Exterior de la librería con sus originales azulejos dibujados por Rafael Alberti
Exterior de la librería con sus originales azulejos dibujados por Rafael Alberti - Maya Balanya
A LIBRO ABIERTO

Rafael Alberti, espacio de encuentro plural

Con la veterana librería madrileña, nacida en 1975, proseguimos la serie dedicada a estos lugares que son mucho más que meros establecimientos de venta de libros. Su responsable, Lola Larumbe, desgrana su historia, su presente y su futuro

MadridActualizado:

En 1975 España inició una nueva etapa. Tras salir de una larga dictadura se abría un periodo ilusionante, en el que los españoles conseguimos no estar a garrotazos, algo desgraciadamente muy frecuente en nuestra historia, sino remar todos juntos en esa Transición, a veces hoy denostada con alevosía, pero que ha supuesto el mayor tiempo de convivencia en paz. Algo que no debe jamás romperse. De ese momento, se recuerda quizás más que nada el cambio político. Surgieron parejos, sin embargo, otros fenómenos de capital importancia. Sobre todo en el mundo de la cultura, que se sintió renacer. Y en ese renacer desempeñaron sin duda un papel esencial las muchas librerías que se abrieron en Madrid y en el resto de España. Bastantes han caído con el paso del tiempo, y han ido cerrando, y no solo en los últimos años azotadas por la inclemente crisis. Pero otras resisten y están dispuestas a no claudicar. Entre ellas se encuentra una de las librerías más veteranas de Madrid, hoy casi ya una auténtica institución: la Rafael Alberti, cuya andadura empezó precisamente en ese año decisivo para nuestro país. ABC Cultural prosigue con la Rafael Alberti la serie dedicada a estas islas de los tesoros, que se inició con La Fugitiva.

Lola Larumbe comenta que nunca tuvo la tentación de cerrar, ni siquiera en los momentos más crudos de la crisis

La librería Rafael Alberti se ubica en el número 57 de la calle Tutor, con una fachada inconfundible adornada con artísticos azulejos pintados por el poeta, miembro de la Generación de 1927. La calle se llama así en referencia al personaje que da nombre a todo el barrio, señorial y estudiantil, con la Universidad Complutense muy cercana: el político liberal Agustín Argüelles (Ribadesella, 1776 – Madrid, 1844), activo participante en la redacción de la primera Constitución española, conocida popularmente como «La Pepa» y promulgada en Cádiz en 1812, y tutor de la reina Isabel II. Y de auténtica «tutora» del universo libresco ejerce, con mimo y dedicación, Lola Larumbe, responsable de la librería: «Considero que la relación con los clientes, muchos de ellos se convierten también en amigos, es uno de los aspectos más gratificantes. Me produce mucha satisfacción que se fíen de nosotros, de nuestras recomendaciones. Creo que la clave es hacerlas jugando con la psicología, viendo qué libro le puede cuadrar más a cada uno, pero sobre todo escuchando mucho, y siendo muy honestos. Se deben sugerir los libros en los que verdaderamente crees, y no porque estén de moda o sean la última novedad. Además, hay que tener muy en cuenta que los lectores son muy variados. No se puede recomendar a todos el mismo título, aunque me consta que hay sitios donde lo hacen. Hay libros felices que quizá gusten a casi todo el mundo, pienso, por ejemplo, en las novelas "El último encuentro", de Sándor Márai, o en "El primer hombre", de Albert Camus, pero esto no es lo habitual. Tampoco ha de olvidarse que en España el lector es exigente, no lee por pasar el rato. La lectura forma parte de su vida, quiere dialogar con el libro, con el autor, con el librero. Luego, muchas veces vuelve y te comenta si le ha cautivado o no. Y eso te da un montón de pistas. A mi juicio, la labor de hacer lectores, de fomentar la lectura, resulta imprescindible, y no solo por parte de los libreros, también de profesores, bibliotecarios, periodistas, críticos literarios… en una tarea conjunta. Y realizarla siempre sin ponerse por encima, pensando que tú dominas el asunto. A mí me interesa enormemente la opinión de los clientes, pues se aprende mucho de ellos».

