Félix de Azúa, autor de «Nuevas lecturas compulsivas»
Félix de Azúa, autor de «Nuevas lecturas compulsivas» - Ignacio Gil
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«Nuevas lecturas compulsivas», enfermedades que sanan

Han pasado casi veinte años de «Lecturas compulsivas» y Félix de Azúa vuelve a la carga con sus «Nuevas lecturas compulsivas». Si el panorama cultural que retrataba no era muy halagüeño, el presente no invita a ser mucho más positivo

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En la época en que un «tuit» ya no sólo vale más que mil palabras, como hasta hace nada les cumplía sólo a las imágenes, sino más que toda la historia del pensamiento y la literatura, la época del pensamiento guay y la implementación constante y jubilosa del multizopenquismo y la «intermelasuding» (la época donde toda catástrofe tiene ya su cimiento, para qué vamos a engolosinarnos con lo contrario), la salida a la luz de una nueva entrega de un maestro a la antigua como es Félix de Azúa (maestro es el que enseña a aprender toda la vida porque él sabe algo de eso, el que da a leer y mueve a ver y atender) es posible que no sea acogida más que con el más estruendoso silencio o el debido desdén, cuando no como algo directamente carca, como de educación de señoritas. Hemos retirado a los verdaderos maestros al desierto y hay que ser una especie de beduino para seguirles lejos del griterío comunicativo y universitario, y Azúa (Barcelona, 1944), el poeta Azúa, el novelista Azúa, el Azúa pensador, «enfant terrible» o maduro heterodoxo, lo que en el fondo es lo más grande, un humilde maestro de la curiosidad intelectual y la pasión por entender y buscar algo de sentido a estos cuatro malos pasos que son nuestra vida bajo el sol y la sombra de esta tierra, un guía en el páramo de la moderna mostrenquería intelectual o un curtido instructor en técnicas de guerrilla lectora.

De hablar a gorjear

Pero en la nueva gavilla de abordajes e iluminaciones que componen sus «Nuevas lecturas compulsivas», el autor sólo se presenta a sí mismo como un enfermo, pero no un enfermo inocuo, sino propenso a contagiarnos una enfermedad pacientemente contraída en su larga, tensa y atenta exposición a la Historia del pensamiento, el arte y la literatura. Ésa es ya su sola confianza en un mundo en que de hablar estamos pasando a gorjear, el contagio por contacto. Porque hay enfermedades que matan y otras que, contra lo que en un principio se pudiera suponer, acaban sanando a lo que en realidad de sano no tenía más que el nombre y la apariencia. Cuando la salud es pura apariencia, cuando nos creemos sanos -o hasta el paradigma de la salud- y luego resulta que en realidad nos quedan dos días mal contados, tal vez no venga mal una buena enfermedad como la que se propone inocularnos Azúa.

Azúa lo que desearía es inocularnos el afán de lectura, contagiarnos de ella

Hacia finales del siglo XIX se extendió la metáfora de la sociedad como organismo y como organismo enfermo; desde Paul Bourget a Nietzsche o a Azorín, toda Europa se llenaba la boca con esa metáfora como instrumento de descripción de la zozobra finisecular. Por mucho que haya hoy quien se las dé de sano y seguro, no creo que la zozobra sea menor. Imprevisibilidad, decimos hoy, todo es imprevisible, borroso e intercambiable y confuso por no decir enfermo, el cuerpo social está enfermo.

