Amy Tan nació en Oakland, California, en 1952
Amy Tan nació en Oakland, California, en 1952 - Julian Johnson
ENTREVISTA

Amy Tan: «No soy mejor persona por vender más libros»

Amy Tan alcanzó la celebridad con «El club de la buena estrella». Ahora, esta escritora norteamericana hija de emigrantes chinos abre una cápsula temporal en «Recuerdo de un sueño»

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La buena estrella de Amy Tan está prendida a su memoria. Con ella ha construido una sólida carrera como escritora. «Cada momento consciente se refiere a momentos que sucedieron antes», nos confiesa. «Esos instantes pasados afectan a la forma en que juzgo, disfruto, odio, amo profundamente -o evito el amor-, siento miedo o reflexiono sobre la moralidad y mis contradicciones. Es una narrativa en curso que llamo autobiografía subconsciente». Nacida en Oakland, California, hace 66 años, hija de emigrantes chinos que viajaron a Estados Unidos para labrarse un futuro mejor, Amy Tan saltó a la fama con la publicación en 1989 de El club de la buena estrella, novela basada en la experiencia vital de su propia familia, que fue llevada al cine por Wayne Wang en 1993. Su nueva obra, Recuerdo de un sueño (Planeta), es la búsqueda de recuerdos perdidos en el desván de su pasado, verdades olvidadas que hicieron que se convirtiera en autora de éxito.

¿Estamos vivos mientras nos recuerdan?

Estoy viva cuando soy consciente de mis pensamientos, observaciones y creencias. Es terrible no poder recordar ideas importantes a medida que envejezco. A veces ni siquiera sé lo que son. Escribir en un diario me ayuda a recordarlas. Lo leo de vez en cuando y siempre me sorprende que esos sean mis pensamientos y no los de un extraño.

¿Le obsesiona la posteridad?

Si creyera que es importante elegiría hacer lo que me diera los mejores elogios y publicidad cuando me convierta en ceniza. Desecharía diarios privados con ideas estúpidas, eliminaría páginas de mis primeros borradores que eran terribles, conservaría cartas de personas famosas y enterraría aquí y allá escándalos y confesiones ficticias para que los estudiantes que analicen mi obra los encuentren. En otras palabras, una obsesión con la inmortalidad simbólica me llevaría a tomar decisiones deshonestas. Mi mejor esfuerzo para la posteridad es hacer lo que pueda para frenar el calentamiento global y no sentirme impotente porque tenemos un presidente que cree que el carbón limpio es carbón que ha pasado por la lavandería.

¿Piensa en la muerte?

Todos los días. Pero no por miedo, sino porque me asombra que yo, un ser consciente y con sentimientos, que habla, camina, escribe, come, algún día deje de existir, al menos en una forma física. Me entran ganas de meterme en mi cabeza para sorprenderme más a menudo y ver cómo todo lo que he experimentado se entrelaza. Me anima a deshacerme de mis pertenencias. También pienso mucho en la muerte de otras personas, familiares y amigos, mascotas y, especialmente, de mi madre, que todavía está presente.

Amy tiene dos años cuando le hacen esta foto en una piscina de Fresno con su padre, John, que era ingeniero eléctrico
Amy tiene dos años cuando le hacen esta foto en una piscina de Fresno con su padre, John, que era ingeniero eléctrico

Su pasado, sus seres queridos, la memoria de su infancia y de su juventud, son muy importantes en su creación literaria.

El trauma en mi pasado ha seguido moldeando mi forma de pensar, mis emociones y creencias. Mi madre tuvo instintos suicidas, probablemente influida por el suicidio de su madre cuando ella tenía nueve años. Así que pienso mucho en la herencia del carácter, lo que se me ha transmitido para bien o para mal, aunque afortunadamente no tengo esa tendencia autodestructiva. El otro trauma es la muerte de mi padre y mi hermano mayor con seis meses de diferencia cuando yo era una adolescente. Los adoraba y me sentí abandonada. Pasé del amor al miedo, de la esperanza y la promesa de milagros a la pérdida, la ira, la rebelión y la necesidad de hacer preguntas y no confiar en las respuestas de nadie como verdaderas.

