Pedro Guerra (en la imagen) cuenta en la reedición de «Golosinas» con la colaboración de Rozalén, Juanes, Pablo López y Vanesa Martín
Pedro Guerra (en la imagen) cuenta en la reedición de «Golosinas» con la colaboración de Rozalén, Juanes, Pablo López y Vanesa Martín
ENTREVISTA

Pedro Guerra: «Mi música no bebe del tormento»

El álbum de debut de Pedro Guerra, «Golosinas» (1995), regresa remasterizado con nuevas versiones en las que el cantautor canario se funde con otras voces

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Pedro Guerra nos recibe cerca de su casa con sus eternas converse, sus gafas y su camiseta. Tiene las uñas largas, como profesional que es de la guitarra. Con voz pausada contesta generosamente a nuestras preguntas.

Escuchando tu versión de «Toda una vida» me hace pensar: ¿Se puede vivir con poco?

Pienso que sí. También depende de las aspiraciones que tengas en la vida. De hecho hay gente que apuesta por una vida con lo menos posible. Yo, por ejemplo cuando empecé en Canarias, me independicé de mis padres muy pronto y vivía no con mucho, era una persona sola, no tenía compromisos ni responsabilidades y con lo que sacaba cantando vivía en un piso compartido... Porque es verdad que en esta sociedad en la que vivimos hay muchas cosas que anhelamos y que perseguimos y que cuestan mucho, pero que en realidad no sirven para nada.

«Golosinas» comienza con la canción «Biografía». ¿Quién es Pedro Guerra?

Pues una persona de las islas Canarias que muy temprano comenzó a escribir canciones y a cantarlas por ahí. Con dieciocho años me uní a dos cantautores en un grupo que se llamó Taller Canario de Canción; y cuando digo esto es porque descubrí mi vocación muy pronto. Hoy en día no le puedes preguntar a un chico de catorce años qué es lo que quiere ser, porque probablemente no lo sepa. Yo a los catorce me empecé a dedicar a la música.

¿Qué canciones escuchabas entonces?

Las de Nueva Trova Cubana, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Víctor Jara, Atahualpa Yupanqui... ¿Antes de eso? Pues Nino Bravo y Cecilia. También es verdad, ahora volviendo a «Toda una vida», que a mi padre le gustaba tocar la guitarra y la música latinoamericana, por lo que de pequeño había escuchado los boleros de Manzanero, o «Toda una vida» en un single de Chavela Vargas que tenía otra muy bonita que se llamaba «Voy hacia la vida».

Pero hay una paleta amplia, por ejemplo haces una versión de «Mi niña Lola» de Pepe Pinto, o de «Ojos verdes» que es una copla. O sea, que te abres al bolero, a la copla, al tango, a la habanera.

Sí, pero fíjate, de pequeño en Canarias son el bolero, la ranchera, Agustín Lara, pero la copla viene después, yo no vivo en un ambiente donde se escuche copla. Es más, crecí en un ambiente donde había como un rechazo, porque sí es verdad que siempre se asoció con el franquismo, cosa que es falsa, en la época de la República ya había mucha copla. La copla la aprendí aquí, en Madrid, a través de María que en su casa son más de escuchar la copla. Y en el caso de «Mi niña Lola» porque hubo una versión de Concha Buika muy bonita y así conocí esa canción.

Has adaptado a Quevedo, Lorca, Borges, Alberti, Rimbaud, Antonio Gala... Imagino que esto fue un trabajo conjunto.

Lo de Gala fue un disco que hizo una artista que se llama Clara Montes, todo con poemas de Gala. Ese disco lo produjo Rosa León, que habló con un montón de compositores para ponerle música a esos poemas. Y así surgió esa canción. Los demás que has citado, casi todos son de un trabajo para poner música a sonetos, y muchos de ellos se ha encargado de grabarlos en un disco de hace tres o cuatro años Miguel Poveda.

«Una canción no cambia el mundo, pero juega su papel. Las canciones que he escuchado me han ayudado a ser mejor»

Quería preguntarte especialmente por Ángel González.

