Luciano Concheiro
Luciano Concheiro - IGNACIO GIL
ENTREVISTA

Luciano Concheiro: «Creemos que estar con otro es consumirlo»

El joven escritor mexicano publica su segundo libro, «Contra el tiempo: filosofía práctica del instante», un ensayo sobre la aceleración, que considera uno de los males contemporáneos

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Luciano Concheiro es el tipo indicado para disertar sobre el tiempo acelerado. Un «cagaprisas» biográfico, dado que con 16 años entró en la Universidad, con 20 tenía dos carreras (Historia y luego Sociología, en Cambridge) y desde los 22 es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras en su Ciudad de México natal. Recientemente, este joven escritor, que ahora tiene 25, resultó finalista del Anagrama de Ensayo por su Contra el tiempo: filosofía práctica del instante, una tesis concisa sobre uno de los grandes temas de nuestro tiempo: la falta de ídem. Concheiro manda «guasops» (en mexicano), aunque durante la entrevista, y molaría que todavía, anduvo varias semanas sin móvil porque que se le había caído al «excusado». Se preguntaba entonces cuánto tiempo resistiría sin él.

El librito empieza con Cioran: «¿No ha llegado ya la hora de declararle la guerra al tiempo, nuestro enemigo común?».

El combate que planteo es contra el tiempo capitalista, el tiempo de la productividad y la aceleración permanente. ¿Cómo combatirlo? Creo que tenemos que suspenderlo, crear un tiempo radicalmente distinto porque nos llevará a vivir una vida distinta. Es casi un presupuesto ontológico, aquello que define el ser de los hombres es en realidad el tiempo. Entonces si modificamos esta visión del tiempo, cambiará nuestra idea del amor, de la amistad, nuestra relación con nosotros mismos pero también con los otros o el medio ambiente. La manera que yo veo esto no es reduciendo la velocidad sino saliendo, inventando un nuevo tiempo. Este nuevo tiempo es el instante.

Lo ha escrito de manera concisa porque dice que ya no sirven los tochos teóricos. ¿Cree que así se leerá más su ensayo contra el vértigo opresivo de nuestro tiempo?

Me gusta mucho que me preguntes eso, porque es una de las grandes preguntas de la filosofía actual: ¿cómo pensar en esta época acelerada? Si mis argumentos son ciertos, y vivimos en la época de la aceleración, eso quiere decir que los grandes tratados filosóficos que han caracterizado la tradición occidental desde hace tantos siglos no funcionan, tenemos que pensar una nueva manera de pensar. Aquí hay una paradoja: querer combatir la aceleración y, al mismo tiempo, aceptarla como condición. Yo decidí abrazar esta paradoja y escribir un libro acelerado contra la aceleración. Es decir, buscar comunicarme con mis contemporáneos, aquellos que vivimos acelerados. Porque yo soy uno más, estoy todo el tiempo con el móvil distrayéndome en Facebook, disperso, pensando en diez cosas al mismo tiempo, leyendo cinco libros simultáneamente,... Yo mismo soy este producto y lo que quise es ver cómo podía comunicarme. Así, me cronometré cuánto podía leer sin que me llegara un mensaje, y eran como cinco páginas muy concentrado. Buscaba que la misma estructura del libro tuviera concordancia con aquello que estoy planteando y, por esto, más que al largo argumento tiro al aforismo.

En el ensayo pinta un panorama oscuro, sin posibilidad de cambiarlo, y para combatir esto propone practicar una resistencia íntima en busca de «suspiros de tranquilidad».

