Carlos Kleiber tuvo una gran rivalidad profesional con su padre
Carlos Kleiber tuvo una gran rivalidad profesional con su padre
MÚSICA

Kleiber, entre Edipo y Beethoven

La reedición de sus grabaciones para Decca ratifica el magisterio de Erich Kleiber, una de las grandes batutas de su época y padre de otro excelso director, Carlos Kleiber

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En los años setenta, cuando alguien hablaba de Carlos Kleiber, se refería a él como el hijo de Erich Kleiber. Hoy en día, convertido en figura de culto, Carlos ha superado con creces la fama del padre y Erich ha pasado a ser, para muchos, el gran desconocido. Erich Kleiber era ya uno de los directores más grandes de su generación en 1937, cuando decidió abandonar Alemania como protesta contra la política cultural de los nazis. La prohibición de obras como el « Wozzeck» de Berg (de la que había dirigido el estreno) fue uno de los motivos que le hicieron marcharse a Argentina, donde aceptó el cargo de director musical del Teatro Colón. Al final de la Segunda Guerra Mundial, Erich recuperó su lugar en Europa, pero su temprano fallecimiento, en 1956, le impidió alcanzar las cotas de popularidad que hubiese merecido.

Su legado discográfico permanece todavía en un limbo injustificado. La reciente reedición de sus grabaciones para Decca es una buena oportunidad para apreciarlo en toda su magnitud. Sobresalen, junto a las legendarias versiones de «Las bodas de Fígaro» y «El caballero de la rosa», un Beethoven de fábula («Sinfonías nº 3, 5, 6, 7 y 9») y un Mozart electrizante («Sinfonías nº 39 y 40»). Entre los mayores atractivos de la caja está la que, para algunos (entre los que me incluyo), es la mejor versión grabada de la «Quinta» de Beethoven. Tiene cierto morbo comparar este registro con otra histórica versión de la «Quinta», la grabada dos décadas después por su hijo Carlos.

Un apellido que pesa

Es notorio que Erich no quería que Carlos fuese director de orquesta y deseaba que realizase estudios de química. No puso trabas a la vocación del hijo, pero tampoco le brindó ayudas a la hora de construirse una carrera. Carlos movió sus primeros pasos en los teatros de provincia alemanes como habría hecho cualquier oscuro director de su edad.

A Carlos el apellido Kleiber le pesó siempre como una losa (cuando debutó en 1955, lo hizo con el seudónimo de Karl Keller) y hacia el padre tuvo una relación de amor y odio. El miedo de no estar a la altura de su progenitor fomentó en él un maniático perfeccionismo y también le impulsó a dirigir precisamente aquellas obras en las que el padre había triunfado, estableciendo una suerte de competición a distancia.

Como director, Erich Kleiber representa la antítesis de Furtwängler: antepone la forma al concepto, la línea al volumen, el impulso rítmico a la fluctuación motora. Su versión de la «Quinta» es, en este sentido, ejemplar. El primer movimiento se aproxima a las frenéticas indicaciones de metrónomo de Beethoven. Tiene un enorme mérito técnico y musical sostener esas velocidades con una orquesta moderna, evitando al mismo tiempo que las texturas se agolpen y que el fraseo se desparrame. Erich lo consigue en una lectura de tremendo vigor, purgada de concesiones románticas y animada por un temple más fisiológico que espiritual.

Reconciliación

Veintidós años después, Carlos escoge la misma velocidad y resuelve de modo parecido algunos detalles de la partitura (prolongación de los calderones del comienzo; «ritardando» del oboe antes de la reexposición) como si su objetivo fuese rehacer la versión del padre y demostrar a todos el mismo grado de habilidad. Luego, los caminos interpretativos de padre e hijo se separan progresivamente. El tercer movimiento es para Carlos un extraordinario trabajo sobre las sonoridades orquestales (con unos «pianissimi» que quitan el aliento), mientras que para Erich es la expresión de un inefable misterio. En el último movimiento, las diferencias son más marcadas aún. Erich, casi un minuto más rápido que el hijo, es descarnado, como si trabajara con bloques de piedra, mientras que Carlos alisa las superficies y las redondea.

Tal vez haya que remontarse a la familia Bach (Johann Sebastian y Wilhelm Friedemann) para encontrar en la Historia de la Música una relación edípica de parecidas proporciones. Erich y Carlos Kleiber fueron dos genios de la dirección orquestal y la «Quinta» de Beethoven fue el singular escenario escogido por el segundo para dirimir el enfrentamiento titánico con el padre. La «Quinta» de Erich termina imponiendo con insolencia su impulso vital; la «Quinta» de Carlos acaba reconciliada con el mundo. O quizá sea el propio Carlos quien se reconcilia aquí, por fin, con sus fantasmas.