Mircea Cartarescu
Mircea Cartarescu - José Ramón Ladra
LIBROS

Mircea Cartarescu: «Toda intrusión ideológica en una obra artística es una traición»

Tras títulos como «El Levante», el escritor rumano, flamante Premio Leteo 2017 y eterno candidato al Nobel, publica «Solenoide» (Impedimenta), ambiciosa novela que es un punto y aparte en su producción

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-¿Cómo surgió su vocación de escritor?

-Me inclino a pensar que ya nací con ella. Buceando en mis recuerdos, sospecho que la he sentido siempre, la he tenido siempre.

-¿Cuáles son sus referentes principales: Kafka, Pynchon…?

-Son demasiados como para poder exponerlos aquí con detalle. Y, en realidad, todos los libros que he leído han tenido una gran influencia en mí, en mi trayectoria como creador. Tengo influencia de autores rumanos, naturalmente, pero también de multitud de autores extranjeros. Los occidentales podrían ser perfectamente los clásicos de la modernidad: me refiero a James Joyce, Franz Kafka, Virginia Woolf, Ezra Pound, T. S. Eliot…

-¿Hay algún/algunos escritores españoles que lea y le interesen especialmente?

-Leo de manera habitual a autores españoles. En este último tiempo me han impresionado enormemente los libros de Javier Marías, y, por otro lado, leo mucha literatura hispanoamericana, que me gusta especialmente. En este preciso momento, durante el viaje por España que estoy realizando, releo a Jorge Luis Borges, que es para mí un autor, diría que un sonido fundamental. A mi juicio, es el verdadero padre de la literatura hispanoamericana moderna.

-¿Es «Solenoide» su novela más ambiciosa? ¿De qué forma la encuadraría en su producción anterior?

- «Solenoide» ha sido una experiencia completamente nueva para mí, un punto y aparte en mi producción. En cierto modo, es una experiencia más honda que la de los otros libros, sin ser necesariamente mi mejor libro, aunque sin duda se encuentra entre mis tres mejores obras (con «El Levante» y la trilogía «Cegador»). En «Solenoide» he procurado referirme a todos mis temas dotándolos de mayor profundidad. «Solenoide» no es un libro tan netamente literario como «Cegador» pero, en mi opinión, es al menos igual de poderoso, de fuerte, de potente. Lo considero un libro fundamental en mi trayectoria. Dudo en calificarlo incluso de «novela», porque se trata más bien de un libro «sapiencial». Expresa todo lo que yo siento sobre el universo y sobre el lugar que el hombre ocupa en el mismo. 

«Leo a autores españoles. En este último tiempo me han impresionado enormemente los libros de Javier Marías. Y leo mucha literatura hispanoamericana»

-¿Cuánto hay de usted en el personaje/narrador de «Solenoide»?

-El personaje de «Solenoide», en realidad, es el protagonista de mi vida imaginaria. Hasta los veintidós años el narrador que aparece en el libro soy yo mismo, y a partir de ese preciso momento se convierte en una persona completamente diferente a mí. Es como la historia del gato de Schrödinger: hasta que no abres la tapa no sabes si el gato está vivo o muerto. Y en ese instante, cuando abres la tapa, el mundo entero se divide en dos: en una dimensión el gato está vivo, en la otra está muerto. Es lo mismo que sucede conmigo y con el personaje de mi libro. En determinada circunstancia él se desvía de la trayectoria de mi existencia, no se transforma en escritor, sigue siendo un profesor de instituto, y sin embargo, de modo paradójico, su vida fantasmagórica, imaginaria, supera con creces a la mía. Logra seguir siendo auténtico, genuino, mientras que el escritor, que en cierto modo soy yo, continúa un camino totalmente convencional en la vida.

-Al comienzo de «Solenoide», el narrador confiesa: «Es tan extraño tener un cuerpo, existir en un cuerpo…». ¿Es el deseo de huida, de ese cuerpo, de la realidad…, la principal aspiración que vertebra a su personaje?

-Los antiguos griegos solían usar un juego de palabras: «soma» y «sema», cuerpo y prisión. Cualquier persona siente en algún momento que está encarcelado dentro de su propio cuerpo, que su conciencia no tiene nada que ver con el cuerpo que en cierta forma la «contiene». Y de ahí el terrible conflicto al que todos nos enfrentamos, y es que cuando el cuerpo muere, también muere nuestra conciencia. Desde siempre me ha parecido profundamente extraño el hecho de que tengamos que vivir en un cuerpo. Nos sometemos a sus limitaciones, a sus deseos, sus obsesiones, cuando deberíamos ser espíritus libres. Una de las grandes cuestiones que se plantea en «Solenoide» es precisamente la constatación de que el espíritu tenga que morir necesariamente cuando muere el cuerpo. Y los personajes del libro protestan contra eso. 

