periodista nos ofrece una sugerente colección de cuentos donde se asoma a la autoficción

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Todo es curioso en este periodista, director de tres cortometrajes, director del FIBABC (Festival Iberoamericano de Cortometrajes ABC), escritor desde hace tiempo. Una de sus curiosidades, que tiene muchas, es que en cierta manera ve el mundo a través del relato corto, es decir, cree que el mundo está compuesto de retazos y que la construcción de largo alcance, la novela, es algo más planificado y que, en el fondo, se ajusta menos a como transcurre el universo en nuestra memoria.

Decía Günter Grass que la memoria gusta de jugar al escondite, es decir, que la memoria es una gran creadora de relatos que se ajustan más o menos, de aquella manera, con lo realmente acontecido. Pedro Touceda (Madrid, 1958) ha empleado el relato corto -41 cuentos que se corresponden con los capítulos del libro-, género que le subyuga tanto en cine como en literatura y que no parece querer abandonar. De hecho, publicó en los ochenta «Un solo de calle», que se pagó él mismo con el dinero que ganaba de mozo de recados en una imprenta del barrio de Usera, que por aquel entonces aún conservaba ese aire de gueto de tipógrafos, único vestigio de ilustración en un espacio dedicado a talleres de otra especie, sobre todo de reparación de automóviles. Y, más tarde, otros dos libros de relatos: «Caramelos envenenados» y «Mucho cuento», al modo del libro de Onetti.

Ágape sagrado

La nueva propuesta de Touceda posee muchas virtudes, entre ellas, la especial conformación que adopta el recuerdo, siempre tendente a lo maravilloso, que no a lo feliz, aunque lo contenga. Los relatos se estructuran con querencia cronológica, que comienza cuando la familia de origen asturiano y gallego se traslada al barrio de Lourdes, en Madrid, cerca de la Casa de Campo, y finaliza el día en que el protagonista se va a la mili, a las Islas Canarias, es decir, cuando, según las leyes no escritas de aquel tiempo, comenzaba a ser adulto.

Construye la memoria alejándose de tópicos y mediante una especial mirada

Libro, por tanto, de la infancia. Con un paisaje, como es el de la Colonia de Lourdes, una colonia que construyó Sáenz de Oiza, y unos tiempos muy determinados, en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta, los años del peculiar desarrollismo español y la creación de la clase media. También hallamos sus trasuntos del centro de la ciudad, la Latina y el Rastro, que Touceda conoce bien porque vendía, vestido de hombre anuncio, sus libros.

Hay aquí relatos tendentes a lo real maravilloso, como el de los pistachos «que comían los reyes de Mesopotamia», en palabras de la abuela, que hacían congregarse a la familia en torno a ese fruto seco a la manera de un ágape sagrado. Pero lo más destacado no es solo la especial mirada con que el autor construye la memoria, y que como sabe que juega al escondite, se inventa muchas de ellas, sino que Pedro Touceda ha escrito una prosa del suburbio muy alejada de los tópicos de las bandas juveniles que es el único modo que hasta ahora se ha abordado la realidad de esos barrios. En este libro, se supera el lugar común para crear un paisaje nuevo. Toda una bendición.