Lucas Martín, fotografiado en una playa de Brasil
Lucas Martín, fotografiado en una playa de Brasil - ABC
Darán Que Hablar

Lucas Martín: «Leer es muchísimo más importante que escribir, incluso que vivir»

En su último ensayo, «Atrapados en nunca jamás» (La Caja Books), reflexiona sobre la nostalgia como trampa para los niños perdidos del S.XXI

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¿Cuáles son sus intereses como escritor?

Mis intereses como escritor son sospechosamente los mismos que mis intereses vitales: montar en globo, casarme con la rica heredera con cara de lluvia de algún holding de Europa del Este, ganarme el derecho presumido a no hacer nada, a una casa con jardín, beberme una cerveza negra, retrasar a la muerte, ir a Pilates. Esto es, el deseo de un escritor no creo que se diferencie en gran cosa del resto de deseos e intereses. De los demás y de uno mismo. «Escribe porque la vida lo escribe», decía Juan Gelman. Por eso y porque estamos llenos de carroña, de agua, de sangre y de palabras. Se escribe porque no se puede hacer otra cosa. Se escribe para aprender a sufrir como Dios manda. Se escribe para explorar y componer y recomponer el mundo. Tal vez para destruirlo todo.

¿Y como lector?

Leer es muchísimo más importante que escribir. Puede que incluso que vivir. Navegar es lo importante. Lo digo muy en serio: si no fuera por la lectura probablemente a estas alturas ya estaría muerto. Eso sí, y en esto me mantengo inflexible: una cosa es leer como se lee el Marca y el Reader Digest en el aeropuerto o en la sala de espera de una consulta y otra muy distinta lo que yo llamo lectura, que es lo más parecido que existe a caminar permanentemente y probablemente haciendo eses por un acantilado, recorriendo el temblor, viviendo en el temblor, hablando de una vez y con coraje a solas.

¿Sobre qué temas suele escribir?

La respuesta depende de lo dispuestos que estemos a hacer el ridículo y adentrarnos en cuestiones solemnes. Para mí todo, incluso cuando he trabajado de periodista seglar, que ha sido casi toda la vida, parte de una misma pulsión, de un mismo extrañamiento, de una misma insuficiencia, de una misma congoja. En realidad los temas son infinitos y a la vez se reducen a unos cuantos, que son además los de siempre. En mis últimos libros he hablado de la nostalgia, de mi infancia y de la digestión personal del vacío y más aún del vacío relacionado con los dioses. Podemos ver un partido de fútbol, construir grandes nudos de ficción o salir de cañas. Al final son destilados de lo mismo: de la propia muerte, del desamparo, de la destrucción. Del fabuloso y repugnante misterio, en todas sus variantes, que es siempre estar aquí.

¿Dónde ha publicado hasta el momento?

Publiqué en primera instancia con el Ayuntamiento de Málaga, después de ganar un premio de poesía para jóvenes creadores andaluces. Luego llegaron Alfama y Ediciones en Huida, en ambas también en la colección de poesía. Y recientemente, con mi último ensayo, en la editorial La Caja Books, que está llena de santos.

¿Con cuáles de sus «criaturas» se queda?

En esto me comporto con bastante indecencia y deslealtad hacia mí mismo. Siempre me quedo con la última y valoro todas las demás en función de un estricto orden cronológico descendente, de manera que las más antiguas son y serán las que me parezcan siempre las más erráticas. En cualquier caso, ha habido lectores que han visto bastante afinidad entre mis dos últimos libros y eso me agrada; especialmente porque en principio no podría haber nada más distinto que un ensayo con carga narrativa y autobiográfica y un poemario en doce cantos basado en una especie de especulación y mística y de escepticismo sentimental y mágico sobre la nada y el hambre de Dios.

Supo que se dedicaría a esto desde el momento en que…

En mi caso no creo que se diera ningún tipo de momento de epifanía. De niño tenía más interés por la autocompasión y por inventarme historias y mundos a solas que por salir a la calle. Más tarde aprendí a leer y a partir de ahí todo se torció. Añada a eso que soy un hombre fundamentalmente inútil y que no sé hacer otra cosa, ni siquiera cambiar una rueda. Digamos que mi voluntad tira más para la inacción. Y que la palabra es la enfermedad y la tentación y al mismo tiempo es el mundo.

¿Cómo se mueve en redes sociales?

