Kiko Veneno durante esta entrevista celebrada en Madrid
Kiko Veneno durante esta entrevista celebrada en Madrid - DE SAN BERNARDO
MÚSICA

Kiko Veneno: «Paco de Lucía y Camarón fueron revolucionarios»

Acaba de publicar su nuevo álbum, «Sombrero Roto». En esta entrevista recuerda sus raíces, sus dudas cuando hacía trabajos «alimenticios», el apoyo de Santiago Auserón... y revela su fuente de inspiración: las voces de la calle

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Dice Kiko Veneno que su infancia «es la luz de Cádiz, la playa, un patio de vecinos. Recuerdo dos patios unidos por corredores, cada uno con su casita, el mío era el del fondo, el más grande -entonces era una vida muy vecinal-, donde jugábamos los chiquillos. Allí aparcaba la vecina moderna, que tenía una Vespa. Vivía un ciego, mi padre que es militar, escuchábamos Radio Cádiz, me acuerdo mucho de estar escuchando los partidos de fútbol del Real Madrid, que era de lo poco que sacaba a España del aislamiento internacional y era como un orgullo patrio. Recuerdo ir andando a todos lados, mucha felicidad, mucha libertad. No me acompañaban al colegio de chico, cuando entré en los salesianos iba y venía solo con seis años. Si hacía bueno era muy normal cruzar la avenida principal de Cádiz e ir a la playa a jugar al fútbol si estaba la marea baja. Para mí era un sitio muy idílico». El músico conocido como Kiko Veneno (José María López Sanfeliu, Figueras, Gerona, 1952) se trasladó de niño con su familia a esa tierra andaluza -primero Cádiz, luego Sevilla- que le ha marcado como artista. Esta semana ha publicado su nuevo álbum, Sombrero Roto, que se presenta en un atractivo formato libro-disco.

¿Y la música?

Los primeros recuerdos son de mi madre escuchando la radio. Yo me empapé de todo, de Sara Montiel, de Caracol, de Nat King Cole, de Joselito, de Antonio Molina. Era una música la de la radio muy sentida, desde la pobreza, en un país devastado moralmente por una guerra tan brutal, y la canción española sirvió para curar, esas canciones sentimentales fueron un bálsamo.

¿Qué recuerdo tiene de Paco de Lucía?

El mejor. Un compositor extraordinario. Me llama la atención de él su genio musical y su impronta «popera». De jóvenes, con Camarón en los años sesenta, con esos pantalones de campana eran los modernos de la época, amigos de Serrat, que era otro «flequillero», otro beatle español. Eran muy pop. Salvando las distancias, igual que ha pasado ahora con Rosalía, eran una cosa rompedora. Luego llegaron Triana, que era rock sinfónico, y Lole y Manuel, que era Lorca revivido: revivir desde donde queda cortada la cultura española por la guerra. Eso fue para mí y para todo el público Lole y Manuel. Paco y Camarón, al principio, eran dos chavales revolucionarios.

En el 2012 le otorgan el Premio Nacional de las Músicas Actuales. ¿Cómo recibe el premio?

Bien, con agradecimiento. Intentando que no fuera un colofón a una vida que ya está en declive. Y continué, porque de escribir canciones uno nunca se jubila, es un oficio y una forma de vida y si sientes que tienes algo que decir sigues palante, y pienso que seguiré así hasta la muerte.

Pero hay una evolución desde que aparece «Veneno», luego considerado como un disco pionero. ¿Cómo lo vivió?

La foto y el diseño del disco son de Santiago Monforte, un gran artista un poco maldito. Yo lo viví como un fracaso total, porque hicimos una obra de arte, con mucha fe, con mucho convencimiento, con mucha alegría, y vimos que el disco no llegaba a ningún lado y no lográbamos consolidar el grupo.

Con «Soy mecánico por ti» hay ya algo más de difusión.

Sí, pero los álbumes que he hecho entre Veneno y el Cantecito son todos discos un poco a ciegas, o sea para mantenerme. El punto de arranque fue Veneno con esa energía, con ese cruce de influencias, con esa cosa andaluza, salvaje, punk, roquera, surrealista y poética, una mezcla de cosas tradicionales y modernas. Pero, entonces, ¿por qué hice luego esos discos, a sabiendas de que no me llenaban del todo? Pues pensaba que tenía que seguir. Trabajaba en lo que fuera, para buscarme la vida, por mi familia, tenía a mi hijo Adán desde que sacamos Veneno en 1977, pero no me quería rendir. No pude vivir de la música hasta el Cantecito.

Que es cuando Santiago Auserón juega un papel crucial.

Santiago Auserón es «el hombre en la sombra». En el año 90 nos ponemos en contacto, le llamo. Éramos amigos desde su primer disco de 1978. Radio Futura desarrolla una carrera fulgurante, maravillosa, y es para mí el mejor grupo que había en España. Y entonces le digo a Santiago: «Voy a hacer mi último disco. Y si no me sale, lo abandono. Porque estoy muy quemado, con tantos años y no poder vivir de la música». Y me dice: «No, no, no, de ninguna manera te vas tú a retirar. Si me permites, me gustaría ayudarte porque puedes hacer un disco muy bueno. Déjame ayudarte a hacer el disco que te reconcilie con la música». Santiago me ofrecía el soporte de Animal Tour, de esa producción. Entonces digo: «Bien, vamos a empezar a trabajar. Voy a mandarte canciones, tengo escritas algunas». Le mandaba maquetas y él no me hacía ninguna corrección, me hacía comentarios filosóficos de los suyos. Me decía: «Esto es divino, me encanta». Pero en ningún momento me decía por aquí sí, por aquí no. Entonces, muy sutilmente, lo que iba era dándome confianza. Así cuando ya teníamos las canciones hechas ya sabíamos que eran buenas. Esas canciones del Cantecito las defendí en directo antes de que salieran, en el año 1991, comprobando que a la gente les llenaban.

Hablando del nuevo disco, «Sombrero Roto», hay en Kiko Veneno (también en la carrera de Santiago Auserón) un alto grado de audacia, de abrirse a sonidos nuevos sin traicionarse a uno mismo.

Todas las personas auténticas que me han gustado en la vida lo han hecho así. Mis maestros han sido Bob Dylan, los Beatles, Jimi Hendrix, gente que iba evolucionando y haciendo cosas nuevas. Andar haciendo camino es nuestra profesión. Yo veo la vida de esa forma. Prefiero vivir de la innovación y del riesgo. Aunque no quiero tampoco defraudar ese ambiente que he podido capturar, en canciones como «Volando voy» o «Te echo de menos».

Cambian los formatos, cambian los sonidos, pero parece que Kiko Veneno tiene un oído muy fino a la calle, a las historias personales anónimas.

No es un talento especial, te lo defino como «andar por la calle sin los cascos puestos». Si vas con los cascos solo vas escuchando lo que dice la gente que te interesa a ti o que piensa como tú o que tiene relación contigo. Yo ahí soy discípulo de Rafael Azcona, que se iba en metro o autobús para coger frases para los guiones de sus películas. El habla es un artefacto social y comunitario creado por la gente, por nuestra necesidad de comunicarnos. Entonces el inconsciente colectivo que elabora Jung, como esa cosa que todos estamos pensando, es el campo de acción de los cancioneros y de los poetas. Nosotros tenemos que atrapar eso y que la gente lo pueda sentir. Aparte de que me interese, es que es lo que hay, es la realidad.