Hoy el futuro está cancelado, y más para los jóvenes. Pareciera que esta es la única vía que tenemos, la capitalista y del trabajo absoluto, morir trabajando, el endeudarnos, el cambiarnos de un trabajo a otro, la precarización absoluta,... Entonces, este otro tiempo, el del instante, puede ayudarnos a pensar un futuro. Hay una parte muy pesimista, pero al final hay un guiño, en el epílogo intento abrir un resquicio. Es que en la situación actual no veo dónde está la salida radical a este sistema. Soy pesimista respecto al pesimismo, el capitalismo es muy creativo. El instante lo que puede darnos son momentos de entrever otra vida posible, abrirnos una pequeña ventana que nos permita ver un futuro distinto. Esto del instante, del tiempo suspendido, puede sonar, puede sonar como algo muy oscuro y místico, pero es algo que vivimos todos. Creo. Son prácticas cotidianas. Ya sea jugando al fútbol en la calle, en una sobremesa larga o en una borrachera en la pista de baile. Una práctica tan sencilla como el baile y la lectura de poesía puede revertir por un momento este furor acelerado que nos impone el capitalismo.

Reír, de parranda extrema, leyendo poesía... Así consigue suspender el tiempo. ¡Y participando en revueltas callejeras! Al menos, hace años.

Es que la revuelta es un instante, un momento. Es el que más me costó describir del libro porque es una realidad que va más allá del lenguaje: es una comunión contigo mismo, con los otros y con el lugar. Tiene más que ver con un momento místico, de unión con el más allá, con lo otro. Es como el encuentro amoroso. No me meto en ese terreno porque reconozco también mis limitaciones escriturísticas. Ahí está la poesía, de los grandes poetas, que trabajan el tema de una manera mucho más inteligente yo. La cama, el encuentro con el otro desnudo, el tacto, el sudor,... te lleva a ese momento que está más allá del tiempo. La definición del instante es por medio de espejos, de pequeñas frases y casi versos, porque es algo muy difícil de aprehender, porque son momentos sublimes. Yo con esos ejemplos cotidianos lo que quiero no es convencer, sino que ellos piensen en los suyos propios, porque todos lo hemos vivido. Yo soy un hombre mexicano pero alguien en otro contexto lo habrá vivido de manera diferente. Yo me planteaba: ¿qué hablo, de la meditación? Hay tratados muy importantes que seguro que para mucha gente lo son, pero yo cuando me muevo con mis amigos un sábado por la noche para mí eso es la suspensión del tiempo. Me parece más honesto, aterrizado y contingente. Yo sé que la fiesta puede ser enajenante, el alcoholismo y todo eso, pero también puede ser subversiva. O el baile, lleno de sudor,... es una resistencia etílica, si se quiere, y erótica. A mí rescatar esos momentos mínimos de la vida cotidiana me interesaba mucho. Y que fueran desde el yo medioautoficcionalizado, pero sincero. No quería ser el gran gurú del instante.

Hemos desarrollado una tecnología que nos permite ser más eficientes con la gestión de nuestro tiempo. Sin embargo, hemos logrado quedarnos sin tiempo. Genios.

O tarados, como diríamos en México. El sistema capitalista no nos permite utilizar esta tecnología para dejar de trabajar o trabajar menos horas, tener más tiempo de ocio y de no hacer nada, sino que se utiliza para trabajar aún más. La paradoja es que la tecnología que nos permitiría liberarnos del trabajo más bien nos ha esclavizado a él. El móvil hace que estemos disponibles 24 horas siete días por semana, que trabajemos todo el tiempo. Que el tiempo de la oficina y de la fábrica haya desaparecido y que la cama, como la gran teórica española Beatriz Corominas ha planteado, que la cama sea la nueva oficina. No es tanto un uso intrínseco de la tecnología sino más bien una lógica capitalista que nos obliga a utilizar la tecnología de estas maneras.

En Francia están legislando para que no puedan llegarte mails de trabajo fuera de la jornada laboral.

La clase obrera francesa históricamente es una de las clases con más empuje para defender sus derechos. Y quizá tenga sentido. Son búsquedas para intentar retraernos de esta lógica de permanente trabajo y de respuesta acelerada. Eso es muy importante, porque lo que hace el móvil es que cada vez tienes que responder el correo electrónico en diez minutos y whatssap en un segundo. A mí todas estas pequeñas luchas me parecen importantísimas porque cuentan que somos cada vez más los que estamos de acuerdo en que la aceleración del capitalismo no es la mejor vida posible.

¿Responde rápido a los whatsapps?

