Uno de los poemas de Novoneyra, transcrito en el alfabeto de Lamazares
Uno de los poemas de Novoneyra, transcrito en el alfabeto de Lamazares
ARTE

Lamazares-Novoneyra, punto y verso sobre plano

El pintor gallego vuelve a plasmar poesía en los lienzos en su proyecto «Flor Novoneyra», que traslada físicamente a los cuadros la obra de uno de los principales poetas gallegos del siglo XX

LugoActualizado:

Hay una larga tradición que pone en cercanía letras e imágenes. Vasari la hace arrancar con un pequeño temple de Cimabue en Pisa, donde hizo recoger a unos ángeles llorosos las palabras escritas en torno a la cabeza de Cristo crucificado para acercarlas a su madre. En este brusco movimiento hacia el orden de la representación –como diría Ángel González–, el texto se hacía visible y legible, de tal modo que el espectador podía ver el diálogo entre ambos personajes. Para la encarnación de la palabra, la modernidad identificó a menudo lo escrito con lo pintado. Aquella «cosa ingeniosa y nueva» que llamara poderosamente la atención en el XVI se convirtió en la prueba más clara de un arte de ideas, tan concentrado, que cristalizaban delante de nuestros ojos.

Antón Lamazares (Lalín, Pontevedra, 1954), inscribe mucha de su obra en ese húmedo lazo, y quizá sus pinturas más celebradas sean el intento, como él dice, de acercarse a tientas a las grandes maravillas, los grandes milagros de la existencia, por medio del poema. «La mejor manera de hacer poesía es pintando. La poesía es lo más grande que hay en la expresión, pero me parece que tengo más fuerza pintando que con la palabra».

A golpe de punzón

De ahí que en su día desarrollara un alfabeto propio, encriptado, con el que copia textos sobre sus cartones barnizados o pintados. La transcripción se lleva a cabo a golpe de punzón, mediante perforaciones que dibujan una caligrafía punto a punto, enérgicas y por momentos compulsivas. Lamazares salpica así frases y versos en las superficies oleosas y brillantes de su pintura, caracterizada por gruesas capas de color monocromo. Las voces flotan enigmáticamente en medio de esos tonos terciarios, complejos, fruto de la continua mezcla, que remiten a sus admirados Rembrandt o Rothko, pero, inesperadamente, también a una parte de la pintura de campo de color y del Hard Edge norteamericanos, Olitski sobre todo.

Y es que, en efecto, en esta misma tradición, frente al gesto de Fontana, que abre el vacío del plano e insiste en la entidad material integrada del lienzo, incluso el golpear punzante de Lamazares, como si de un morse se tratara, nos recuerda el plano de la pintura, poniéndolo en evidencia. Y lo hace con un dominio de los medios, una sobriedad y una perfección que no queda sino reconocer en esta serie lo que el propio pintor dice de ella, pudiendo considerarla su testamento pictórico. Hasta la fecha.