Imagen que recrea un momento de «La Odisea»
Imagen que recrea un momento de «La Odisea»
ENCUESTA ABC CULTURAL

«La Odisea», plata en el pódium de los más grandes

Hasta 148 puntos ha obtenido el poema épico por antonomasia, escrito hacia el siglo VIII a. C. por Homero, en la gran encuesta elaborada por ABC Cultural sobre los cien libros imprescindibles de la Historia de la Literatura

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Yo ya sabía que Homero iba a figurar entre los diez autores más votados, y, a pesar de que mi opción personal había sido la «Ilíada», también sabía que iba a ser la «Odisea» el poema homérico que obtendría más apoyos. La razón es sencilla: mientras que la «Ilíada» no ha tenido descendencia, sino tan solo confluencias, la «Odisea» es -tras las huellas de la «Epopeya de Gilgamesh», que tanto influyó en el autor del cantar que celebra el regreso a casa de Ulises- el origen de toda la literatura posterior, el cimiento de una pirámide que, en lugar de faraones difuntos, contiene fórmulas para olvidar la muerte: la divina pirámide de la literatura.

Héroe de siempre

Todos los libros del mundo en los que pasan cosas, cuyos personajes viajan, vuelven y se extravían, matan y mueren, odian, hacen el amor y preguntan, imaginan y traicionan, son, de algún modo, la «Odisea». Ulises u Odiseo, su protagonista, el «asendereado» Ulises (como mi amigo Carlos García Gual aconsejaba traducir el omnipresente epíteto «polýtropos» del original), se hizo llamar Nadie para escapar de Polifemo, y no hay que ser un lince para darse cuenta de que, al llamarse así, nos representa a todos, de que en su historia se refleja la historia del héroe de entonces, de ahora y de mañana, de que su relato es todos los relatos y su sueño todos los sueños.

Mucho más «moderna» que la «Ilíada», menos rigurosamente masculina que el poema de la ira de Aquiles ( Robert Graves escribió una novela, «La hija de Homero», en la que postulaba como autora de la «Odisea» a una mujer), el poema de Ulises nos embruja por la vertiginosa sucesión de sus aventuras. Nos da, además, la oportunidad de identificarnos con su protagonista, un héroe profundamente humano, una especie de «extraordinario hombre ordinario» -la fórmula empleada por Goethe para definir a Napoleón- que ha de superar un sinnúmero de severísimas pruebas iniciáticas hasta regresar, diez años después y disfrazado de mendigo, a su isla, para restablecer el orden alterado por los odiosos pretendientes de su fiel esposa, Penélope. Y es que, como dijo Kazantzakis, la saga de Ulises mira siempre al futuro, y su historia constituye el punto de partida de ese artefacto que tanto nos ayuda a vivir y que llamamos literatura.