Cuenta en su último libro que abrió una cápsula temporal (siete cajas de plástico) que guardaba con recuerdos del pasado. ¿Qué es lo que encontró que le conmovió más?

Las cartas que me escribió mi madre. Son hermosas, conmovedoras y, a veces, desgarradoras. A menudo lloro al leerlas. Estaba tan sola, confundida y asustada... En una confiesa que está perdiendo la memoria. Otras expresan desesperación por el vacío de su vida y son un indicio de que quería suicidarse. La última carta de mi padre también es devastadora. Pensé que yo era su favorita, pero en esa carta se quejaba de mí: decía que era perezosa, indiferente, terca, desconsiderada y carente de valores cristianos.

«Es terrible no recordar pensamientos a medida que envejezco. Los leo en mi diario y creo que son los de un extraño»

Estados Unidos ha sido un lugar de peregrinación de ciudadanos chinos. Muchos se han organizado en guetos, en «Chinatowns». ¿Es posible una interacción más profunda entre dos sociedades tan dispares?

Nosotros no vivíamos en una Chinatown. Creo que los que viven en comunidades «insulares» se empobrecen. Dependen de sus familias para alojarse y encontrar trabajo. Al principio nos instalamos en vecindarios de clase trabajadora de origen muy diverso: chino, japonés, afroamericano, mexicano... Con el tiempo nos mudamos a suburbios donde nuestros vecinos y mis compañeros de escuela eran blancos. En mi familia los niños que nos criamos en Estados Unidos fuimos a la universidad e hicimos amistad con personas de todas las razas.

Le pongo un ejemplo: la familia es muy importante en China. En ese sentido, enlaza con la tradición española. No parece que lo sea tanto en Estados Unidos.

No conozco en profundidad la cultura familiar española. Podemos tener similitudes con respecto al honor familiar, las tradiciones de nuestros antepasados y el bienestar de los padres a medida que envejecen. Padres y abuelos pueden vivir juntos. Las madres «interfieren» más, presionan para adherirnos a lo que quiere la familia. Si bien podemos ir en contra de esas demandas y, por ejemplo, mudarnos a Madrid para escapar de ellas, sufriríamos por nuestra traición. Debo agregar que muchos de mis amigos blancos tienen relaciones muy cercanas con sus familias. Se apoyan al menos financieramente. Aunque en su infancia no se esperaba que se mantuvieran cerca. ¡Los enviaban al campamento de verano!

La escritora junto a su madre, Daisy, en 1989
La escritora junto a su madre, Daisy, en 1989

¿Se cumplió el sueño americano de su familia?

Mi padre comenzó un negocio en Silicon Valley que nos iba a hacer ricos. Yo iba a ser médica. Mi padre murió antes de que el negocio pudiera despegar. No me hice médica. Ninguno de ellos, ni yo, habríamos considerado jamás que me convirtiera en una autora de éxito como parte de su sueño americano. Mi madre ni siquiera leía novelas. Sin embargo, había un sueño chino que se suponía que debía cumplir y era apoyar a mi madre en su vejez. Le compré una propiedad, dediqué gran parte de mi escritura a sus pensamientos y experiencias e hice que se sintiera orgullosa de mí en público, lo que hizo que se olvidara de la modestia china.

Hay una famosa frase de Rilke que dice que la verdadera patria del hombre es la infancia. Pero usted reconoce que su infancia fue dura y solitaria.

Estoy de acuerdo con Rilke. Pero la patria no es necesariamente una infancia feliz y acogedora. La mía fue confusa, solitaria y dolorosa a veces, aunque también llena de amor. La patria incluye la razón por la que pierdes la inocencia. Esa patria de la infancia está siempre presente. Todavía soy muy infantil y conservo manchas de inocencia.

La lucha por los derechos de las mujeres está teniendo importantes avances en los países occidentales, con fenómenos recientes como «Me Too». ¿Qué piensa al respecto?

