«La partida de naipes» (1948-1950)
«La partida de naipes» (1948-1950)
ARTE

Los pasajes humanos de Balthus

Con Balthus no hay medias tintas. Es un artista al que se ama o detesta. El museo Thyssen, gracias a la Fundación Beyeler, organiza una nueva antológica con la que ponernos a prueba

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La primera individual de Balthus -apodo que puso Rilke a Balthasar Klossowski cuando era amante de su madre- tuvo lugar en París en 1934. Constaba sólo de siete lienzos, uno de los cuales se exhibió en un reservado para evitar escándalos. El cuadro se titula La lección de guitarra y representa una escena de dominación sexual entre una maestra y su discípula. Ningún artista había tratado antes un asunto tan escabroso en una obra de semejante formato. El pintor parecía tomar a sus 26 años el atajo de la provocación, aunque con la mirada puesta menos en el público que en sus colegas de la vanguardia. En un momento en que la figuración se consideraba agua pasada, Balthus compuso con la disciplina y el rigor técnico de la pintura clásica una piedad pornográfica. Fue el arranque de una carrera polémica cuyo eco no ha dejado de oírse desde su muerte en 2001.

El último escándalo se ha producido en Nueva York. Aprovechando la ola de puritanismo asociada al movimiento #MeToo, algunos han exigido la retirada del Metropolitan de una de sus piezas más famosas:Thérèse soñando. La pintura, presente en la exposición del Museo Thyssen, muestra a una niña adormilada que enseña las bragas mientras un gato lame a sus pies un plato de leche. Para ciertos espectadores se trata de una indecencia que sería mejor ocultar. Hay que proteger a las masas del peligro de un arte decadente creado para satisfacer el gusto de las elites corrompidas. Claro que, por ese camino, ¿cuántos cuadros habría que descolgar de los museos? El número de personas ofendidas con la naturaleza, la Historia o la sociedad no para de crecer. Imaginen si los animalistas protestaran contra los bodegones o los señores de edad reclamaran la retirada de las obras que se burlan de la impotencia, cuadros como los consagrados a Hércules y Onfalia, el mordaz de Goya o el igualmente cruel de Cranach. ¿Qué nos quedaría al final?

Juzgar el arte desde la moral es lo que hacen siempre los ignorantes. Balthus no se ha librado

La lección de guitarra fue un escándalo, pero, sobre todo, fue una lección de pintura. El rumor de que Balthus trabajó inspirado por un apetito inaceptable, aderezado con leyendas como la del millonario que compró la obra afirmando que adquiría un seguro contra la impotencia, no debería engañarnos. Toda su producción posterior así lo demuestra. Ni la pintura estaba obligada a seguir el camino de los adversarios de la figuración, ni el hecho de que sus temas encendieran las luces rojas de la moral (a Degas le había ocurrido lo mismo con las petits rats de los cuerpos de baile), invalidaba su proyecto estético. Juzgar el arte desde la moral es lo que hacen siempre los ignorantes. Balthus, por otra parte, insistió en las memorias que dictó siendo nonagenario en que jamás hizo sus pinturas con intenciones eróticas y no hay nada en su vida que haga pensar que mentía.

Tránsitos

Pero, ¿cómo confiar en alguien que eligió tan a menudo para protagonizar sus cuadros a niños y, sobre todo, a niñas en poses lascivas o indecentes?, ¿no resulta sospechoso que fuera la infancia su mayor fuente de inspiración, particularmente ese momento en que, con o sin lucidez, en la vigilia o el sueño, parece estar produciéndose el tránsito a otra fase de la vida privada ya de inocencia?

«Los hermanos Blanchard», obra de 1937
«Los hermanos Blanchard», obra de 1937

Claro que, tampoco ese interés es nuevo. El Renacimiento, debido quizás al prestigio de los sarcófagos romanos, sintió también predilección por la representación del mundo infantil, y entonces nadie se extrañaba de que ángeles o cupidos, ocupados frecuentemente en faenas de intermediación erótica, mostraran actitudes indecorosas. Para el espectador instruido las figuras infantiles desempeñaban un papel espiritual, no sexual. Los problemas aparecen cuando gente incapacitada para ver más que lo que se ve a simple vista se interesa por el arte. Es lo que ocurrió cuando Paulo IV hizo tapar con calzones los desnudos de la Capilla Sixtina, o cuando una feminista ofendida acuchilló la Venus de Velázquez, o cuando Stalin impuso el realismo socialista. Aquí podemos ahorrarnos el discurso acerca de las limitaciones intelectuales de los iluminados contrarios a la libertad artística, pero conviene recordar que la misión del arte es impedir que la verdad nos aplaste, particularmente la de quienes se creen con derecho a imponerla a los demás.

Previsiblemente, ojalá me equivoque, el imperio de la corrección política incitará a algunos a declarar que la exposición de Balthus a punto de inaugurar en Madrid es un espectáculo para pervertidos. Ha sucedido en otros lugares y puede suceder también aquí.

Momentos cruciales

El ambiente parece propicio. Cuando los predicadores de turno descubran a Balthus se horrorizarán al ver que prefirió representar muchachas en flor entrando en las arenas movedizas de la sexualidad en vez de castas damiselas bordando lemas de solidaridad como a ellos les gustaría. Son muchos hoy los que aplaudirían si se despojara a los artistas del privilegio, heredado de los bufones, de poder hablar libremente sobre aquellos asuntos que el resto calla por decencia.

A esas personas me gustaría recordarles que, si acuden a la exposición, evoquen aquello de Borges de que en el destino humano hay un instante decisivo en el que uno sabe para siempre quién es, y que lo asocien con Balthus, quien intentó a lo largo de toda su existencia representar el tránsito de la infancia a la juventud a través del descubrimiento de la sexualidad y los misterios de la seducción. Pocos momentos hay más cruciales para el ser humano. Y mientras conectan esos dos cables, no olviden que la pintura, a diferencia de la música o la poesía, dispone sólo de un instante para decir todo lo que tiene que decir y que, en él, el pintor debe mostrarlo todo. Los predicadores han denunciado siempre esa instantaneidad como fuente de ambigüedades, pero: ¿tiene por ello el artista que dejar de serlo y renunciar a comprender la vida?