Leonora Carrington (a la izquierda) con sus hermanos y la niñera en la residencia familiar de Hazelwood Hall
Leonora Carrington (a la izquierda) con sus hermanos y la niñera en la residencia familiar de Hazelwood Hall
LIBROS

Leonora Carrington y el manicomio surrealista

En el mes de abril se cumplía el centenario de la pintora y escritora surrealista, amante de Max Ernst, Leonora Carrington. Ahora se publica una esclarecedora biografía y unas memorias de su fugaz internamiento en un hospital psiquiátrico

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«Se llamaba Prim y abandonó nuestra familia un día de otoño de 1937, cuando sólo tenía veinte años». Así arranca la biografía de Leonora Carrington (Lacanshire, Inglaterra, 1917-Ciudad de México, 2011) que firma la periodista de «The Guardian» Joanna Moorhead y en cuyo prólogo se presenta como familiar muy cercano. La madre de Leonora, Maurie, era tía abuela suya. Como relata, Leonora (Prim en el «petit comité» familiar) dio un portazo a su suntuosa vida de joven casadera -buen partido en los mejores barrios londinenses- y su nombre y memoria fueron borrados de la faz de la tierra. Ni en bodas, bautizos, funerales o cumpleaños se volvió a ver su pelo rizado y los desplantes toreros que encandilaron a Max Ernst: el amante maldito, devorador de mujeres como casi todos los y las que se afiliaron a la secta que profesaba una fe infinita en el antojo de los sueños (Man Ray, Breton, Dalí...). Carne de disección morbosa. Desde ese día, nadie que llevara el apellido paterno (Carrington) o materno (Moorhead) sabría de Leonora y sus asuntos -enterrada en vida-, pese a que estos tuvieron que ver con la Historia del Arte más surrealista.

Fuga a México

«Donde está Leonora está el Surrealismo», apunta la escritora mexicana y Premio Cervantes Elena Poniatowska, quien consagró una novela («Leonora»), al personaje que llegó en obligada fuga por la retaguardia a tierras aztecas para disputarle el cetro de la idolatría popular a la «doña», Frida Kahlo. Lo que no consiguiera Leonora Carrington.... Fue una dama de armas tomar, de las que gustan en aquella tierra brava. Allí le reconocieron el todo. En Europa, la nada, más allá de los círculos elitistas de las vanguardias. Y la familia mucho menos, como si no existiera.

«Té verde» (1942), obra de Leonora Carrington
«Té verde» (1942), obra de Leonora Carrington

Pero recapitulemos en la precoz, acelerada y longeva -murió a los 94 años- vida de Leonora Carrington. Después de ser presentada en sociedad con las mejores galas frente al mismísimo rey Jorge V, la muchacha, que ya prometía rebelbía sin fin desde la cuna, emprende su particular y dramática fuga cuando conoce y se enamora(n) del relumbrón surrealista de Max Ernst, cuarentón por aquel entonces. Ella es una fiera surrealista en ciernes -su primer cuadro se lo compra Peggy Guggenheim unos años más adelante- y él ya lo es cuando viaja a Londres para montar las exposiciones, donde, además de su obra, expondrán ambos su amor escandoloso. Huyen de Londres hacia Francia: París, Saint-Martin d’Ardèche... La familia Carrington está al acecho y los nazis también, que arrestran a Max Ernst por judío.

Dosis de Cardiozol

Leonora salta a España tocada en el alma y en la cabeza. Madrid es el primer destino, pero acaba en un sanatorio psiquiátrico de Santander, de cuyas vivencias saldrían las maravillosas y durísimas «Memorias de abajo», que ahora aparecen publicadas con un esclarecedor prólogo de la ya citada Elena Poniatowska. Entenderán que las califique de maravillosas, pese a que relatan cinco días del verano del 43, donde se la somete sin piedad a inyecciones de Cardiozol, porque son pura prosa surrealista que se desdibuja como sus cuadros.

Su padre está detras de todo, como de los planes de que se la empaquete «ipso facto» para Sudáfrica, vía Lisboa. Allí, muy cuerda y cabal, dueña de su destino, consigue huir al consulado de México, donde conoce y se casa con su cónsul, el poeta Renato Leduc, artífice de que cien mil refugiados republicanos españoles pudieran cruzar el charco.

Lo que sigue es «puritita» historia mexicana, de su arte y sus artistas. De su segundo matrimonio con el fotógrafo Emérico Weisz (Chiki), tambien judío; de la estrecha relación con sus hijos, Gaby y Pablo, y de su obra que nunca quiso que fuera manoseada por el mercado. Genio y figura el de doña Leonora Carrington.