Una de las imágenes intervenidas de Carmen Calvo en el Museo Cerralbo
Una de las imágenes intervenidas de Carmen Calvo en el Museo Cerralbo
FOTOGRAFÍA

La locura de la pintura de Carmen Calvo

Doble entrega de la Premio Nacional Carmen Calvo en Madrid: en el Museo Cerralbo y en la galería Fernández-Braso

Actualizado:

«La pintura la volverá loca», así reza la leyenda sobreimpresionada en una obra que parece recibir -también interpelar- al visitante justo cuando entra en la exposición. La pieza forma parte de una de las dos muestras de Carmen Calvo que tenemos ahora oportunidad de contemplar en un mismo tiempo y en una misma ciudad, aunque en diferentes espacios.

En este primer caso, se trata de Naturaleza abjura, un proyecto para la madrileña galería Fernández-Braso y que consta de un buen número de trabajos realizados en los últimos cuatro años. La propuesta supone una excelente oportunidad de apreciar desde una mirada de conjunto algunas de las diversas prácticas, disciplinas y herramientas expresivas (dibujo, collage, pintura, objetos, foto, instalaciones…) que la valenciana, Premio Nacional de Artes Plásticas 2013, sabe conjugar en distintos formatos para crear una sintaxis plástica muy propia y personal.

Ése es, a mi juicio, el principal haber de esta muestra: hacernos comprobar la versatilidad de propuestas visuales, pero también conceptuales, que encierran sus obras, menos uniformes y predecibles de lo que aparentemente puedan suponer. Y aunque hay en todas ellas un claro hilo conductor -la expresión de una memoria, que por desconocida no deja de sernos profundamente familiar y cercana a través del empleo de imágenes fotográficas encontradas en rastros y mercadillos- se trata siempre de una memoria que manipula, pervierte, convierte y con la que nos divierte, pero que también nos hace reflexionar sobre la identidad y su ausencia, sobre la vida y su otra palabra, sobre la soledad y el amor, sobre la posición social y emocional de la mujer, sobre la Historia individual y colectiva o sobre el reino perdido de la infancia.

Más que fotos

Dentro de esa variedad -quiero insistir en ello: no estamos ante una artista que «solo manipula viejas fotos»-, me interesa la instalación El ojo existe en estado salvaje (2015), un sutil y vintagehomenaje al voyeurismo, con claros ecos duchampianos y buñuelescos, y El tiempo que apasiona (2018), un conjunto de 106 collages en postales de viajes, pequeños en formato pero amplios de lecturas, así como otros sugerentes guiños: Barba Azul o Los grandes malditos.

La otra exposición, Quietud y vértigo, que podemos ver en el Museo Cerralbo, dentro de PHotoEspaña, sí que se centra en su registro más reconocido: la presentación en gran formato de antiguas fotos adquiridas aleatoriamente, aunque en su gran mayoría presentan un arco cronológico que va de los años 40 a finales de los 70 (un tiempo significativo dentro de nuestra Historia reciente), intervenidas mediante objetos de distinta índole, que le sirven para proponer lecturas plurales de historias anónimas, pero que al tiempo transmiten un aura de cercanía y familiaridad.

Esos materiales que se cosen -literalmente- a la piel de las fotografías cumplen una doble función: por un lado, les confieren (tri)dimensión, haciendo que se expandan hacia el espectador, y, a la vez, construyen una serie de capas estratigráficas de significado, como auténticos yacimientos de una arqueología de la memoria. Y aquí también el espectador es de nuevo interpelado por la misma preocupante preocupación: «La pintura la volverá loca». ¿Será verdad?