El arcángel Gabriel en «La Anunciación», de Murillo (hacia 1650)
El arcángel Gabriel en «La Anunciación», de Murillo (hacia 1650) - Museo del Prado
LIBROS

El misterio de «Los ángeles I. La Gloria y sus jerarquías»

¿Cuáles son las funciones de los ángeles? ¿Y su jerarquía? ¿Cómo existen si no tienen cuerpo? La respuesta, en el segundo volumen de «Los tipos iconográficos de la tradición cristiana»

Actualizado:

Recuerdo siendo bachiller una clase sobre Tomás de Aquino en la que se trató la diferencia entre un enunciado evidente para cualquiera y un enunciado evidente sólo para los doctos. «Que el todo es mayor que la parte resulta evidente para todo el mundo; que los ángeles no ocupan un lugar lo es únicamente para el que sabe qué es un ángel». Un compañero quisquilloso con fama de ateo preguntó: «¿Y cómo saben los sabios qué es un ángel?». El profesor balbuceó algo, no me acuerdo qué, pero hoy podría haber contestado cómodamente esto: porque han leído el volumen dedicado a los ángeles de «Los tipos iconográficos de la tradición cristiana».

Creo no errar diciendo que el recién publicado segundo tomo de este ambicioso proyecto editorial hará las delicias del aficionado al arte que aspira a saber qué ve cuando mira el pórtico de una catedral, la cúpula de un baptisterio o la página de un manuscrito miniado, y también de quien sienta curiosidad por conocer el proceso de formación de la figura del ángel desde sus imprecisos orígenes bíblicos hasta la creación de la angelología cristiana.

Fuego abrasador

La reconstrucción de tal proceso, bastante más complejo de lo que pueda imaginarse, pone de manifiesto que multitud de creencias cristianas son fruto de una progresiva decantación a partir de elementos previos amalgamados por la casualidad en aquella retorta cultural que fue el Mediterráneo helenístico-romano (gnosticismo, esoterismo egipcio, literatura judía, filosofía griega mal comprendida, astrología caldea, etcétera) y que separarlos resulta tan difícil como separar de la tortilla la clara de la yema, una dificultad que, sin embargo, no ha amedrentado al equipo de eruditos que capitanea, con loable éxito, Rafael García Mahíques.

Desde que apareció el cristianismo, todos coinciden en concebirlos como seres espirituales, aéreos o ígneos

El libro parte del testimonio de los visionarios y teólogos a quienes debemos la descripción de la naturaleza angélica y la definición de sus funciones (desde velar por las almas hasta mover las esferas celestes) o su orden jerárquico: serafines, querubines, tronos, virtudes, dominaciones, potestades, ángeles, arcángeles, principados. Desde que apareció el cristianismo, todos coinciden en concebirlos como seres espirituales, aéreos o ígneos, un fuego abrasador, una energía que no merma cuyo comportamiento, difícil de explicar para seres sensible como nosotros, recuerda, por su desconcertante indeterminación, la ambigüedad de ondas y partículas de la ciencia actual. Que los teólogos prefieran la mecánica cuántica en vez de la física de Aristóteles cuando hablan de ángeles, y lo contrario cuando hablan de derechos naturales o actos contra natura, debe significar a buen seguro algo.

Canto a la belleza

Ni que decir tiene que las mencionadas descripciones y clasificaciones reposan en la firme creencia de que los ángeles existen. Ahora bien: ¿cómo lo hacen si no tienen cuerpo? La teología, con la coherencia que siempre ostenta manejando los dogmas de la fe, responde señalando que su existencia pertenece al orden de lo invisible y que esto no supone, como cree el entendimiento vulgar, ninguna merma de realidad, pues: ¿acaso no se dice en el Credo que Dios creó, además del cielo y la tierra, lo visible e invisible? El positivismo, que es la filosofía de la burguesía y quizá la del lector de esta página, repudió siempre la realidad de lo invisible (secuela política de ello es la identificación, muy en boga hoy, de visibilidad y realidad), pero, acostumbrados como estamos a hablar sin ambages de materia oscura y cosas por el estilo, deberíamos minimizar las reticencias.

Entre convertir al ángel en una simple figura poética, a la manera de Rilke, y recurrir a la ciencia contemporánea, es natural que la teología, partidaria siempre de dotar a los ángeles de cierta sustancialidad cristalina ajena a la impureza de la materia, prefiera esto último. La otra alternativa, la estética o artística, tema central del libro que estamos comentando, no deja de ser, como vieron los iconoclastas, una concesión a lo terrenal y, por tanto, una peligrosa aproximación a la idolatría y la mundanidad, aunque también, claro, un canto a la belleza, deriva que algunos estimamos más que la abstracción y el misticismo.

El arte cristiano comenzó colocando las figuras sagradas en una remota lejanía y poco a poco las fue acercando a la Tierra. En el proceso de aterrizaje, lo primero que se le asignó a los ángeles fueron las alas, atributo que comparten con Mercurio, heraldo de Zeus, quien, como ellos, desempeñaba en los mitos clásicos la función de mensajero divino. Que esas alas no estuvieran en los pies, sino en la espalda, como una suerte de extremidad platónica perdida por las almas al caer del cielo de las ideas, tiene que ver con la asimilación por parte de la tradición cristiana de los iconos paganos: la Victoria alada, Psique, Eros, etcétera.

Pesar las almas

Los autores del libro, con un rigor y amenidad notable tratándose de tema tan arduo, abordan cuidadosamente estas cuestiones y otras muchas relativas a la naturaleza y funciones angélicas (la conducción de la almas al cielo, el pesado de las almas o psicostasis, etcétera). El estudio exhaustivo de las tipologías angélicas, las jerarquías celestes y los arcángeles canónicos (Miguel, Gabriel, Rafael) completan un volumen de 588 páginas que, no obstante, resulta insuficiente y ha de posponer para futuras entregas el estudio de los ángeles con menesteres litúrgicos (turiferarios, ceriferarios, etc.), los ángeles músicos, cuyo decisivo papel en la Historia de la pintura explica su complejidad iconográfica y cultural, y el demonio, que es un ángel venido a menos, un espíritu pervertido ansioso por «hackear» el orden divino de cuya defensa se ocupan los ángeles del Señor, la «milicia santa», como dice con su habitual puntería Dante en la «Divina Comedia». Yo, personalmente, deseo verlos pronto en las librerías.