«Chica sentada, medio desnuda», de C. P. Rouviere
«Chica sentada, medio desnuda», de C. P. Rouviere
ARTE

El MNAC de Barcelona como caja de resonancia

Esta exposición es como un traspié imaginario cuando bajamos una escalera con una caja llena de objetos preciosos

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«Imaginemos que tomamos una caja y colocamos en ella, con sumo cuidado, un conjunto de objetos preciosos. La cerramos y, bajando la escalera, damos un traspié». Esta exposición, tal y como sostiene su comisario, el artista Francesc Torres, es ese traspié imaginario. Ello explicaría un cierto y aleatorio desorden formal y conceptual de un discurso expositivo, que tiene su arranque con un coche Aston Martin DBSD, utilizado para pruebas de colisión. Y con su broche de cierre en una instalación fruto de la acumulación de capiteles, gárgolas y máscaras de los siglos XII al XVIII de la colección del museo (como lo son todas las piezas de la cita), junto con una secuencia final de la película Seven Chances protagonizada por Buster Keaton (1925).

Y en medio, un conjunto caótico de obras que, sin embargo, el artista-comisario logra unir a través de bien trabados guiones narrativos que, más allá de todo recorrido cronológico, proyectan una doble mirada sobre las piezas: la de un autor que selecciona y la del museógrafo que ordena, visualiza y explica. Una combinación que tanto analiza la cuestión judía en los retablos góticos catalanes, como la destrucción de las obras de arte, como se hace explícito en la sala dedicada a Josep Maria Sert con los murales procedentes de la catedral de Vic, y que viene a demostrar cómo los accidentes de la Historia modifican las obras de arte.

Resulta inquietante el apartado «Feminicidios», que recupera de los fondos del MNAC los desnudos femeninos que fueron destrozados durante el Congreso Eucarístico de Barcelona, en 1952. Y en otro apartado, el dedicado a la Exposición Universal de 1929, se muestran obras castigadas a los almacenes, como por ejemplo, una película pornográfica auspiciada por Alfonso XIII. «Poner puertas en / a la calle», con un conjunto de puertas de la Casa Batlló, o «La Casa revuelta», con pinturas de Francesc Pla (El Vigatà) dispuestas al revés, conducen a la última sorpresa: la falsificación de una obra de Torres de hace 40 años: un nuevo juego surrealista que mezcla realidad y ficción.