El saxofonista Pedro Iturralde
El saxofonista Pedro Iturralde
MÚSICA

Pedro Iturralde: «Me encantan las armonías de Chopin»

Una de las leyendas vivas del jazz español, actúa a sus ochenta y ocho años en el Auditorio Nacional de Madrid. Toda una lección de longevidad y juventud

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Ha estado enfermo Pedro Iturralde en los últimos tiempos. «He tenido varias operaciones, una de las cuales a la hipófisis. Desde entonces, he empezado a tener vértigos, mareos. Me he asustado un poco. Sin embargo, cuando toco no tengo problemas. El pasado mes de agosto actué en el Café Central; tenía algo de miedo. Pero todo salió estupendamente». Que la música sea terapéutica lo demuestra la trayectoria de esta leyenda viva del jazz español. Con ochenta y ocho años, Iturralde sigue en la brecha: practica todos los días y, después del Central, se prepara para tocar el próximo viernes con su cuarteto en el Auditorio Nacional. «No puedo parar de trabajar. Para mí la música es necesaria».

El secreto de tanta longevidad estriba también en la moderación, en el haberse mantenido alejado de los excesos y adiciones que han caracterizado a otros jazzistas. «Nunca he caído en las drogas; beber me gusta, pero sin exagerar. En el Whisky Jazz Club de Madrid, donde toqué durante muchos años, hubo músicos que se hicieron bebedores porque allí teníamos barra libre. Conmigo en cambio la gente preguntaba siempre en broma ‘‘¿Qué beberá esta noche Iturralde?’’ porque nunca se sabía: a veces era un licor, a veces un zumo de tomate».

«Nunca he caído en las drogas; beber me gusta, pero sin exagerar»

Precisamente el cierre en 1971 del Whisky Jazz (el de la calle Marqués de Villamagna) marcó un antes y un después en su vida. «Aquello me salvó. Recuperé mi respiración. En el Whisky Jazz, la gente fumaba sin parar. Fui al médico y me dijo: “Usted fuma muchísimo”. Le contesté: “Pero si yo no fumo”. Mi caso era mucho peor que el de un fumador pasivo porque cuando tocas un saxo tenor, para hacer que suene bien, tienes que respirar por la boca a pleno pulmón y entonces lo tragas todo. Así que decidí cambiar de vida. Empecé a ser catedrático en el Conservatorio de Atocha, fui a vivir a una zona de Madrid más tranquila, me compré incluso una bicicleta. Al final me curé». Iturralde presume de una capacidad torácica envidiable. Para demostrarlo, me coge la mano y sopla sobre ella delicadamente durante más de veinte segundos. Pulmones que han atesorado un antiguo consejo. «De joven me decían: ‘‘Si quieres tocar bien, haz muchas notas tenidas’’».

Acerca de su grabación más emblemática, «Jazz Flamenco», pionero encuentro entre los dos géneros que cumple este año medio siglo de vida (1967), Iturralde cree que todavía hay malentendidos: «Lo que hice fue tomar como base las canciones antiguas andaluzas que García Lorca había recogido y armonizado. Aquellas armonías me resultaban muy pobres, así que las armonicé de acuerdo a la escala flamenca, traté de darles una forma y sobre esta base, improvisamos todos». Ese «todos» incluye a un joven Paco de Lucía, que aparece bajo el seudónimo de Paco de Algeciras por cuestiones de contrato.

Cuando le pregunto si ha pensado alguna vez improvisar sobre piezas de música clásica como han hecho otros colegas, se muestra perplejo: «No me atrevo. Pero a lo mejor en el concierto del Auditorio Nacionalempiezo con una melodía clásica, por ejemplo la de "Cuadros de una exposición" de Musorgski, que he tocado con la Orquesta Nacional. Con la Nacional he hecho casi todo el repertorio orquestal que incluye saxofón». Reconoce su debilidad por la música romántica y en especial por Chopin: «Me encantan sus armonías. Como músico de jazz, la armonía es el soporte sobre el cual empieza todo. Para improvisar, es necesario que te gusten las armonías, que tengan interés. Sin darme cuenta, lo que hemos hecho con el jazz ha sido luchar contra la armonía tradicional que perduraba en los conservatorios».

Recuerdos de África

Iturralde reivindica su doble filiación jazzística y clásica, aunque sea la primera la que se escuche en el Auditorio Nacional el próximo viernes. «Yo empecé como músico clásico, en la banda de mi pueblo, a los once años. Tocábamos todo tipo de música, pero sobre todo en invierno tocábamos cada domingo un concierto de música clásica». A partir de ahí, los recuerdos se disparan, empiezan a volar: su primer contrato profesional a los doce años para tocar en un café en Logroño; la gira que en 1947, junto al cantante Mario Rossi, le lleva a Lisboa primero y luego al Norte de África.

Tánger, Casablanca, Argel, Túnez... «ciudades muy internacionales por aquel entonces», recalca. Y, antes del regreso definitivo a España, las estancias en Líbano, Grecia y Turquía. «Me gustan todos los lugares en los que he estado, me gusta la gente porque en todas partes hay gente buena.» Palabras de un músico sin fronteras.