El equipo de la Rafael Alberti: de izquierda a derecha, Iñaki Lucía, Laura Vila, Miguel Martín Gómez y Lola Larumbe
El equipo de la Rafael Alberti: de izquierda a derecha, Iñaki Lucía, Laura Vila, Miguel Martín Gómez y Lola Larumbe - Maya Balanya

Junto a Lola Larumbe también se emplea a conciencia como «tutor» todo su equipo, en el que seconjuga la experiencia y la juventud: «Pienso -señala- que una de las grandes bazas de la librería es el equipo con el que afortunadamente hoy cuento. Lo forman Miguel Martín Gómez, con más de veinte años de librero en su haber, junto a las recientes incorporaciones de los jóvenes Iñaki Lucía, mi hijo, y Laura Vila. Laura llegó con ganas en un momento de cierto desánimo, con la crisis en todo su apogeo y todo el mundo en un continuo lamento por la situación y las nada halagüeñas perspectivas. Se ocupa especialmente de las redes, fundamental en la actualidad, y de la sección infantil a la que ha dado un eficaz impulso con un sinfín de actividades que se desarrollan los sábados por la mañana para que venga toda la familia. Es vital acostumbrar a los niños a que transiten por una librería, a que se sientan cómodos en ella. Respecto a mi hijo, nunca planeé que trabajase aquí, pero después de licenciarse en Historia del Arte, de hacer un Máster en India, y de varios viajes, me dijo que le apetecía mucho, lo que me hizo gran ilusión pues, aunque nunca se sabe, puede ser una garantía de continuidad del espíritu de la Rafael Alberti».

Años complicados

Tampoco entraba en los planes de la propia Lola Larumbe ser librera, aunque desde que se internó por ese camino ha ido viviendo su trabajo con creciente intensidad: «Me convertí en librera un poco por casualidad. Siempre me han atraído los libros, pero cuando me lancé a la aventura, junto con Santiago Lucía y Jaime Lucía, estaba estudiando Biológicas. La librería Rafael Alberti nació en 1975, de la mano de Enrique Lagunero, hermano de Teodulfo Lagunero, persona muy ligada al PC. Tenían amistad con Rafael Alberti, que todavía estaba en el exilio en Roma, y de ahí el nombre, puesto también como homenaje al escritor gaditano. En los primeros años, la librería sufrió muchos ataques de la ultraderecha. Conocí a gente que trabajaba aquí en esos momentos y me han dicho que tenían miedo, pues no solo arremetían contra la librería, sino que cuando salían del trabajo había grupos esperándoles que les insultaban. Luego eso se fue aminorando, en la que puede considerarse su segunda etapa, donde me hice cargo del establecimiento en 1979. En la decisión también influyó Ángel Lucía, hermano de Jaime, que acababa de montar la editorial Debate. Le ayudamos, íbamos a vender libros al Rastro… Y surgió la posibilidad de la Alberti. Lagunero nos la traspasó. Y después, vino Rafael Alberti, lo trajo Benjamín Prado para que nos conociera, y con gran generosidad nos firmó al instante una autorización para seguir usando su nombre. Tengo que confesar que yo al principio era un tanto escéptica, pero al reabrirse empezó a volver gente y nos decían “estupendo que de nuevo abra la Alberti”, nos animaban. Y así hasta hoy».

Los «Encuentos en Alberti» son un foro privilegiado para conversar con los autores. Por ellos han pasado, entre otros, Sampedro, Margarit, Muñoz Molina, Montero...