«El partido que ostenta hoy el gobierno en Rumanía revela una evidente nostalgia por los tiempos de la dictadura, y prefiere los métodos de mano dura»

-Parece que su personaje lleva dos vidas paralelas. La, digamos, «normal» y la «onírica»? ¿Son incompatibles? ¿La segunda es la auténtica?

-Nadie divide, nadie separa su vida en «vida soñada» y «vida real». En verdad, la vida, como bien saben todos los místicos y todos los poetas, es un sueño. Simplemente les diferencia el granulado, la textura. Para mí no existió nunca una línea de demarcación entre mi vida exterior y mi vida interior. Siempre ha sido normal soñar y escribir literatura. De hecho, son dos actividades igualmente fantásticas, fantasmagóricas. Pero para mí resulta también fantástica cualquiera de las cosas que me pasan en el día a día, porque vivo en un mundo que no comprendo. En cierto modo, cada uno de mis libros es una tentativa de comprender ese mundo. Y quizás por eso escribir siempre constituye un fracaso, pero un fracaso que hay que retomar continuamente. Nadie puede tocar una estrella, pero puedes extender el dedo hacia ella. Todos mis libros consisten en un gesto como ese. Un gesto simbólico. 

-Encabeza la novela una cita de Tudor Arghezi, donde leemos: «Amado libro, tan infecundo / no ofreces respuesta a ninguna pregunta». ¿Qué preguntas nos hace «Solenoide»? ¿Las responde?

-Considero que cualquier esfuerzo por contestar a los grandes interrogantes humanos es una impostura. Lo decisivo son las preguntas que nos hacemos. Para nosotros la pregunta constituye la propia respuesta. Cuando te haces preguntas sobre la existencia, ya has respondido a través de ellas. Para mí los libros son grandes preguntas, porque ellos piden que la contestación sea precisamente yo mismo, y el mundo que me rodea. Por ello cualquier intrusión por parte de las ideologías, y de las certidumbres que acarrean, en una obra artística, representa una traición y una farsa. 

-No es la primera vez que usted viene a España. ¿Sigue lo que ocurre aquí? ¿Qué piensa de lo que está sucediendo ahora mismo?

-En varias ocasiones he afirmado que creo en una Europa unida y que las uniones son siempre más beneficiosas que las rupturas. Yo anhelo una Europa transnacional en la que cada individuo tenga una suerte de doble nacionalidad donde la más importante sea la nacionalidad europea. Sé que por ahora es una utopía pero nadie nos puede impedir soñar con ella. 

«Respecto a lo que ahora sucede en España, creo que las uniones son siempre más beneficiosas que las rupturas»

-La Europa actual se enfrenta a muchos y difíciles retos. ¿Cuál sería a su juicio el más complicado? ¿Cómo ve la situación en Europa hoy?

-Vivimos la situación más complicada en el continente desde la Segunda Guerra Mundial y no sabría decir cuál es el problema principal, porque hay muchos. Pero podría elegir uno de todos ellos y diría que es un asunto geopolítico. Siento, como mucha gente, que Europa es vulnerable desde el punto de vista estratégico y geopolítico. Algunos de sus vecinos, especialmente los que se ubican más al este, no contemplan Europa con buenos ojos y procuran desestabilizarla por todos los medios a su alcance. He observado en estos últimos tiempos algunas intrusiones inaceptables en la política europea. Y pienso que estas intrusiones deben detenerse, han de cesar de inmediato. 

-¿Y la de su país? ¿Quedan residuos de su etapa totalitaria?

-El partido que está en el poder, que ostenta hoy el gobierno en Rumanía, revela una evidente nostalgia por los tiempos de la dictadura, y prefiere los métodos de mano dura. Todo esto sucede con el fondo de una clara corrupción y la ausencia de una oposición seria. Sin embargo, encuentro que hay también aspectos positivos y que Rumanía es un elemento democrático y estabilizador en toda la zona, por contraste con otros países que presentan manifestaciones nacionalistas y extremistas.