Los amigos, las parejas, los proyectos laborales te exigen una respuesta muy pronta. Por eso, siempre hay una tensión si uno se quiere alejar. A mí se me cayó el móvil al excusado y he estado dos semanas sin móvil, en donde he estado muy contento y liberado. Pero no sé si me voy a seguir resistiendo de no tenerlo... Ya verás cuando abra mi WhatsApp con todos los mensajes de año nuevo que no pude responder ni interactuar. En términos personales, busco resistirme todo lo que puedo. Pero es complicado. Es importante esta pregunta porque la resistencia al capitalismo no es una cuestión de voluntad. Cuando uno dice que está estresado o ansioso, le dicen: «Tranquilo, relaja, respira». Pero si fuera tan fácil, todos ya hubiéramos cambiado. Es un sistema que nos impone un modo de vida particular y es importante distinguirlo. Es un combate sistémico, no es culpa de los individuos que viven con prisas y estresados sino de un sistema que te está construyendo este tipo de subjetividad particular. Pero sería importante repensar con mucho cuidado estas prácticas y no darlas como naturales. No naturalmente tengo que responder pronto al mail o al WhatsApp, no naturalmente todas mis interacciones tienen que pasar por el móvil.

¿Medita?

No la practico como tal en el sentido de sentarme y hacer unos mantras. Pero sí practico la meditación, si se entiende, en el sentido de métodos muy simples, de darte cuenta de los procesos más íntimos y de buscar conectar con lo otro. Ser consciente de la respiración, el caminar,... Eso sí que lo hago. El contemplar... Pequeños gestos, que lo que nos ayudan, en realidad, es a quebrar esta aceleración y esta idea productivista y centrarte en el momento presente.

En el documental «Speed: En busca del tiempo perdido» se dice que la aceleración es un cáncer que acaba matando al anfitrión

Estamos alcanzando límites insospechados. Es decir, límites de dormir cada vez menos horas y necesitar estimulantes químicos... Hago un análisis en el libro de la cocaína y también del cristal meth y también los ansiolíticos, como sustancias que requiere el cuerpo para seguir con esta dinámica. No sé cuándo va a reventar porque existen barreras físicas, pero tal vez nos convirtamos en zombis ansiosos y estresados que cada vez tienen menos relaciones de corte íntimo y erótico y se dedican, más bien, a consumir y producir.

Vamos hacia el superhombre encocado

Sí, la subjetividad del capitalismo pide el sujeto de coca. Sin hambre, siempre dispuesto a seguir trabajando con mucha energía, sin dormir, simpático... A diferencia de otras drogas, como la marihuana, que tienden a ir hacia la relajación, la coca te puede permitir ser sociable y seguir produciendo. Se utiliza en muchos casos de esa manera, como un estimulante para seguir esta vida acelerada del capital, son vías para mantener esos niveles de productividad. No solamente la cocaína, si se quiere también el café o el Redbull, algo mucho más sencillo. Tenemos que estar estimulados y aguantando las pocas horas sueño y el cansancio infinito. O ansiolíticos, para tener un momento de calma frente al furor y al estrés en el que vivimos. Digamos que todos estos rasgos de la subjetividad contemporánea se explican por la aceleración capitalista. Por eso mismo son tan difíciles de cambiar, porque no solo es cambiar el régimen político sino cambiar la subjetividad misma del capitalismo. Es que no solo es un sistema económico es una racionalidad, como muchos teóricos lo llaman. Aunque suene iluso, creo que hay que repensarlo todo. Estamos a punto de caer en el abismo, por lo tanto el pensamiento de quienes queremos vivir la vida de otra manera tiene que ser radical.

El filósofo Kerlheinz Geissler dice que hay que renunciar a algunas cosas, decir no a tanta actividad, para encontrar más paz en este frenesí.

