Hans Rosling. Este médico sueco estudió los vínculos entre desarrollo, agricultura, pobreza y salud en los países pobres. El pesimismo compulsivo, dice, genera parálisis
Hans Rosling. Este médico sueco estudió los vínculos entre desarrollo, agricultura, pobreza y salud en los países pobres. El pesimismo compulsivo, dice, genera parálisis
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El mundo mejora (aunque casi nadie lo crea)

Frente al pesimismo populista y neomarxista, pensadores liberales recuerdan que la humanidad vive cada vez mejor y defienden el valor creativo del optimismo

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Mi madre, de 81 años, es una mujer inteligente y vivaracha, pero sin un talante filosófico o especialmente reflexivo. En su primera veintena se casó con mi padre, tres años mayor que ella. Por entonces, él era patrón de pesca y cuando pasaron por el altar ya había naufragado en un barco de madera en el duro caladero irlandés de Gran Sol. Sobrevivió bailando en olas, atado a un tablero junto a los tripulantes bajo su mando, todos ya al borde de la hipotermia. El paso casual de otro pesquero coruñés, «El Espenuca», los salvó en el límite. Solo esa casualidad hace que pueda estar escribiendo este texto. Entre 1964 y 1968 mis padres tuvieron a sus tres hijos y él siguió yendo al mar durante toda nuestra infancia. Ahora, en su madurez, mi madre me sorprendió días atrás con una reflexión sobre aquella etapa de su vida: «El trabajo de vuestro padre era peligroso, se lo podía llevar un golpe de mar en cualquier momento, y teníamos tres niños pequeños. Pero nunca estuve preocupada. Siempre confié en que todo saldría bien. No tenía miedo». Ella es una exponente anónima de una generación de españoles que está desapareciendo, poseedora de lo que los anglosajones denominan grit, una extraordinaria capacidad de resistencia y determinación, que les permitió progresar en la vida.

El economista californiano Todd G. Buchholz, formado en Harvard y Cambridge, ha sido director de la oficina económica de la Casa Blanca. Es hombre de múltiples intereses (hasta ha producido un exitoso musical, «Jersey Boys», el favorito de Theresa May), y también un ensayista y articulista lleno de brío. En sus obras y conferencias, Buchholz medita alarmado sobre la pérdida de «grit» de la sociedad estadounidense, muy especialmente sus jóvenes. Una epidemia de pesimismo parece atenazar al país. La gente se muestra cada vez más acomodada y el legítimo afán de ir a más parece entumecido. «De la generación que derrotó a Hitler hemos pasado a la ‘‘Generación Por qué Molestarse’’», lamenta. El número de veinteañeros que decide cambiar de estado en busca de una oportunidad ha caído un 40%. Incluso tienen pocas ganas de obtener el carnet de conducir. Impera el híper hedonismo. Las ganas de trabajar caen y también se va diluyendo la identificación con el propio país y con su interés común. Del sano patriotismo se ha pasado al «Mi patria es Facebook».

Sin perder el coraje

Buchholz evoca «Las uvas de la ira», la dura novela de Steinbeck sobre la Gran Recesión del 29, que llevó al cine el genio John Ford. La familia de Tom Joad padece la miseria más cruel en su Oklahoma natal cuando escuchan que en California puede haber oportunidades. En medio de sus penalidades se aferran a la esperanza de una última ilusión e inician su peregrinación rumbo a California, durísima, incierta, a la postre fallida, pero que da fe de que no han perdido su coraje. Buchholz cree que el carácter que convirtió a los estadounidenses en el mayor país del mundo se basaba en tres pilares: Movilidad, confianza y «grit». Los tres están en crisis. Se va esfumando el «genio inquieto» de los norteamericanos del que hablaba admirado Tocqueville.

En los test sobre los problemas del mundo resulta desolador comprobar que los españoles figuran siempre entre los más pesimistas

El pesimismo no es inocuo. Tiene consecuencias tangibles. Adam Smith es recordado por «La riqueza de las naciones», libro sobre el que se hace tanto énfasis que lleva a olvidar que escribió otra gran obra: «La teoría de los sentimientos morales». Allí el filósofo y economista escocés explica que el capitalismo alcanza mayor éxito en las sociedades con mayor nivel de confianza. Ya en su siglo XVIII, Smith ensalzaba la importancia psicológica de poseer fe en un futuro mejor. Tres siglos después, y tras trabajar durante décadas a pie de campo como médico, cooperante y conferenciante, el sueco Hans Rosling, fallecido el año pasado, llegó a idéntica conclusión que Smith:«Las consecuencias de perder la esperanza son devastadoras. Si erróneamente la gente cree que nada mejora, acaba perdiendo la confianza en iniciativas que realmente sí funcionan».