Tan hasta hoy que Lola Larumbe comenta que nunca tuvo la tentación de echar el cierre a la Alberti, ni siquiera en los momentos más crudos de la crisis: «En nuestro caso, empezamos a sentir el mayor bajón en 2011 y los años más complicados fueron del 2012 al 2014. Por fortuna, la librería estaba saneada, no teníamos créditos ni deudas, y se podía aguantar, pero había una terrible sensación de falta de perspectivas, de desilusión. Coincidió también con la aparición del libro electrónico, con las grandes plataformas de venta del libro digital, aunque luego, la verdad, no nos ha afectado tanto como se presagiaba. En fin, daba la impresión de que este mundo se acababa. Recuerdo que a comienzos de 2013, venían incluso clientes, y amigos, que me decían: “Lo siento mucho por ti, pero me han regalado un dispositivo para libros electrónicos, que tiene dentro más de cinco mil libros”. También otros me advertían de que les habían bajado el sueldo y que debían ajustar mucho los gastos. Era como una amarga cadena, toda igual de preocupante. En 2013 y 2014 no sabía muy bien por dónde tirar. Pensé que quizá me vería obligada a poner un bar de copas, café, incluso un restaurante, en la librería. Lo cierto es que eso no me atraía, aunque lo haría, y muchas más cosas, si fuera imprescindible para salvar la Alberti. No obstante, a finales de 2014, decidí que lo mejor era continuar por la misma ruta. Pese a las dificultades, seguir con la librería tal como entendía que debía ser. Luego, desde 2015, ha habido una remontada, y no solo en nuestra librería, sino que otros colegas me lo han certificado, e incluso frente a la tónica del cierre, se han abierto algunas librerías. Las últimas Navidades fueron muy bien».

Vínculos emocionales

¿Y cómo es esa ruta?, ¿cuáles son las señas de identidad de la librería Rafael Alberti? «Lo más importante -apunta Lola Larumbe- es su condición de espacio libre, plural, donde siempre eres bien recibido, con la puerta siempre abierta, y no solo en un sentido simbólico sino también literal, a todos. Su vocación de lugar de encuentro y hasta de refugio. Un sitio donde descubrir los libros que te gustan, que puedes hojear y examinar tranquilamente, te puedes sentar con uno y nadie va a importunarte, o puedes solicitar consejo si quieres. Un lugar con el que puedas identificarte, establecer vínculos emocionales. Y también, claro está, que preste un servicio a los lectores más allá del día a día, con, por ejemplo, encargos de libros difíciles de encontrar, recibir boletín de novedades y de actividades, cuentas de librería, envío de libros a todo el mundo…».

Un cliente busca su libro preferido
Un cliente busca su libro preferido - Maya Balanya

Sin duda, también en ese servicio entra en juego su magnífico fondo editorial, con más de 20.000 volúmenes, y que le valió en 2004 la concesión del Premio Bibliodiversidad que conceden los editores independientes madrileños. La Rafael Alberti dispone de títulos en todos los géneros y los presenta con una singularidad: «Tenemos, por supuesto -apunta Larumbe- todas las novedades, que mandan mucho, quizá demasiado. Pero no descuidamos que los libros de fondo, sobre todo los que queremos destacar, tengan visibilidad en el escaparte y en las mesas de novedades. Y nos gusta vincular esas novedades con obras anteriores, por ejemplo del mismo autor, o del mismo asunto o similar. También en relación con otras manifestaciones culturales. Ahora hay una exposición en el Museo Thyssen-Bornemisza, «La ilusión del lejano Oeste», y hemos rescatado varios libros que tratan sobre los indios de Norteamérica y sobre el tema de la muestra». No le duelen prendas a Lola Larumbe, sin embargo, en revelar que tienen una asignatura pendiente: una sección potente de libros de teatro, pues únicamente tienen algunos clásicos. Se la demandan numerosos clientes y actores, como Luis Merlo, Maribel Verdú o Natalia Menéndez, que suelen visitar la Alberti. Pero a partir de 2016, precisamente Año Shakespeare, esto no será más así. Nos anuncia su «firme intención de subsanar ya esa carencia».

