Pawel Pawlikowski, en el rodaje de «Cold war»
Pawel Pawlikowski, en el rodaje de «Cold war»
CINE

Pawel Pawlikowski, director de «Cold war»: «Ninguna sociedad ayuda al amor. Ninguna. Nunca»

Pawlikowski, que ya mostró su talento en «Ida», regresa con la historia de un amor imposible pero real en la Guerra Fría. Un película que es la revelación en España, con una taquilla inusitada para el cine de autor europeo

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Hay pequeños milagros. Como que una película en blanco y negro, polaca, rodada en cuatro tercios... acumule un millón de euros en España. Lo ha logrado Cold War, una obra maestra apta para todos los públicos, no solo aquellos que fingen asombro ante el frío tedio que tantas veces llega de cinematografías más extremas.

Cold War es, ante todo, la historia de un amor maldito pero real, con unos personajes cuya vivencia, con la guerra fría como telón de fondo, se traslada al presente, cualquiera, y resuena a un futuro que todos alguna vez imaginaron.

Dice Pawel Pawlikowski (Varsovia, 1957) que su película es una caja a la que van añadiendo cosas y cosas, y que luego las filtra para que no quede nada, y nada se verbaliza. De esas capas, algunos se quedan con la parte política, otros con la historia de amor, alguno, quizá, solo con el jazz… «Pongo todo dentro y luego lo oculto, destilándolo hacia algo muy simple. Para mí, una buena películas es como un espejo donde te ves a ti mismo y te descubres». Un espejo que invita a mirar muy hondo, y al que proponemos acercarse a través de citas de los protagonistas y de las respuestas de su creador.

La huida: «Yo no me habría ido sin ti»

El cine ha hecho de la huida un género. La fuga, excusa para seguir vivo. En Cold War, los personajes no parecen escapar del régimen que los oprime ni después de la vida burguesa que los atormenta: huyen de sí mismos con la misma fuerza con la que terminan por atraerse.

Siempre habíamos visto que lo difícil era escapar. Aquí lo difícil es regresar…

Hasta 1961, Berlín no tenía muro y mucha gente cruzó andando al otro lado. Mi padre lo hizo. Me contó que en los cincuenta llegó a Berlín, cruzó al Oeste y volvió al Este andando. Para Wiktor, el protagonista, el problema es el regreso porque no tiene papeles al cruzar ilegalmente las dos veces. Cuando está en París, los polacos le dicen que para ellos no existe.

La huida de ella es sencilla...

Se va porque se casa con un extranjero. Con el fin del estalinismo, el comunismo se volvió un pelín más suave y podías casarte con un extranjero e irte. Para Zula no era un matrimonio serio, así que cuando llega al Oeste se va a ver a Wiktor.

Las raíces: «Si voy a Francia, ¿quién seré?»

Cuando el régimen empieza a asfixiar a los intelectuales, se presenta la oportunidad de dejar Polonia. Pero Zula teme mirarse en el espejo y no reconocerse. La identidad, las raíces, el universo que conoce... Todo se desvanecería al otro lado.

En Europa y en España hay un amplio debate sobre las identidades. ¿Cómo lo valora como creador europeo?

Como artista, cuando hago películas trato de ser fiel a lo que es específico del tiempo y del lugar que trato en la historia, me nutro de la textura de la realidad, pero lo que realmente busco es lo que es universal, trascendente y atemporal. No valoro más allá.

Otro gran título del año es «Roma», de Alfonso Cuarón, también en blanco y negro y con una historia familiar. ¿Qué une al cine de un polaco y de un mexicano para llegar a un sitio común?

Supongo que ambos hemos vivido y trabajado en el extranjero durante mucho tiempo y, en un momento similar de nuestras vidas, sentimos la necesidad de volver a un terreno firme, a algo familiar, a lo que nos dio forma. A las raíces. Dicho esto, nuestro blanco y negro, nuestro lenguaje cinematográfico y nuestra sensibilidad son muy diferentes.

De vuelta a la película, sorprende ver que Zula no sea feliz en París, donde tiene todo…

El hecho de que no se adapte es muy entendible. En Polonia tenía el mejor trabajo posible, es una estrella, viaja a Praga, a Moscú, a París… ¿Por qué iba a querer irse a un país del que no sabe nada, ni el idioma? Y resulta que tiene razón. Puedo comprenderla totalmente.

Hay algo de la religión como identidad. Solo repite un escenario: la iglesia destruida por los soviéticos. ¿Cuál es el peso de la religión en el filme?

La religión, en el comunismo… (duda) La cosa divertida es que al principio, cuando el comunista entra en la iglesia, se siente raro porque es su primera vez en un sitio así, pero cuando ve el Pantocrátor automáticamente se santigua. Aunque la iglesia esté destruida, hay algo dentro que nunca se va, siempre está ahí, y es importante en las películas tener ese espacio. No hago películas sociológicas o políticas, la vida debe estar abierta a la espiritualidad sin explicarlo.

El amor: «¿Qué nos hemos hecho?»

La historia de Wiktor y Zula es, en parte, la vida de los padres de Pawlikowski. Y también es, en parte, el retrato de una época. «Haz el amor y no la guerra», se gritaba en las calles de París diez años después de que los protagonistas libraran allí la más cruenta de sus batallas, la que acaba con ambos destruidos como ya aseguraban los preceptos de la Guerra fría.

¿Es «solo» una historia de amor?

Hay algo en las historias de amor, en el amor en general, que tiende a lo absoluto. Pero el amor siempre es relativo: cambia con la edad, los lugares…

¿Era más fácil el amor en el Este o en el Oeste?

Ninguna sociedad ayuda al amor. Ninguna. Nunca. El amor romántico nunca funciona. No digo que su amor se frustre por el comunismo o por el exilio; es así, pero también es por un problema de ellos. Están rotos. La gente que demanda lo absoluto del amor siempre acabará frustrada.

Es algo parecido a lo que le pasa a los protagonistas...

Ella se decepciona en un punto porque él no es el hombre que imaginaba que sería. Pero cuando luego están lejos, recrean la imagen de los dos. Y eso les hace la vida imposible. Es un amor platónico, aunque tienen una conexión física. Es algo que observé en mis padres. Cuando estás cansado para seguir, no hay nadie en el mundo que te pueda entender mejor que él o ella. Es el tipo de amor que encuentras al final del camino, especialmente si has estado en el extranjero y rodeado de extraños. Puede que tengas amantes, nuevos amigos... pero al final, hay una única persona que te conoce y te quiere en lo bueno y lo malo. Y entonces os aceptáis mutuamente y abandonáis en este mundo.

La música como arma: «Introducid a Stalin en el repertorio»

Wiktor descubre el poder ominoso de los comunistas cuando le exigen introducir en su repertorio loas a Stalin. El Partido quiere usar la música de los campesinos para crear identidad nacional en la URSS. Pero cuando Wiktor llega a París, acepta que lo que baila la bohemia francesa entre sorbo y sorbo de champán es jazz, esa música que nació en las manos y gargantas de los esclavos.

¿El capitalismo hizo mejor el «trabajo» de apropiación cultural, tan de moda hoy?

Para ser honesto, cuando escribía la historia, no pensaba en términos tan intelectuales y contemporáneos. Estaba pensando en la situación de mis personajes, en su perspectiva. En los años 50, el Socialismo real del Este era la doctrina oficial, mientras que al otro lado, el jazz era peligroso y tenía olor a libertad.