Necesitábamos un movimiento «Me Too» para sacudir al gobierno, el lugar de trabajo, las escuelas, las iglesias, las profesiones médicas y otras organizaciones. Fue la única manera, al parecer, de que tomaran en serio el abuso sexual. Conozco a muchas mujeres que sufrieron abusos y nunca se lo contaron a nadie. Yo entre ellas.

Usted contó la historia de su abuela en «El valle del asombro». Dice que en la China actual todavía hay cortesanas. ¿Está lejos la conquista de derechos por parte de las mujeres chinas?

Debería aclarar que no estoy segura de que mi abuela fuera una cortesana, aunque hay evidencias. Nunca lo sabré a menos que ella se presente con un documento firmado ante notario. En cualquier caso, fue una concubina que se suicidó para escapar de una vida que se le impuso. Las mujeres a las que me referí son amantes a sueldo, a menudo bien educadas y que reciben respeto y remuneración económica, como las cortesanas del pasado. Pueden exigir automóviles, estipendios, joyas, incluso un apartamento. No hay expectativas de amor o matrimonio. Esto es diferente de la industria que incluye a niños secuestrados como esclavos sexuales. Dicho esto, los derechos de las mujeres en China han avanzado mucho en las áreas urbanas. En áreas rurales y pobres tienen menos opciones. Hay estadísticas de hace diez años que dicen que China tiene la tasa más alta de intentos de suicidio entre las mujeres del campo.

«La obsesión por la posteridad cuando me convierta en ceniza me llevaría a tomar decisiones deshonestas, y no lo deseo»

¿Fue difícil sobrevivir al éxito de «El club de la buena estrella»?

Estaba desconcertada porque nunca había soñado con ser una escritora de ficción, y mucho menos tener éxito. No estaba delirando. El foco repentino me asustó porque mi vida estaba fuera de control. Las exigencias y expectativas eran enormes. En realidad me deprimí. Dejé de leer críticas. No creo que sea mejor persona por vender más libros que un poeta desconocido. Y espero que mi carrera decaiga, no con temor, sino con la expectativa de que me sentiré libre de la vida pública. Tengo planes para hacer otras cosas que amo y pospongo.

Habla de la imaginación, de los sueños y de la música como inspiración. ¿Qué parte ocupan en su trabajo en contraste con el sacrificio, el esfuerzo, el «dolor» de la escritura?

La música, la imaginación y el contenido emocional de los sueños se asocian. Siento dolor y miedo cuando no estoy escribiendo, especialmente al preguntarme si he perdido todo lo que tuve una vez. El dolor puede convertirse en una crisis existencial si pienso que nunca volveré a escribir, y ese pensamiento me afecta mental, emocional y físicamente. Pero cinco minutos después me siento y me fuerzo a escribir, y el dolor se disipa.

En «Recuerdo de un sueño» incluye cartas a su editor y a su madre. El género epistolar está de capa caída en estos tiempos de mensajes cortos en las redes sociales, ¿no cree?

Echo de menos la importancia de la carta infrecuente; la sensación de que ese papel en nuestras manos también lo sostuvo el remitente, que dedicó tiempo a elegir cuidadosamente las palabras. Emily Dickinson fue el último gran modelo de literatura epistolar. Escribía poemas en los sobres de misivas que recibía. Por cierto, mis correos electrónicos pueden ser de mil palabras o más. Si informo de que me compré un par de zapatos nuevos, probablemente describa otros zapatos de estilo similar que he usado, problemas con mis pies, etcétera. Si escribo una carta, eso sería un problema. Los límites de la cuartilla me obligan a ser frugal con las palabras y las noticias. Quizás eso sea algo bueno.

¿Sigue viviendo en Sausalito (un tranquilo y encantador pueblo pegado a San Francisco)? ¿Cómo le ha marcado en su vida, en su trabajo?

Sausalito es mi hogar y siempre lo será. Construimos nuestra casa para nuestras necesidades actuales y futuras (Amy Tan está casada con el abogado Louis DeMattei). Eso me hace sentir segura. Tenemos una vista espléndida de la bahía y las islas. Doy gracias todos los días. Me permite la calma que necesito para reflexionar y escribir... si el perro no estuviera ladrando.