Eso es fundamental porque atenta contra uno de los principales principios del capitalismo, que es la productividad absoluta, el querer siempre la maximización de las ganancias. El dejar oportunidades pasar sería un atentado frente a la maximización. Eso es importantísimo, y hay una multiplicidad de maneras de combatir el pensamiento único capitalista. Así, como hemos hablado, yo propongo, y ni siquiera como ejemplo sino simplemente como meras anéctodas, cómo he logrado suspender el tiempo. Porque lo que me interesa también es mostrar que la resistencia al capitalismo está en la vida diaria, en los gestos que parecen más insignificantes. Quizá en eso, no cojo las diez oportunidades, no voy a ser el mejor en el trabajo, no trabajo hasta las mil de la noche, no escribo cinco libros,... Es decir, dejar de producir, no hacer nada por momentos: ser un vago. Por eso, el capitalismo está tan nervioso con figuras como el vago y el flâneur, porque van en contra del sistema. Lo sorprendente es que hasta que fibra se ha tocado el sistema, con una madre o un tío diciéndote lo vago que eres o cómo estás perdiendo así el tiempo. Por eso, perder el tiempo quizá sea una de las maneras más eficaces de combatir la lógica productiva contemporánea. Uno me preguntaba: ¿Crees que tu libro va a cambiar algo? Y le dije: «No, lancen el libro a la basura y resistan desde su propia vida». El libro también entra en esta cadena de mercancías y yo saldré de la plana de novedades... Por eso para mí era importante llegar de la teoría a la práctica cotidiana, que es una actividad. Buscar una resistencia desde la vida misma.

Los robots hacen el trabajo mejor y de manera más eficaz, vamos empezando a sobrar. Se estudia la posibilidad incluso de que coticen. Y la renta básica.

La renta básica sería, no solo en términos económicos sino existenciales, una de las grandes soluciones. Sería genial, una gran utopía. Sería una manera de saber elegir qué hacer con el tiempo. Una cronopolítica, una política del tiempo, pensar el tiempo políticamente, no verlo como una cosa neutra y objetiva sino como configurar el tiempo en términos políticos y económicos: cómo hacemos un tiempo que merezca la pena ser vivido. Respecto a las máquinas, yo le dedico varias páginas al «high frecuency trading», esta compraventa de acciones que depende de algoritmos que hace que en una minúscula fracción, en un microsegundo, puede emitir una compra. El ser humano no puede ni siquiera verlo. Una orden de compra estos algoritmos lo hacen en treinta milisegundos y el parpadeo dura cuatrocientos. Es absurdo, no se puede ni seguir. Esto refleja bien que el capitalismo se ha vuelto una máquina masturbatoria en el sentido de la generación permanente de plusvalor absurda. Porque un buen capitalista, y esto hay que entenderlo bien, nunca va a decir: «Ya tengo suficiente dinero, ahora me dedico a vivir la vida». Siempre va a querer invertir para ganar más, más y más. Esa es la especificidad del sistema capitalista, que el beneficio se quiere eternamente. Entonces es una rueda de hámster, una máquina que sigue y sigue y que nunca va a parar, que nunca dice hasta aquí llegamos. Siempre digo que compadezco a los multimillonarios porque, en realidad, ellos también son unas presas del capitalismo. Afortunadas, pero unas presas, porque están sujetos y ni siquiera tienen el tiempo para gastar esa inmensa cantidad de dinero. Están inmersos en este frenesí esquizofrénico y paranoide.

Es una rueda sin fin pero tiene una huella ecológica. Quizá veamos referéndums contra la tecnología o la limitación de un número de móviles por persona.

Quizá suena muy catastrófico pero esta catástrofe medioambiental es la que nos puede llevar a replantearnos esto. El hundimiento mismo del sistema, con unos costes altísimos como la muerte de millones de personas. Pero lo que decía, el capitalismo es muy creativo. Y toda lo eco-friendly, todo el capitalismo verde, es la nueva cara del capitalismo. No solo el capitalismo ha jodido la naturaleza sino que ahora quiere... Ese ser maleable, esa capacidad para moverse en los recovecos no sé hasta qué punto puede llegar. Esa capacidad de reinventarse. Hacen un eco-capitalismo y el Tesla, los coches de energía solar que pueden sonar maravillosos, están inscritos dentro de la misma lógica y no van a cambiar nada.

