«Matrimonio místico de Santa Catalina y el donante Nicolò Bonghi» (1523)
«Matrimonio místico de Santa Catalina y el donante Nicolò Bonghi» (1523)
ARTE

Lorenzo Lotto o el verdadero retrato

El Museo del Prado nos descubren a un retratista excepcional, Lorenzo Lotto, que tuvo la mala suerte de caer en el olvido de la Historia «por jugar en una liga» lejos de los grandes

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Lorenzo Lotto (1480-1556) es un pintor veneciano poco conocido por el público. Este desconocimiento se debe a dos hechos ligados entre sí y relacionados con su biografía: haber vivido cuando lo hizo y haber trabajado para una clientela de escasa relevancia histórica. Lo primero no necesita explicación. Rivalizar con Tiziano o Giorgione es mucho para cualquier artista, por bueno que sea. A Lotto, como a otros compatriotas de su generación, Sebastiano del Piombo o Vincenzo Catena, le tocó competir con dos genios absolutos. Lamentablemente, la situación no era mucho mejor fuera de la Serenísima, en Roma o Florencia, donde figuras de la talla de Miguel Ángel o Rafael acaparaban a la clientela adinerada. Para vivir de la pintura había que trasladarse a poblaciones de menor nivel, del estilo de Treviso, Ancona o Bérgamo, lugares en donde Lotto ejerció la profesión.

Pintar en aquellas ciudades implicaba menos posibilidades y, a la larga, menor visibilidad. Sus obras maestras: el Retablo Recanati de la iglesia de Sto. Domingo de Treviso, la Pala Martinengo de la iglesia de los dominicos de San Esteban de Bérgamo o los frescos de la capilla Suardi de Trescore han quedado siempre a trasmano para los estudiosos. Las cosas le fueron además tan difíciles que al final de su vida no tuvo otro remedio que ingresar como oblato en el santuario de Loreto. Eso o morirse de hambre. El precio, decorar la basílica de Santa María, donde puede que se retratara a sí mismo en la figura de un viejo senil, perdido en el santuario.

No es un cualquiera

El responsable de rescatarlo de un olvido de siglos fue Berenson. Sin su paciente labor de catalogación, muchas de sus obras seguirían hoy atribuyéndose a otros. Que esos autores con quienes se confundió al artista veneciano sean Leonardo, Holbein o Tintoretto constituye una prueba más de su importancia artística.

No pintó a protagonistas de la Historia, sino a personas a las que no tenía que adular

Con buen criterio, el Prado y la National Gallery de Londres han decidido devolver brillo a su nombre organizado una gran exposición monográfica dedicada a uno de los géneros en los que Lotto sobresalió: el retrato. Los lectores que acudan a ella tendrán ocasión de comprobar que se trata, en efecto, de un verdadero maestro. Y no les será difícil. Por una carambola de la Historia, lo mismo que hizo caer a Lotto en el olvido -la insignificancia de sus personajes-, lo acerca hoy a nosotros. Lotto no pintó a los protagonistas de la Historia, reyes o magnates, sino a personas normales a las que no tenía que idealizar. En vez de representar a sus clientes como entonces se hacía, o sea, como les hubiera gustado verse, los pintó como eran. Espejo de la gente común, aguzó hasta extremos desconocidos su sensibilidad para captar los diversos estados del alma. No los signos externos de la persona, esenciales para los poderosos que usaban la pintura como ins- trumento para fortalecer su posición en el mundo, sino su vida interior, eso que hizo que Berenson dijera de sus retratos que «habían transformado el arte en psicología».

Lotto introdujo novedades considerables en este campo: desde el uso de detalles ingeniosos (podemos saber, por ejemplo, los nombres de pila de los esposos Brembati fijándonos en la luna que hay sobre ella y la pata de león que lleva él), a la inclusión de mensajes herméticos (como el retrato del platero Bartolomeo Carpan, a quien trató en Treviso, hecho al que alude pintando tres veces su rostro -tre visi-).

Hablar con las manos

En este esfuerzo por llevar el género más allá de la fidelidad visual, Lotto acreditó una notable pericia (fíjense en la perfección de sus manos) y gran capacidad narrativa. Los frescos de Trescore constituyen desde luego su obra cumbre en este sentido, pero quien vaya al Museo del Prado podrá verificarlo igualmente deteniéndose en los cuadros matrimoniales, llenos de sutiles alusiones al compromiso entre los cónyuges, u observando con cuidado el retrato del joven que Mujica Lainez asoció al duque de Orsini, creador del jardín de Bomarzo, un joven pálido que acaba de recibir una mala noticia, sin duda, amorosa. La lagartija, los pétalos de rosa, el anillo abandonado, la carta doblada bajo el libro de contabilidad que abre sobre la mesa, parece que lo han sumido en una dolorosa melancolía. ¿Estará haciendo cuentas con su vida? Lotto, quien confesó en una carta padecer «el mal de vivir», nos ha enseñado que la respuesta no es forzosamente afirmativa. A cada cual le sucede lo que le sucede. Esto es lo moderno en él, el lenguaje de la individualidad.