«Mi yerno se llama Ababdón»

Y en las prestaciones de esta librería, es necesario resaltar los «Encuentros en Alberti», desarrollados en su planta baja -donde también se celebran talleres y Club de Lectura-, que se han convertido en referentes de la vida cultural de Madrid, y que en 2005 se alzaron con el V Premio Librero Cultural, otorgado por el Ministerio de Cultura y la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL). Lola Larumbe explica su origen y génesis: «Al principio de montar la librería surgían tertulias espontáneas con amigos, con clientes, con autores y editores que venían a la librería... Vimos que podía organizarse de una manera más "oficial" y constante. En 2002 le propuse al subdirector del Colegio Mayor Chaminade, donde hacían muchas actividades, que estructuraramos algo juntos. Me daba cierto apuro porque creía que vendría poca gente o que sería difícil que los escritores aceptasen. Ahora es bastante habitual, pero no en ese momento no era así. Escribimos cartas de invitación a algunos autores. Los primeros fueron Bernardo Atxaga y Joan Margarit, y poco después José Luis Sampedro, José Antonio Muñoz Rojas, Ángel González... y hasta ahora mismo una larga lista. Los escritores, en general, accedían encantados. El criterio es ir más allá de presentaciones de libros. Se trata de escuchar, de conversar con quien puede aportar reflexiones interesantes, de hablar de libros, de poesía, de literatura... Y, aunque los encuentros suelen articularse en torno a libros recién publicados, no nos guía ni nos angustia la más inmediata y rabiosa actualidad. En los tiempos actuales, los escritores siguen respondiendo muy positivamente, aunque el editor suele estar más por medio, sobre todo en el caso de la promoción concreta de un libro, cuando los escritores tienen agendas muy cargadas».

Interior de la librería
Interior de la librería - Maya Balanya

Como no podía ser de otra forma, en su larga trayectoria al frente de la Alberti, Lola Larumbe atesora anécdotas y curiosidades: «No son pocas las personas que desean un libro del que no saben ni el título ni el autor. Y a veces ni siquiera cómo es, pues nos dicen que han oído hablar de él en la radio, pero tampoco se acuerdan en qué programa. Entonces indagamos y suele encenderse una lucecita. Porque como explica Oliver Sacks en sus maravillosas memorias, «En movimiento. Una vida», el cerebro se construye mucho por la experiencia y nuestro experiencia es buscar libros, nos pasamos todo el día entre libros. Yo hasta sueño con ellos. A veces, sobre todo en épocas de mucho trabajo, sueño con que pilas de libros se me caen encima, o se me pierden. Recuerdo una anécdota muy llamativa de una señora que vino a la librería enviada por un colega de la Marcial Pons. Buscaba «Ababdón el exterminador», de Ernesto Sabato. Me dijo que no lo encontraba por ningún sitio y se llevó una gran alegría. Tuve curiosidad, dado tanto empeño, en saber si era seguidora de Sabato me dijo: "No, no, que va. Es que mi yerno se llama Ababdón, y como es un nombre tan raro, se me ha ocurrido que este libro podría gustarle mucho". Y hasta ha venido más de uno a preguntarrnos si vendemos rosarios».

La Rafael Alberti se ha hecho acreedora de varios galardones, como el V Premio Librero Cultural

En «Mi maravillosa librería» (Periférica), Petra Hartlieb relata en primera persona su experiencia al embarcarse en montar una librería en Viena. Ella y su marido, alto directivo de una editorial, abandonaron todo en aras de un proyecto que para muchos era una locura, y eso que por otros lares que no son los nuestros, en general sobre las librerías no penden tantas amenazas: «En Francia da gusto ir a una librería y ver que hay mucha gente», apunta Lola Larumbe. Al final del libro, Petra Hartlieb se interroga por el futuro y señala que continuará adelante «en unos tiempos en que tiendas tan "anacrónicas" como las nuestras son sentenciadas a muerte una vez por semana. A seguir porque no nos queda más remedio. Porque no hay nada que sepamos hacer mejor. Porque no hay nada que nos guste hacer más». Lola Larumbe también se pregunta por el porvenir y se declara «esperanzada». Seguro que la conclusión de Petra Hartlieb podría extenderse a Lola Larumbe. Y a todos los libreros que sienten su oficio como una pasión, que no se dejan abatir por los obstáculos.