Pelear por mejorar

No todo está bien, cierto, pero el pesimismo compulsivo genera parálisis, reflexiona Rosling, de quien se ha publicado a título póstumo su libro «Factfulness», una de las obras de este año que tratan de hacernos ver que el mundo no va tan rematadamente mal como creemos. Como resume la escritora estadounidense Rebecca Solnit, «sin esperanza la gente renuncia a pelear por un mundo mejor».

¡Pero un momento! ¿Cómo puede decirse que el mundo va bien? ¿Qué chifladura es esta? Ese pensamiento estará surcando ahora mismo la mente de muchos lectores. Y es que verdaderamente se acumulan motivos para la preocupación. Las catástrofes naturales se suceden (acabamos de sufrir un tsunami en Indonesia). La amenaza del cambio climático es una realidad científica, que hasta ha animado la única encíclica hasta ahora del poco prolífico papa Francisco. Sufrimos abominables ataques terroristas y tiroteos de psicópatas fuertemente armados. Padecemos enfermedades incurables, como el Alzheimer, la diabetes, la ELA o devastadoras variantes de cáncer. La Inteligencia Artificial y la ingeniería genética son cajas de Pandora de consecuencias imprevisibles.

Para Hans Rosling, autor de «Factfulness», «las consecuencias de perder la esperanza son devastadoras»: la gente renuncia a pelear

El temor a una guerra nuclear a gran escala sigue ahí latente (en su rueda de prensa anual, Putin llegó a decir que estamos «cerca de la línea roja» y ante el riesgo de «una catástrofe nuclear global»). La corrupción enfanga la política. Las dictaduras siguen existiendo y se han puesto de moda los hombres fuertes totalitarios, al estilo de China y Rusia. En África padecen brotes de ébola, picos de desnutrición, problemas de acceso al agua potable. En Occidente parece haberse iniciado una era de estancamiento. El desconcierto ante la globalización y el cambio tecnológico y la larga resaca de la crisis de 2007 -nunca curada del todo en el mundo más próspero- han propiciado el auge de populismos de extrema izquierda y derecha, que culpan a la democracia liberal, a su juicio ineficaz y ya superada.

Valores occidentales

Realmente no parece que el mundo vaya muy bien. Pero... ¿y si este aserto fuese falso? Un grupo de pensadores y empresarios han iniciado una suerte de cruzada por el optimismo y la defensa de la utilidad de la democracia liberal, la Ilustración y lo que en conjunto resumiríamos como «los valores occidentales». Su rostro más popular es el jubilado más famoso del mundo, William Henry Gates III. O si prefieren, el hombre más rico del orbe: Bill Gates, de 63 años. Cierto que resulta fácil mostrarse optimista siendo el emperador de Microsoft, pero Gates cree que tenemos una visión sesgada de la realidad y lo argumenta: «Las malas noticias irrumpen como un drama, mientras que las buenas van generándose poco a poco y no parecen hechos noticiosos. Un vídeo de un edificio ardiendo genera un montón de visitas. Sin embargo poca gente pinchará una noticia titulada ‘‘Descenso este año del número de edificios que arden’’».

El pensador canadiense Steven Pinker cree que «nuestras vidas son más largas, seguras, saludables, felices, pacíficas y prósperas»

Hans Rosling concuerda. El médico y cooperante sueco señala tres motivos concretos que espolean una visión negativa del presente: el primero es que tenemos una visión romántica de nuestra juventud, que nos hace evocar el pasado como mejor de lo que era; el segundo es que periodistas y activistas se quedan siempre con las noticias negativas, hacen hincapié en lo malo; el tercero es que si sostienes que las cosas van bien transmites la imagen de alguien sin corazón, impertérrito ante las desgracias ajenas.