¿Qué progreso es este en el que cada aparato electrónico dura menos que el anterior?

¿O es progreso para esta rueda infinita del capitalismo? Lo que pasa es que la tecnología no es neutral y está exacerbada por un interés de corte económico, que lo que quiere es que los productos duren cada vez menos para que consumamos el siguiente. Esa idea de que los científicos, esa figura extraña que son los inventores, quieren el beneficio común es absurda. Hay intereses económicos enormes y lo que buscan es generar el nuevo producto para que se consuma. Y entonces hacen los Iphone 1,2,3,4,5,6, 7... Las actualizaciones son el nuevo gran modo de mandar al carajo lo que sea porque no tiene no se qué versión de Flash. Estuve en Marruecos hace poco y los hay, pero está desapareciendo, la gente que repara cosas. En las sociedades desarrolladas ya no se repara. Se tira. Es una cosa del pasado. En México o Marruecos, países donde todavía tienen resabios de un capitalismo previo, si se quiere, quedan todavía.

¿Van a desaparecer los manitas?

El capitalismo querría que desaparecieran. Tal vez en el reciclaje y en los manitas haya un potencial subversivo. Aquellos que utilizan todos estos aparatos y deshechos y los incorporan. Hay un grupo enorme de artistas, que es muy interesante, que plantean otra relación con la basura, la recontextualizan, la desplazan de un lugar a otro y la vuelven una cosa más. En realidad, lo que están haciendo es trabajar con los deshechos de este sistema loco que es el capitalismo. Lo que se quiere es que sea todo lo más breve posible.

¿Estamos tan bombardeados por noticias que corremos el riesgo de anestesiarnos de pura incapacidad para procesarlas?

Es que dado que los medios de comunicación son un negocio tienen que seguir la lógica de los negocios que es la venta de mercancias. Y tener la primicia frente al competidor. Y eso lo logra sacando la noticia más rápido aunque eso es casi imposible. Y entonces se va a la cantidad de noticias, que sea la novedad permanente. Se tiene que olvidar lo anterior para procesar lo nuevo.

¿Eso puede erosionar la memoria?

Sí, que nosotros vemos lo del embajador ruso que fue terrible pero a la media hora pasa lo de Alemania con el camión. Y a los días, el ataque en Estambul, convirtiéndose todo en una maraña de tragedias en las que unas se imponen sobre las otras y no logramos establecer una relación íntima. Es como una maquinita que produce piezas y las deshecha. Utilizo un concepto de Roberto Calasso que tenemos tanta cantidad de información, un ruido permanente, que no podemos gestionarlas. Como nuestro timeline del Facebook, que pasas y pasas y nada pasa. Insisto, la rueda de hámster me parece la mejor figura porque es una velocidad increíble, un aparente movimiento brutal, pero no hay desplazamiento. Estás ahí dándole y nunca sales.

Lo que llama la inmovilidad frenética

Exacto. Y las noticias propician eso. Los grandes medios de comunicación, no sé, Buzzfeed, Huffington Post,... que lo que buscan es llenar y llenar, atrapar clicks y seguir en esa vorágine.

¿Ha cambiado su manera de relacionarse con las relaciones sociales a propósito de este ensayo? ¿Les dio alguna vez un uso exhibicionista?

Mi relación siempre es de amor-odio. Por un lado, ver en qué cosas son beneficiosas, conectar a gente de todo el mundo. Y, al mismo tiempo, darme cuenta de la conversación que se está generando a veces, menos profunda que tomar un cerveza. En el whatssap todo el día. Es una relación de satisfacción pero también de repulsión. Sí, claro que le di uso exhibicionista, alguna vez. Intento aceptar las paradojas de mi pensamiento, lo exhibicionista. Por ejemplo, las fotos en las entrevistas, para mí es siempre una cosa muy tensa. Porque se supone que estoy en contra de esta mercantilización permanente y debería entonces sustraerme de esta lógica y no explotar la imagen de un joven y de un libro en las novedades... O sea, participar de este ciclo: ¿hasta cuándo y dónde resisto? Al mismo tiempo, me doy cuenta que es la manera de llegar a más lectores. No sé, a veces se queda uno pasmado. Es aceptar las contradicciones. Lo importante es darnos cuenta del tipo de vida que estamos llevando, de las tensiones y de qué cosas queremos desechar y aceptar. No creo que haya que mandar las redes sociales al carajo, pero sí quizá replantearlas y sacarlas de la lógica del consumo. Tengo un amigo que siempre dice: «Expropiemos Google».

