Comienzo del «Largo telegrama» con el que Keenan sentó alguna de las bases de la «guerra fría» en 1946
Comienzo del «Largo telegrama» con el que Keenan sentó alguna de las bases de la «guerra fría» en 1946
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Keenan: cuando la política era inteligencia

Los diarios de George Kennan nos acercan a un diplomático cuyos análisis resultaron proféticos

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El 30 de agosto de 1976, George Kennan, exembajador estadounidense en Moscú, viajó a Washington para comer con Henry Kissinger. En sus diarios, anotó que este le había confesado su fracaso «en el intento de introducir alguna profundidad de concepto y de sutileza en la diplomacia americana». Escéptico, pesimista y conservador, Kennan seguramente sonrió aquel día. «Kissinger –prosigue– es un hombre sabio, cultivado y de conversación agradable». Y apostilla: «Estamos básicamente de acuerdo, sobre todo en lo que concierne a la mentalidad militar y a su influencia sobre la política».

Kennan y Kissinger representan épocas muy distintas, aunque ambos compartieron una común preocupación por la decadencia del mundo occidental y de sus valores. Ambos fueron realistas, más que ideólogos; intelectuales en el sentido amplio de la palabra, más que diplomáticos al uso. Los dos llegaron a escribir largos ensayos sobre el origen de los conflictos internacionales.

Ocho mil palabras

Nacido en Wisconsin en 1904, Kennan saltó a la fama cuando en 1946, enfermo, solo y aislado en la Embajada en Moscú, dictó el « Telegrama Largo», un documento de ocho mil palabras que encierra las claves de la posterior respuesta americana al desafío soviético. Este telegrama, junto con el famoso « Artículo X» que escribió en 1947 para la revista « Foreign Affairs» y que tuvo que publicar de forma anónima, pusieron las bases de lo que se conoce como la «Doctrina de la Contención», que terminaría inspirando las líneas maestras de la «guerra fría».

Para Kennan, si pactar con Stalin resultaba inviable, e innecesario iniciar una nueva guerra, la solución pasaba por contener a la URSS en los límites del Telón de Acero –mientras se reforzaba a Europa–, hasta que, víctima de su debilidad interna, el régimen comunista acabase colapsando. Al explotar estas contradicciones, «la Rusia soviética muy bien podría pasar, de la noche a la mañana, de ser una de las sociedades nacionales más fuertes del mundo a ser una de las más débiles y lastimosas». En esto, como en muchos otros aspectos, su visión resultó profética.

La publicación en Estados Unidos de una amplia selección de los dietarios de Kennan, editados por el historiador Frank Costigliola, nos permite adentrarnos en la intimidad de una de las mentes más brillantes de la política exterior del siglo XX. Su lectura nos muestra a un hombre perspicaz y culto que interpreta cada país como si fuera un tapiz literario e histórico más que como una realidad estrictamente política. Descreía de los cambios abruptos, de las revoluciones, de la tecnología, del nacionalismo y de la retórica que se alimenta del uso abusivo de los sentimientos. Creía, antes de que el profesor Nye popularizara el concepto de « soft power», en el papel ejemplar de la política honorable.

Mirada poética

Conservador hasta la médula, denostaba la deriva ideológica de su país hacia lo que él consideraba un peligroso populismo de derechas. Así, su malestar hacia el macarthismo quedó sellado en un memorable discurso pronunciado en 1953 en la Universidad de Notre Dame. Heterodoxo al mismo tiempo, para los compañeros de profesión de Kennan, «su forma de interpretar la realidad recordaba a la de un poeta». Él nunca lo negó.

Los diarios de Kennan reflejan en gran medida esta mirada poética: los viajes en bicicleta por el Midwest, las travesías por el Báltico, los viajes en tren que le conducen a Siberia, sus meditaciones sobre la naturaleza, la debilidad humana y la redención… Pero a la vez revelan a un hombre anticuado para su época, reacio a los valores de la modernidad, que se refiere a los pueblos no occidentales con cierto desdén de superioridad.

«Siempre he pensado –escribió en 1934, al poco de llegar a Rusia– que la literatura constituye un tipo de Historia: el retrato de una clase determinada en un tiempo determinado […]. Si Chéjov supo describir a la gente de los pequeños pueblos rusos con un atractivo universal, que incluso un ciudadano americano de nuestros días sabe apreciar como auténtico y verídico, ¿por qué no intentar describir a los cuerpos diplomáticos en Moscú del mismo modo?».