El escritor londinense Tom McCarthy vuelve a rizar el rizo en «C»
El escritor londinense Tom McCarthy vuelve a rizar el rizo en «C»
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«C», Tom McCarthy está en el aire

Tom MacCarthy no es un autor fácil y sus obras, menos aún. No obstante, goza de todos los parabienes de la crítica y el público

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Pocas cosas más raras y anormales que la visión y lectura de un escritor «raro» proponiéndose pasar por escritor «normal». Especialmente cuando ese escritor diferente es, también, formidable; porque -consciente o no de ello- esas ansias de ser más o menos como todos lo transformarán, inevitable y afortunadamente, en alguien más raro que nunca. Es el caso de «C» -tercera novela del ya indispensable londinense Tom McCarthy (nacido en 1969) y publicada originalmente en 2010 luego de «Residuos» y «Men in Space» y antes de «Satin Island»- que se presenta engañosamente como novela histórica para, casi enseguida, optar por descubrirse como anti-novela anti-histórica. Algo así como si James Joyce se hubiese sentado a reescribir a Ken Follet con una ayudita del Anthony Burgess de «El fin de las noticias de mundo» y del William S. Burroughs de la «Trilogía de la Noche Roja».

Aunque -para ser menos delirantes y más precisos- el modelo tan claro como turbio aquí es Thomas Pynchon y, especialmente su «V» (otro título con una letra) y «Contraluz» filtrados por una cierta modalidad «noveau roman».

Excéntricos

Así, aquí el fantasma de la electricidad de la Historia aullando en las ondas radiales de un «bildungroman» protagonizado por Serge Carrefax, nacido en 1898 en una escuela para sordos (su madre es sorda y además opiómana) dirigida por su padre también excéntrico inventor. De ahí y desde ahí, una de esas existencias marcadas a fuego por el siglo que va a cambiarlo todo menos la certeza inmutable de que C -inicial del protagonista, pero también símbolo del carbono- está en todas partes y en todos los cuerpos como elemento indispensable para la vida.

Entonces la breve en tiempo pero amplia en kilómetros historia de Carrefax: guerra de trincheras en Francia y una Londres con espiritistas (los fantasmas como antenas) y Egipto (donde la arqueología funciona como modo de vida) y adicción visionaria a la heroína y Sophie (su hermana adolescente y genial y suicida) y Widsun (seductor e inquietante padrino criptógrafo y tutor marxista) y arrojar bombas desde aviones y decadentes spas centroeuropeos. Y lo más trascendente y constante: la fascinación paterna, y heredada sin dificultad por Carrefax, en cuanto a las múltiples posibilidades de la transmisión eléctrica vía cables o por el aire como gran avance y a su vez forma de aniquilación masiva al ser aplicada la máquina bélica.

Y, sí, Carrefax -como el carbono- está en todas partes. Pero Carrefax es un típico «Homo McCarthyano» que está allí para reflejarlo todo sin ofrecer ningún rasgo propio demasiado claro mientras no hay casi nadie que no se preocupe por impartirle algún nuevo conocimiento como si fuese un envase a desbordar. Carrefax es una versión extrema del Tintín de Hergé quien de tanto ir y venir por el extranjero acaba convirtiéndose en un hombre de ninguna lugar. Carrefax está -nunca mejor dicho- en el aire.

Voces y sonidos

De ahí que lo más importante de «C» acabe siendo no tanto lo que se cuenta sino lo que se opta por no contar, porque Carrefax es un apasionado de las telecomunicaciones, sí, pero nada le interesa menos que comunicarse. Y parece cada vez más inclinado y sensible a un lenguaje que todos puedan comprender pero luego de un cuidadoso aprendizaje y decodificación. Tal vez así entienda algo acerca de sí mismo.

No es casual -como señaló un crítico- que las «transmisiones» de Carrefax se inicien en sincro con las primeras de Guglielmo Marconi y lleguen a su fin en 1922, el año en que se publican «Ulises» y «La tierra baldía» y, también, se estrena la BBC para llenar la atmósfera con voces y sonidos.

Entre unas y otras, en las noches claras, se puede oír y leer mejor la raramente normal «C» del normalmente raro Tom McCarthy.