Uno de los lienzos de María Lara
Uno de los lienzos de María Lara
ARTE

María Lara, tanto con tan poco

El MUSAC invita a un «descubrimiento»: el de la trayectoria de una «joven» pintora que lleva domando la pintura más de cincuenta años

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María Lara (Loja, Granada, 1940), representa un caso modélico de esas trayectorias injustamente desatendidas que, gracias al impulso de revisión que muchos de nuestros museos están llevando a cabo tras las reivindicaciones feministas, empiezan a ser estudiadas, valoradas, e incluso «descubiertas». Apenas un puñado de individuales jalonan su currículum que, sin embargo, no ha dejado de producir una obra interesante durante el medio siglo de su trayectoria. Quedan como referentes su paso en los noventa por Cruce, o la exquisita muestra de 2011 en la galería de Rafael Pérez Hernando. De repente, el MUSAC, y casi en paralelo el Museo Francisco Sobrino de Guadalajara, presentan sendas individuales suyas, recordándonos lo singular y refinado de un proyecto que camina en solitario desde hace cincuenta años, ajeno a modas, casi secreto.

Lara lo ha recorrido pertrechada con apenas nada: simples rayados y bandas de color paralelos; gamas cromáticas restringidas y armónicas; sutilezas casi imperceptibles en torno al grosor de la línea o su vibración; y el reverberar de una capa de pintura sobre/en paralelo a otra. Pocos y austeros medios, pero un gusto soberbio e increíble sensibilidad para el color y la composición, con los cuales ha articulado una obra única donde convergen la inmensa herencia de Rothko, la pintura de campos de color norteamericana, el minimalismo y el arte normativo. No es poco.

Aunque lo mejor es cómo lo consigue, obligando a confesar a esas grandes genealogías cuanto callan o reprimen. La belleza intangible de los Veils de Morris Louis, la severidad plástica de Kenneth Noland o el ascetismo trascendente de Barnett Newman dan súbitamente la espalda al formalismo que las abocaba a hablar sobre todo de la propia naturaleza pictórica, y entre sus manos articulan una nueva idea sobre la sensibilidad y el paisaje; más concretamente, acerca de la capacidad del cuerpo para percibir las sensaciones que el mundo le ofrece. Sensaciones de todo tipo, desde las visuales, claro, a las que proceden del movimiento, la temperatura… Para ello, la decisión del comisario de tomar su dibujo (el realizado a partir de los ochenta) como elemento central de la exposición parece un acierto decisivo, que no sólo consigue una mirada concentrada sobre su proceso, sino que ofrece un montaje soberbio, donde esta obra tan escueta y ascética como evanescente entra en diálogo con las rotundas salas que la acogen, ofreciendo un auténtico espectáculo escenográfico. Pocas veces hemos visto al MUSAC lucir tanto con «tan poco».