Óleo de Isabel de Braganza, de López Piquer
Óleo de Isabel de Braganza, de López Piquer
ARTE

Museo del Prado: dos siglos de anécdotas entre obras maestras

Con la muestra «Museo del Prado 1819-2019. Un lugar de memoria», nuestra pinacoteca por antonomasia arranca las celebraciones de sus dos siglos de Historia

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El Museo del Prado es un museo sin glamour. No tiene fantasma, como el Louvre en París, ni ha sido asaltado repetidamente por ladrones, como la Galería Nacional de Oslo, ni su colección procede mayormente de censurables expolios, como el British Museum, ni tampoco nadie duda de la autenticidad de sus obras… Esta falta la compensa con un número sobrecogedor de piezas maestras, buena parte de las cuales fueron reunidas por la rama española de los Habsburgo, quienes prosiguieron así la afición coleccionista de Isabel la Católica.

El edificio donde se encuentra fue concebido durante el reinado de Carlos III para servir de sede a un Gabinete de Historia Natural. Su transformación en galería de arte tuvo lugar en tiempos de Fernando VII, gracias a María Isabel de Braganza, segunda esposa del monarca. Una pintura de Bernardo López Piquer fechada en 1829 (once años después de la trágica muerte de la Reina), muestra a ésta en una lujosa estancia señalando con una mano los planos del edificio dispuestos sobre una mesa, y, con la otra, el inmueble ya construido a través de una ventana. Isabel, de la que dice la leyenda que al llegar al Palacio Real de Madrid encontró un pasquín con el mensaje: «Fea, pobre y portuguesa, ¡chúpate esa!», es también la protagonista de un mármol de Álvarez Cubero, uno de las mejores del Prado, hecho quizá para aliviar la maliciosa crueldad de sus súbditos.

Consabidas polémicas

Entre las trescientas once piezas de maestros españoles con que abrió el museo en 1819 figuraba la monumental serie de batallas del Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro, ahora vinculado al museo. La rehabilitación como sala de exposiciones de este espacio con ocasión del bicentenario es una de las pocas cuestiones que ha generado cierta polémica. A unos les gustaría volver a verlo en su estado original, con las mismas obras que allí se exponían, incluidos los escudos de los 24 reinos que conformaban la Monarquía Hispánica en tiempos de Felipe IV, cuando se hizo el palacio. Otros consideran que ello supondría una exaltación subrepticia de la monarquía y de la guerra como medio de cohesión de los territorios, y prefieren darle otro uso.

El asunto, a la espera de que concluyan las obras de restauración del edificio, ha quedado aplazado. Pase lo que pase es evidente, no obstante, que trasladar esas pinturas, por valiosas que sean, no mermará el valor de la sede principal de una institución que, como nos recuerda la muestra Museo del Prado 1819-2019. Un lugar de memoria desde hace doscientos años no ha cesado de incrementar sus fondos. Obras del patrimonio real, de los edificios eclesiásticos desamortizados, de colecciones privadas o simplemente adquiridas a cargo de los presupuestos del Estado, han ido configurando un inventario fabuloso, constituido por más de veintisiete mil objetos entre pinturas, esculturas, dibujos, grabados, medallas, matrices de estampación...

Dará que hablar

Orgullo de la nación, la celebración de su aniversario va a dar tanto que hablar que en pocos meses será difícil sorprender a nadie con el relato de las curiosidades del Prado. Tarde o temprano todos estaremos familiarizados con su Historia y anécdotas: la noticia de un falso incendio publicada a finales del XIX en El Liberal de Mariano de Cavia para llamar la atención acerca del pésimo estado de las instalaciones; el robo en 1918 de once copas del denominado «tesoro del Delfín»; la aparición en el suelo de un ladrón muerto que cayó del tejado cuando trataba de colarse en el edificio en 1961 y, por supuesto, inevitablemente, el traslado de las principales obras a Ginebra durante la Guerra Civil y su retorno a España tras desencadenarse la II Guerra Mundial. Quien quiera decir algo nuevo o diferente sobre el museo lo va a tener muy, muy difícil.

Naturalmente, en estos dos siglos se han escrito miles de páginas sobre el museo y las obras que contiene. A mí, sin embargo, me parece que nadie ha captado mejor la esencia de la institución que un pintor de Adra nacido en 1828: Miguel Pineda. El conjunto de cuadros que dedicó a la sala de Velázquez resulta acaso más revelador que los mejores libros. Pineda fue un maestro en el arte de pintar cuadros dentro de un cuadro. Ignoro cuántas obras de este tipo hizo, pero me consta la existencia de al menos cuatro. En dos de ellas, la pintura central representada es Las lanzas; en las otras, La fragua de Vulcano y Las Meninas.

¿Recreación ideal?

Alrededor, colgadas en el mismo testero, aparecen otras pinturas del genio sevillano. ¿Estaban entonces así dispuestas en el museo o Pineda las colocó como a él le habría gustado verlas? No sé. Lo más interesante, ahora, no es el detalle histórico, sino los personajes «reales» que aparecen en la sala: un vigilante absorto en sus pensamientos; la silla vacía de un copista que por alguna razón ha tenido que ausentarse a toda prisa; una dama sumida en la lectura de una novela; una niña aburrida; un soldado que mira asombrado el comportamiento de los generales enfrentados en Breda; una mujer concentrada en la copia del bufón Pablillo de Valladolid... La impresión que producen todos es la de ir a lo suyo. Las obras maestras que tienen alrededor no les conciernen en este momento. Son obras maravillosas, que a veces nos iluminan como en una revelación, pero que otras están simplemente ahí y no nos dicen nada. ¿Acaso no es también esto lo que experimentamos nosotros mismos a menudo en los museos?