Fragmento de «Desnudo reclinado con cuenco de fruta», obra de 1926
Fragmento de «Desnudo reclinado con cuenco de fruta», obra de 1926
ARTE

Matisse, en blanco y negro

La Fundación Canal recupera en Madrid uno de los aspectos menos conocidos del artista: su intensa relación con el grabado

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En el relato del arte del siglo XX, que es el de la Historia de las vanguardias, Henri Matisse (1869-1954) ocupa un lugar mítico: en 1905 protagonizó, junto a Derain, Vlaminck y compañía, un sonoro escándalo con una exposición celebrada en el Salon d’Automne de París. Sus pinturas resultaron brutales y salvajes a ojos de un público que aún estaba digiriendo el abandono de las normas académicas. Un crítico de arte les bautizó con el término les fauves (las fieras) por su empleo exaltado y autónomo del color. Sin embargo, como señaló John Elderfield, «la denominación de “fieras” es la más desafortunada descripción que de estos artistas haya podido hacerse».

En realidad, el Fauvismo fue un movimiento que, lejos de instaurar un nuevo paradigma, trató de englobar y sintetizar los recientes métodos postimpresionistas. Además, Matisse nunca quiso problematizar el arte como lo hicieron las vanguardias posteriores y, a partir de 1907, su trabajo se desligó de lo excesivo para adoptar una forma más racional y clásica.

La aportación fundamental

Esta continua tensión entre vanguardismo y conservadurismo, escamoteada en las aproximaciones genéricas al legado de Matisse, es una de las principales aportaciones de la exposición de la Fundación Canal. Íntegramente dedicada a su obra impresa, la cita recoge una selección de 63 grabados procedentes de la colección que el artista legó a su hijo, el marchante Pierre Matisse. Con la excepción de dos estampas a color (La Danza, de 1935, y las distintas impresiones de Marie-José con vestido amarillo, de 1950), las demás piezas se imprimieron en tintas negras, lo que llama la atención en un artista que en sus Notas de un pintor (1908) había definido su programa a partir de la «liberación» cromática. Sin embargo, la inevitabilidad del dibujo acompañará a Matisse a lo largo de su trayectoria. En este sentido, su obra gráfica funciona como una guía excepcional para clarificar el entramado de sus distintos procesos, técnicos y conceptuales, en torno a la línea.

La estampa más temprana de la cita es un autorretrato a punta seca realizado hacia 1900, donde las cuidadosas marcas de sombreado definen una imagen naturalista de sí mismo. Pero Matisse terminaría convirtiéndose en un grabador muy distinto: por un lado, su tema predilecto será la exploración de las posibilidades dramáticas del cuerpo de la mujer; por otro, su dibujo se abrirá hacia dimensiones mucho más innovadoras. De su etapa fauvista, la exposición incluye xilografías que todavía enlazan con el primitivismo de Gauguin y con la expresividad de Van Gogh.

Comparado con los cambios revolucionarios que se dan en su pintura en esos años, estos grabados podrían considerarse obras accesorias. Será a partir de 1913 cuando redimensione su imaginario y emprenda sus mejores series: los refinados contornos de sus litografías de ese año darán paso, entre 1914 y 1920, a unos monotipos extraordinarios en su simplicidad y determinación. A excepción de las odaliscas que realizó a mediados de los años veinte, dotadas de una volumetría y monumentalidad prácticamente escultóricas, Matisse seguirá la senda de un dibujo cada vez más sintético y fluido. Sus últimas estampas, aguatintas al azúcar realizadas después de la Segunda Guerra Mundial, son el punto álgido de su concentrado esfuerzo por excluir color y captar la forma desde su valor más radical: el de ser fundamentalmente dibujo.