Mísia, durante su paso por Madrid
Mísia, durante su paso por Madrid - Isabel Permuy
MÚSICA

Mísia: «De niña escuchaba a Concha Piquer, los Panchos, Edith Piaf...»

«Pura vida», de Mísia, es posiblemente el disco más intimista de la cantante, resultado de dos años de lucha con la enfermedad

MADRIDActualizado:

La actriz y cantante natural de Oporto presenta nuevo álbum, «Pura vida» (2019, Galileo, Altafonte), donde, coronada de espinas, se desprende de todas sus cadenas: han sido dos años de intensa lucha contra la enfermedad en los que no ha dejado de acudir a una sola cita con los escenarios.

Ahora presenta un disco nuevo, pero este ha sido un largo viaje. Me gustaría para empezar algún fogonazo de su música, cuando era niña.

Sí, tengo los recuerdos de la música que se escuchaba en mi casa. Era música que traía mi madre, Luisa Vélez, de sus viajes artísticos por Europa, porque era bailarina. Ya mi abuela Lolita era una artista de lo que se llama ahora burlesque. Y en casa se escuchaba a Concha Piquer, los Panchos, Edith Piaf, Amalia Rodrigues... Y mucha música clásica porque mi mamá bailaba a los compositores españoles: Manuel de Falla, Albéniz, Granados, Turina...

¿Nació entonces entre bambalinas?

Sí, aunque mi madre no quería que fuera artista. La yaya sí me contaba cosas, era catalana y me hablaba de El Paralelo y el cabaret El Molino. Entonces viví en Oporto hasta los dieciocho años y escuchaba todas esas cosas. Y empezó a gustarme cantar. También hice danza clásica pero muy poco. Sin embargo, no pensaba en ser artista: yo quería ser antropóloga. Era muy buena alumna. Y fue cuando mi yaya se quedó en Barcelona unas vacaciones, viajé hasta allí y ya nunca más estudié, ni hice nada.

Algo tuvo que pasar para de repente dar el salto.

Sí, estaba esperando la convalidación de los estudios para ir a la universidad, que tardó porque coincidió con la Revolución de los Claveles, y como había hecho danza clásica, comencé a bailar en el teatro Apolo como corista. Luego estuve en El Molino, monté un dueto y empecé a cantar. No tenía mucha vocación, podía hacer de todo como no hacer de nada. Terminé en un programa aquí, en Madrid, con Jesús Hermida, por las mañanas, y solo el primer mes canté ciento cincuenta composiciones. Pero mucho antes frecuentaba las casas de fado, no como profesional, sino como apasionada. Y eso ya me había marcado. En la post-movida volví a Lisboa y en el año 1991 grabé mi primer disco.

«Fado es destino, es la vida, por lo tanto, hay que dejar de decir si es triste o alegre»

¿Cuál es el disco al que le tiene más cariño?

No puedo escoger. Pienso que el artista y la obra no se separan, pero este último es muy especial, porque está «contaminado» por lo que han sido mis dos últimos años de vida. Cuando tuve mi primer problema oncológico, solo dos músicos lo sabían, apenas se lo dije a nadie. Lo que a mí me pasó le puede pasar a cualquier persona, y en relación con este trabajo tiene importancia, empezando por la portada, donde salgo con una corona de espinas. Las letras están escritas por personas que sabían lo que estaba pasando. Es la banda sonora de estos últimos dos años. La guitarra eléctrica está ahí para simbolizar el dolor, la amenaza, el miedo. Está tocada de una manera muy sucia, muy agresiva. La producción y los arreglos son de Fabricio Romano, que toca piano y es un gran músico de clásica. Ya trabajamos juntos desde hace algunos años.

¿Qué es el fado?

Fado es destino, es la vida, por lo tanto hay que dejar de decir si el fado es triste o si es alegre, el fado es la vida, tiene de todo, alegre y triste.

Porque este disco es como un abecedario emocional…

Sí, pero en relación con el fado, me gustaría decir que este disco, igual que es pura vida, es pura música. La música de fado tradicional que puedes encontrar, que sería un poco como los palos del flamenco, está tocada como puras notas musicales, no tiene ningún canon, ninguna regla. No hallas ni siquiera la guitarra clásica, que es algo típico del fado. Es un disco donde hay músicas de fados, pero no es un disco de fado. Es un disco lleno de libertad, después de lo que he vivido. Incluso me he permitido algunos pecados y sacrilegios. Y el miedo se me ha pasado bastante.

De todas formas, Mísia ha sido un artista bastante libre toda su carrera. Por ejemplo, hay cosas sorprendentes: ¿De dónde viene eso de hacer una versión de «Love Will Tears Apart», de Joy Division?

Es que si miras la letra, es como un fado; es en otro idioma, pero el mismo sentimiento, las mismas emociones salvo que en otras culturas. Fue un disco doble que se llamó «Lisboario» de un lado y «Turistas» del otro, y ahí hacía versiones de Camarón, Nine Inch Nails, hago un dúo en francés con Iggy Pop...

¿Qué hay de los poetas?

La poesía es mi instrumento principal, lo que me lleva a cantar. También la música, pero empecé mucho antes con los poetas. Y me honra que la mayoría de los grandes poetas hayan escrito todos para mi trabajo, a excepción de António Lobo Antunes, que sí me concedió el permiso para cantarle. Está José Saramago, Lidia Jorge, Agustina Bessa-Luís, una gran escritora que ha muerto hace muy poco. Escribía en prosa, y el único poema que compuso fue el que escribió para mí, y que dio título a uno de mis discos: Garra dos sentidos. ¡Yo qué sé!: José Luís Peixoto... Muchos, muchos... Sin contar los que no están vivos, como Pessoa, Mário de Sá-Carneiro…

También ha cantado con Maria Bethânia.

Sí. Escuché mucha música brasileña en mi adolescencia, Caetano, Chico Buarque, María Bethânia, sobre todo. Y he colaborado no solo con ella sino con Adriana Calcanhotto, que es una gran cantante y compositora. Hay una gran ligación entre Brasil y Portugal.

«La poesía es mi instrumento principal, lo que me lleva a cantar. También la música, pero empecé mucho antes con los poetas»

¿Qué más proyectos está realizando?

Acabo de hacer un monólogo sobre un relato de Antonio Tabucchi. Lo presentamos en Buenos Aires durante diez noches y en el Festival Iberoamericano de Bogotá, en Colombia. Es la historia de un transexual que va a Casablanca a hacerse un cambio de sexo. La obra se llama «Josephine», que es el nombre que Ettore, el protagonista, escoge tras su cambio de sexo.

Es de Oporto, y también hay en su trayectoria una atracción por el tango, la música urbana y de cerca del mar.

El fado no sería como es si no fuera por el océano Atlántico, eso sí es verdad. Pero no, yo tengo fobia al mar, mi mayor pánico es ser tragada por un tsunami [risas]. Vivo en Lisboa en una planta baja y desde el primero se ve el río, no quiero ver agua. Soy de tierra, me gustan los árboles. Y sobre el tango, tengo una ligazón muy fuerte con Buenos Aires. Incluso hay un tema que cierra este disco que es un poema prodigioso que se llama «Preludio para el año 2001», de Astor Piazzolla, con letra de Horacio Ferrer. Refleja lo que he vivido, cuando dice: «Renaceré, renaceré, renaceré, de las cosas que he querido mucho, mucho». Es lindísimo.