Pues prácticamente como en una fiesta Erasmus de españoles, en una discoteca en la que pincha David Guetta o en una caseta de la feria de Sevilla. Abrumado, congestionado. Con ganas de huir a una montaña sagrada, escribir con cinceles en una roca y meter la cabeza para siempre debajo del somier. Es decir, que mantengo una posición ambivalente: reconozco, sería idiota no hacerlo, la utilidad de las redes, pero por otro lado, me llama la atención lo poco que hemos avanzado en ese tema. Tenemos un presente tecnológico que hace apenas veinte años sería impensable. Y el uso mayoritario sigue siendo el comadreo de patio de vecinos. Además de un fenómeno curioso: la entronización de la tontería. La pérdida del decoro y del que debería ser el primer mandamiento de todo aquel que se atreva a emitir mensajes cotidianos en público: distinguir entre lo que merece y no merece la pena ser contado.

¿Qué perfiles tiene?

Actualmente no mantengo ningún perfil activo. Aún a sabiendas de que es insensato y zafio y que a grandes rasgos me perjudica. Probablemente por agotamiento, por falta vulgar de resistencia física. Hay días en los que el whatsaap ya me deja lisiado, indefenso, literalmente para el arrastre. Además, se da otra cuestión peligrosísima que conocemos muy de cerca todos los que hemos trabajados en medios de comunicación: la confusión obscena entre el yo, signifique esto lo que signifique, y el yo corporativo, el yo en cuanto a trabajador y representante de una empresa. Y a mí, pese a todo, me gusta tener las cosas claras y los calzoncillos limpios. Distinguir entre Clark Kent y Superman un número razonable de horas del día.

¿Cuenta con un blog personal?

He coqueteado mucho con la idea pero al final he llegado a la conclusión de que me siento mucho más cómodo con mi retroblog, que siempre va conmigo. Ahí anoto todo lo que se me ocurre, ideas, greguerías, opiniones políticas. Y las dirijo igualmente a desconocidos. Se llama cuaderno. La única desventaja es que no tiene inmediatez. Pero a quién le importa la inmediatez con todo este ruido de fondo.

¿Qué otras actividades relacionadas con la literatura practica?

Estar vivo. Llamar por teléfono a mi madre. Lloriquear de vez en cuando.

¿Forma parte de algún colectivo/asociación/club?

Colaboro con el Instituto de la Cuadernística, que es una idea del escritor Cristóbal Polo y de la artista Ieva Rusteikaite nacida con el objetivo de reivindicar justamente lo que hablábamos antes: la idea del cuaderno, no tanto en cuanto a continente, lo que tendría mucho de manifestación artesanal y ludita, como en cuanto a género en sí mismo, en lo que significaba el cuaderno para escritores como Kafka, Pe Cas Cor o Valery. También soy muy del Atleti. Imagino que eso suma.

¿En qué está trabajando justamente ahora?

En mi cuaderno. Y en varios proyectos simultáneos, nada de aliento largo. Llevo adelante, aunque con voraces regresiones, un libro de cuentos. Y estoy terminando otro de poesía.

¿Cuáles son sus referentes?

Difícil y atinada pregunta. Hay tantos referentes como gente indeseable. Y eso supongo que equilibra y allana el cutis y el camino. Lo que no distingo, eso sí, es entre géneros, ni siquiera entre disciplinas. No todo en la literatura es forzosamente una experiencia libresca. Si hablamos de influencias para mí ha sido tan influyente Wagner como Montaigne, Bacon, Celan o la película El Sacrificio. Por no hablar de las conversaciones con mi abuelo y con mi bisabuela. En Úbeda.

¿Y a qué otros colegas de generación (o no) destacaría?

Lo de las generaciones me parece un invento de El Corte Inglés y del diablo. En realidad, y esa es una de las ventajas, es que toda obra está condenada a morir y a la vez se mantiene viva y en igualdad de condiciones con lo nuevo. Somos tan contemporáneos de San Agustín y de las Upanishads como de Arturo Pérez Reverte.

¿Qué es lo que aporta de nuevo a un ámbito tan saturado como el literario?

¿Nuevo? Que los dioses me libren de tamana presunción. ¿Quién diablos puede aportar algo nuevo? Nunca hubo nada nuevo. Ni siquiera al principio.

¿Qué es lo más raro que ha tenido que hacer como escritor para sobrevivir?

No creo que haya hecho nada especial. Quiero decir, nada del tipo remontar el Orinoco o vender chatarra cruda en la puerta de una iglesia. Con la escritura he hecho de todo. De todo lo que se le pide en España a un escritor y a un periodista, que normalmente empieza escribiendo columnas de opinión o crítica literaria y acaba en la redacción hasta pasando la mopa. Ahora bien, si hablamos de supervivencia en el sentido que tiene que hablarse, entendiendo la vida como un acto mayúsculo de superivencia sí que he hecho cosas raras. Incluidos ejercicios respiratorios en la oscuridad de la selva de Brasil, lidiando para que no me mordiera el culo una serpiente. Eso y ser durante horas camarero, que es uno de los oficios más insoportables y concienzudos del planeta.