Le admiraba mucho. Juan Cruz, el periodista canario, gran amigo de Ángel González, nos presentó y surgió la posibilidad de hacer juntos un trabajo. Entonces yo le puse música a sus poemas, y salió un disco que se llamó La palabra en el aire. Además, recita parte de su poesía y tuve la suerte de poder hacer unos cuantos conciertos con él. Fue un proyecto que se truncó y ya no se hizo más porque Ángel murió en 2008, pero nos dio para hacer el disco-libro y diez o doce conciertos. Y a mí me dio para establecer una relación bastante estrecha con Ángel, top de la poesía mundial. Poder trabajar con él fue un proyecto increíble, muy hermoso, sí.

Antes de venir a verte me imaginé a Pedro Guerra haciendo una versión de «Terra» de Caetano Veloso. ¿Lo has pensado?

Es una canción preciosa. Lo vi con Gilberto Gil en un concierto recién llegado a Madrid, en la muralla árabe. Un escenario en verano, los dos solos. En Golosinas hay lo que yo llamo un triángulo (por hablar de ciudades) geográfico que uniría Río de Janeiro, La Habana y Buenos Aires. La combinación de estos tres elementos conforman el disco Golosinas. Está Silvio Rodriguez, en Argentina, está Fito Páez que me influyó mucho por aquella época, y Caetano, por buscar un representante, pero en Brasil hay muchos artistas.

A veces pienso que así como a los poetas, el mundo de la niñez y la infancia les ha dejado una huella profunda, en tus letras parece que ese mundo está ahí.

Sí, y sobre todo en el disco Golosinas. Es el primer disco que hago en Madrid. Yo todavía soy un extranjero, alguien que se está buscando la vida. Para los canarios es especialmente complicada la adaptación. Es un disco lleno de nostalgia de lo que va quedando atrás, que está tan relacionado con mis recuerdos de la infancia y la juventud.

«En esta sociedad hay muchas cosas que anhelamos y que cuestan mucho, pero que en realidad no sirven para nada»

En cambio, frente a muchos poetas cantantes, no se ve por ningún lado en Pedro Guerra ese lado oscuro, ese alma atormentada. Hay más bien transparencia, optimismo. ¿Es así?

Sí, porque yo no soy atormentado. Mi música no bebe del tormento. Me gusta mirarme para dentro, y entenderme, y tratar de dar respuestas a las cosas. No soy una persona de la noche, ni del tormento. Mi mundo es el de la vida cotidiana, el de la «normalidad».

¿Puede la música cambiar el mundo, a mejor?

Siempre recuerdo, ya desde los tiempos de Nuevo Taller Canario, una canción con unos versos de Mario Benedetti: «Una canción no hace la revolución, pero no existen las revoluciones sin las canciones». Pero, te digo, una canción no cambia el mundo, pero puede jugar su papel, ayuda. Cambiarlo... no, ojalá. Las canciones que he escuchado me han ayudado a ser mejor, a entenderme mejor, a entender mejor a los demás. No me imagino nada sin canciones, sin música.

Lo que sí hay es una colaboración con el subcomandante Marcos. Es un personaje esquivo, complicado llegar hasta él. ¿Lo conociste?

No, leí una vez unas frases suyas en un artículo, una especie de poemita de cinco versos, y le puse más o menos música, porque es una especie de rap, una letanía que se repite. Lo grabé en mi disco Raíz y luego esa canción la utilizó Fernando León para un documental que hizo sobre el zapatismo, recogiendo la famosa marcha que hicieron desde Chiapas a México D. F. Se llamaba Caminantes. Cuando Marcos estaba activo no fui por México y no surgió la posibilidad de conocerlo. Pero sentí simpatía por el movimiento. Tengo muchos amigos y una cercanía enorme con México. Que acabara poniéndole a esto música fue más una casualidad.

Tres libros y tres películas.

El primer libro que me impactó fue Los Cachorros, de Vargas Llosa, me lo mandaron leer en octavo de EGB. Luego, 2666, de Roberto Bolaño, y la Poética de Ángel González. Películas, es complicado, una de cine de autor que me encantó, Ocho y medio, de Fellini. Recientemente me han gustado mucho Tres anuncios en las afueras y Camino a la perdición, de Sam Mendes.