Pero quizá podamos aventurar un diagnóstico más preciso: la enfermedad de nuestra época, la enfermedad de la cual la imprevisibilidad, la confusión y lo borroso son síntomas, está en el lenguaje, es una enfermedad lingüística, y proviene de que, de tanta instrumentalización de todo, nos estamos olvidando de llamar a las cosas por su nombre más leal, de que hemos olvidado la potencia de las palabras más fecundas y las hemos sustituido por una calderilla roñosa e indiscernible, por un dinero de bolsillo que basta con que suene, y sobre todo que da igual lo que digamos, que podemos llamar de cualquier forma a cualquier cosa o cualquier hecho y, más, podemos llamar al revés, podemos llamar una cosa con el nombre de su contraria, víctima al verdugo, verdad a la mentira, bien común al mal para la mayor parte, y da exactamente igual. Lo importante es poder decirlo y sobre todo poder machacarlo, martillearlo mil veces, hacerlo viral. No en vano se utiliza esa metáfora. Para que un enunciado esté sano hoy día ha de hacerse viral, ha de convertirse en virus, en enfermedad. La enfermedad lingüística es la sanidad de nuestros días, lo que se lleva el gato de la comunicación al agua. El opio del pueblo es el pueblo, y el lenguaje es su profeta.

Adoctrinados

Se enseña a estar sanos, es decir, adoctrinados, catequizados, se enseñan habilidades comunicativas, destrezas digitales, empoderamientos lingüísticos. No a leer, no a atender, a aprender, a sacar de los textos, no a distinguir, a contrastar, discernir y deliberar, no a mantener de por vida una tensión de verdad con las cosas y los hechos sino a tener opinión, a comunicar opinión, a hacer viral tu opinión. A sabiendas de que la opinión, la pajarería aturdidora de las opiniones, configura el mundo y a esa pajarería la llamamos lenguaje humano.

Para que un enunciado esté sano hoy en día ha de hacerse viral, ha de convertirse en enfermedad

Nada pues más a contracorriente que enseñar hoy a leer, que invitar a leer no de cualquier manera sino a fondo, no cualquier cosa sino lo más fecundo, que orientar en lecturas de fuste y proponer sesgos madurados tras un trato de décadas con lo más granado del pensamiento y la literatura. Así hizo Azúa en sus primeras «Lecturas compulsivas» de hace casi veinte años (Anagrama, 1998) y así lo hace ahora. Entonces nos invitaba a leer con él a James, a Kafka o a Faulkner, a Dostoievski o a Onetti o a Unamuno y Benet, nos planteaba lo que era la novela y lo que era la poesía. Con sus «Nuevas lecturas compulsivas», en cabal compilación de Andreu Jaume, Azúa nos brinda sus incursiones en la obra de Hölderlin o Eliott, nos presenta a Mateo Alemán o Bernal Díaz del Castillo, nos ilumina la compleja obra de Proust con una luz tan modélica como fulgurante lo mismo que a Montaigne, Sánchez Ferlosio o Savater y de nuevo entra en lo que es una novela y un poema o una biblioteca. Pero ahora ya no se contenta como entonces con una mera invitación.

Lectura catequizadora

El tiempo ha empeorado, los nubarrones que se ciernen no auguran nada bueno, y Azúa lo que desearía ya más bien es inocularnos la necesidad de la lectura, inficionarnos, contagiarnos de ella. Sólo con ese contagio podemos sanar de lo sano, de lo beatamente sano, de la confusión y el gregarismo de nuestros días y nuestro país. Tal vez hubo una época en que de las universidades se salía contagiados de esa necesidad y, poco o mucho, la lectura tenía su prestigio, me refiero a la lectura aplicada, iluminadora, aquilatada, a la lectura que nos ponía en cuestión el mundo y a nosotros con él, no a la lectura catequizadora.

Uno de los acontecimientos culturales más insidiosos de nuestro país es el prurito de algunos profesores y políticos por establecer listas de ingratos, de enemigos culturales del pueblo. Suelen coincidir curiosamente con quienes más hacen pensar, con quienes mejor invitan a leer, a no comulgar, a no dejarse llevar. Son los nuevos condenados por herejía, por disidencia, por heterodoxos, pero la enfermedad lingüística de nuestra época, la cárcel de lenguaje en la que los nuevos caudillos están encerrando a sus acaudillados, hace que parezcan lo contrario.

La lectura, la lectura verdadera y atenta, curiosa y fecunda, sin anteojeras ideológicas ni tomas de partido previas, no sé si nos hará libres, pero por lo menos nos hará lectores y entonces la libertad, esa meta de los caminos de los que habla Azúa, estará más cerca porque será también el camino.