«Mar negro», de Carlos Aires
«Mar negro», de Carlos Aires - CentroCentro

CentroCentroMeter la herida en el dedo

La inmigración vista desde Europa en CentroCentro, en la muestra «El borde de una herida», comisariada por Juan Guardiola. Fronteras que separan y generan dramas de los que se hace eco el arte

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«¿Se debe responder a la violencia con violencia?», se pregunta una de las mujeres del vídeo de Antoni Muntadas «Miedo / Jauf» (2007), de la exposición «El borde de una herida», en CentroCentro. Esa misma mujer, musulmana, reconoce que el radicalismo islámico y el terrorismo que puede llegar a provocar no ayuda a tener una percepción positiva del migrante magrebí (sobre el que termina poniendo el acento esta muestra, que sitúa el foco con demasiada intensidad en el Estrecho para hablar de todo el Mediterráneo como frontera física). Pero el miedo es lo que iguala a unos y otros, pues se siente de igual forma a uno y otro lado de toda barrera. Es lo que se deduce del visionado de esta obra.

«Colonialismo interno»

Esta, como las casi cincuenta que alberga la muestra, pretenden ilustrar las tesis de su comisario, Juan Guardiola, que reflexiona sobre las heridas que genera toda frontera, cargando las tintas contra la actual Ley de Extranjería española, aunque el fenómeno –y el drama humano– se repita con igual o mayor virulencia en Grecia o Italia sin ella de por medio. Y barajando términos incluso confusos en este contexto. Como el de «colonialismo interno». Pues si nos atenemos al sociólogo Félix Pazi, uno de los primeros en acuñarlo, nos estaríamos refiriendo «al proceso social según el cual se asignan recursos, oportunidades de vida y ciudadanía real bajo criterios de exclusión o inclusión análogos a los de la colonia», pero, supuestamente, a los iguales de un país...

No es fácil asumir que uno pasea como si nada sobre un suelo de madera compuesto con los restos de pateras y cayucos

El caso es que el curador invita a revisar el concepto de ciudadanía, a darle la vuelta, ya que, si bien puede entenderse como garante de ciertos derechos de integración e igualdad en un territorio, su negación es reflejo de elementos diferenciales y exlusivistas para con quien no la posee. De igual manera, resulta más interesante acercarse en esta muestra a las obras que descolocan las ideas preconcebidas del espectador, las que dan la vuelta a la temática, las que no destilan ni maniqueísmo, ni desmedido buenrrollismo. Por ejemplo: en las paredes del Centro de Retención de Migrantes de Nuadiabú, en Mauritania, creado por nuestro gobierno en 2006 para controlar las salidas hacia Canarias, una escuela que se transformó en centro de dentención de inmigrantes, leemos mensajes como el siguiente: «Los enemigos de África son los africanos». Las horas de espera se transforman en literatura de urgencia sobre el muro y son recogidas como restos arqueológicos por Patricia Gómez y María Jesús González. No muy lejos, las postales que Óscar Rodríguez Vila pidió rellenar a los niños de un paupérrimo barrio de Dakar. «¿Cómo te imaginas que es Europa?», les preguntaba. Ellos tenían que dibujararlo.

«Deseo de lujo»

En el vídeo anexo, uno de los examinadores locales constatan un «deseo de lujo» que no difiere del de un consentido niño europeo. Y más adelante, otro vídeo, el que un inmigrante (tantas veces empleados por Santiago Sierra en sus acciones, y por los que tantas veces ha sido criticado) le dedica al artista y en el que le acusa del uso que hizo de él. Ahora, ese «documento» forma parte de la pieza «20 trabajadores en la bodega de un barco» (2001). El sistema lo fagocita todo, hasta las penas.

Y ni que decir tiene que resultan más poderosas las propuestas más poéticas que las que se asientan en la literalidad. No es fácil asumir que uno pasea como si nada sobre un suelo de madera compuesto con los restos de pateras y cayucos del mayor cementerio del mundo de embarcaciones para el transporte ilegal («Mar Negro», concebida en su día por Carlos Aires para Casal Solleric). Sobre todo porque es insultantemente bello. Muchas obras denuncian cómo las víctimas de los desplazamientos se convierten en un número más en nuestros telediarios (como en los listados de Aballí), sin darse cuenta de que en su abuso de lo documental (ya que existe el foto-reporterismo –que a veces no se asume como arte, sino como género periodístico– podríamos hablar del vídeo-reporterismo), sus piezas se convierten en un programa más en la «parrilla» de nuestra anestesiada memoria.

Resulta más interesante acercarse en esta muestra a las obras que descolocan las ideas preconcebidas del espectador, las que dan la vuelta a la temática

Por cierto: un «powerpoint» (Maribel Casas y Sebastián Cobarrubias) tampoco es arte. Ni conviene abusar de la dimensión artística de sociólogos, politólogos, activistas... De igual forma que tirar de autodidactas desvirtúa el valor de las aportaciones de los reputados.

Quedan, no obstante, fogonazos en el recorrido, que el espectador deberá hacer irremediablemente folleto en mano, a modo de mapa (no hay cartelas en el montaje, solo números) y que se organiza en tres episodios: el primero, el de los autores que relatan lo que ocurre antes de intentar superar la frontera; el segundo, el que cuenta las heridas que esta produce. Y el tercero, el mejor con diferencia, el que señala la llegada al otro lado como el comienzo de una nueva lucha: los derechos no llegan ni por asomo de forma inmediata. Y el inmigrante se convierte en un ser invisible. Ignasi Aballí, Joan Fontcuberta, El Perro desde el sarcasmo, C.A.S.I.T.A. o un Raúl Santos que tanto «huele» a Brexit con su historia sobre el cierre de la frontera de Gibraltar en 1969, le dan la vuelta a nuestra conciencia. Ellos sí que saben «meter» la herida, acercarla a nuestros dedos. Hacer que duela.