Dice que «el amor verdadero ha dejado de tener sentido».

El amor se parece cada vez más al consumo. Creemos que estar con otra persona es consumirla, que el cuerpo sea un objeto. Lo utilizas un rato, te cansas y pasas al siguiente. Aquí me inspiro en un pensador italiano, Massimo Recalcati, que reflexiona sobre lo importante que es el perdón en las relaciones, ya que sirve para superar los conflictos estableciendo un vínculo duradero, una relación de comunión. Lo otro tiene que ver más con consumir un café, una mujer, un hombre, y al siguiente, al siguiente... No hago una alabanza del no-divorcio aquí, pero creo que hay que repensar eso.

¿Cómo surgió este libro?

Por darme cuenta de que soy un producto más de la aceleración. Si mi biografía misma, si se quiere, o elementos más profundos de mi subjetividad y mis ansiedades, mi estrés y mis prisas, eran derivados de esta lógica de la aceleración. Lo he escrito a la manera de antídoto, de autoconocimiento, de decir qué es esto que esta sucediendo. Y de la conversación con muchos contemporáneos que en el momento en el que yo narro estas prisas me dicen que les pasa lo mismo, que no les alcanza el tiempo para nada. Es entender este fenómeno de la aceleración y cómo nos afecta en la vida diaria.

¿Y por qué ese apremio con sus estudios?

Esta pregunta es complicada, no sé. Habría que hacer un proceso de introspección más serio de por qué esta aceleración. En parte había circunstancias personales, que no me sentía cómodo en los ambientes en los que me estaba desarrollando, que yendo a mi ritmo podía vivir una vida más plena y con mayor libertad la educación. Y, por otro lado, por ser producto de esta lógica de la aceleración. Creo que todos los sujetos vivimos estas prisas, esta ansiedad de hacer cosas. Y a mí me afectó de esta forma. Pero creo que a la sociedad le afecta de igual manera.

¿Sus alumnos cómo le tratan?

Regresando de Inglaterra tuve la fortuna de que me invitarán a dar clase en la facultad en México. Y yo me planteaba esa dificultad de dar clase a la gente que tiene mi misma edad entonces, 22 años. Estuve haciéndome esa pregunta, la cómo establecer una relación con mis estudiantes. Para mí era muy importante establecer una relación horizontal, de generación de conocimiento. Para mí ha sido muy influyente un pensador que se llama Jacques Rancière y su libro «Un maestro ignorante», en el que dice que todos somos igualmente inteligentes y que la diferenciación entre maestro y alumno es una construcción para generar una estratificación, una jerarquización del saber. Y yo creo que todos somos verdaderamente inteligentes y que desde la ignorancia todos podemos saber, porque es historia del pensamiento, es historia de la filosofía. Lo que hago es que, en lugar de dar la cátedra, lo que hago es leer juntos un texto filosófico. Y entonces en ese proceso de lectura de los alumnos y yo vamos juntos descubriendo y expandiendo y explotando el mismo texto. Pero eso me ha permitido no construir una jerarquización del saber vertical, sino más bien que yo creo horizontal. Es como una sobremesa sin alcohol, digo siempre. Vamos hablando de todo, de cine, de arte, de videojuegos,... Aprendo muchísimo de ellos más que ellos aprendan de mí. Más que una clase de filosofía es una clase de cómo leer creativamente. A mí lo que me ha interesado, más allá de Nietzsche dijo esto, es cómo acceder a esos autores y extraer creativamente lo que a ellos les sirva.