A comienzos de este 2018, Bill Gates hizo pública una lista con cinco motivos por los que deberíamos ser optimistas. Los datos que aporta, espectaculares, ayudan a contemplar el mundo de otro modo: 1) Desde 1990 ha caído a la mitad el número de niños que mueren antes de cumplir cinco años. 2) En ese mismo periodo, las personas en extrema pobreza pasaron de un tercio de la humanidad a uno de cada diez. 3) Hoy el 90% de los niños del mundo acuden a la escuela primaria. 4) Las mujeres ocupan la quinta parte de los escaños de los parlamentos del mundo. 5) La seguridad en el puesto de trabajo y en las carreteras ha mejorado espectacularmente desde el siglo XX.

Un test revelador

El libro de Hans Rosling, «»Factfulness (Deusto) se abre proponiendo al lector un test sobre el estado de diversos problemas del mundo. El autor ofrece los resultados de la encuesta entre personas de trece países. Resulta desolador comprobar que los españoles figuran siempre entre los más pesimistas. La primera pregunta es esta: «En los países pobres del mundo, ¿cuántas niñas finalizan la primaria?». La respuesta correcta es el 60% (los que más nos alejamos en negativo de la cifra real somos los españoles). Otra pregunta: «En los últimos años, el porcentaje de la población mundial que vive en condiciones de extrema pobreza... ¿Se ha duplicado? ¿Se ha mantenido? ¿Se ha reducido a la mitad?». La respuesta correcta es la última, ha caído a la mitad, pero la inmensa mayoría de los españoles sondeados eligieron la primera, la duplicación. No conocemos el mundo en que vivimos. Pensamos que va mucho peor, avinagrados por un populismo que instiga la «progresofobia» y unos medios de información continua que nos infundan con un carrusel frenético de desgracias.

El economista Todd G. Buchholz alerta sobre la pérdida de «grit» (capacidad de resistencia y determinación) de la sociedad estadounidense

«Los vendedores ambulantes de Sudán del Sur tienen hoy mejores teléfonos móviles que el magnate de ficción Gordon Gekko en la película "Wall Street2, de 1981». Esta provocativa frase es del pensador canadiense Steven Pinker, de 64 años, un psicólogo experimental, lingüista y profesor en Harvard, que se ha convertido en el más articulado y elocuente de los apóstoles del optimismo liberal. Viendo las noticias, el mundo del siglo XXI parece sumido en el caos, el odio y la irracionalidad. Pero Pinker lo niega. Asegura que nuestras vidas son «más largas, con muchos más bienes, más seguras, saludables, felices, pacíficas, estimulantes y prósperas». Lo interesante de su punto de vista es que no se limita a facilitar datos que sostienen su tesis, sino que atribuye ese progreso a una palanca concreta: los valores de la Ilustración (la razón, la ciencia y el humanismo).

Sarampión populista

Mediante sus informes, Pinker se rebela contra el sarampión populista: el mundo es 200 veces más rico que hace 200 años, el número de muertos en guerras ha caído a la cuarta parte respecto a los años ochenta, las personas son más inteligentes y más humanas. El coeficiente intelectual ha crecido unos 30 puntos en los últimos cien años (por la mejor nutrición y la mayor estimulación). De todo su compendio de datos, el favorito del pensador canadiense es este: «La población mundial se ha duplicado en los últimos cincuenta años, pero el número de desnutridos ha caído un 20%». En contra de lo que parece indicar la crecida de fuerzas antiliberales, su pronóstico es que «la democracia liberal y el comercio e intercambio global están aquí para quedarse y no los derribarán las insurgencias populistas».

Pinker y sus seguidores tal vez minimizan la importancia de algunas de las amenazas que vienen (el primer y brusco impacto de la Inteligencia Artificial sobre el mercado laboral; las aterradoras posibilidades eugenésicas de la ingeniería genética, que ya han comenzado; el problema irresuelto del cambio climático; al estancamiento económico de las sociedades occidentales; o esta angustiosa y simple pregunta: ¿Cómo vamos a alimentar a los 11.000 millones de seres humanos que morarán en la Tierra a finales de este siglo?). Pero sus voces a favor del optimismo y el progreso suponen un aldabonazo estimulante en horas de demagogia fúnebre neomarxista y neoautoritaria.