Retrato de un joven Kafka con Felice
Retrato de un joven Kafka con Felice
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Kafka, cartas de amor de un ser torturado

Entre 1912 y 1917 escribe más de quinientas misivas a la mujer con la quería casarse, Felice. Un fiel retrato de sus obsesiones

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El 16 de junio de 1913, cuando llevaba unos nueve meses carteándose con ella, Franz Kafka, quizá por el temor, manifestado en las cartas inmediatamente anteriores, de que Felice esté harta de él y haya decidido abandonarle, le pide matrimonio por primera vez. Esta es una carta muy larga. Kafka tardó una semana entera en escribirla, y tiene la forma de una confesión agonizante. Todo Kafka está en estas páginas, queremos decir el Kafka interior, el Kafka secreto, ese que podemos intuir en sus escritos pero que aquí se manifiesta con una intensidad que hace daño. Es un hombre que se arranca la piel ante nosotros para mostrarnos lo que hay debajo: nada en absoluto, sólo vacío. Otros se han atrevido a mostrar sus heridas y sus abismos, pocos antes se habían atrevido a mostrar ese vacío que anida en nosotros y que nos aleja de cualquier redención.

Kafka comienza diciendo que lo único que se interpone entre Felice y él es el médico. Esta es una de sus obsesiones: que está enfermo. No enfermo en el sentido convencional, pero enfermo sin duda. Y luego viene la frase, retorcida y torturada como una mata de espinos: «¿Querrás -teniendo en cuenta las ineluctables premisas arriba mencionadas- reflexionar y llegar a una conclusión respecto a si quieres ser mi mujer?». No es, desde luego, una petición de mano muy romántica. No transmite felicidad ni esperanza, y parece que surge forzada quién sabe por qué miedo todavía más grande que el miedo que parece expresar. «La verdad es que no soy nada, lo que se dice nada», afirma a continuación. Luego declara que no tiene memoria, que se le olvida todo, que es un ignorante redomado y que es incapaz de contestar cualquier pregunta, que tiene la impresión de que no ha vivido nada ni ha aprendido nada.

Incomunicado

Afirma que es incapaz de pensar, que le resulta imposible desarrollar cualquier idea de forma coherente. Que es incapaz de narrar, una sensación común a muchos narradores. «Lo único que tengo», dice, «son no sé qué fuerzas que, en condiciones normales, son capaces de concentrarse a insospechada profundidad para hacer literatura». Pero esto solo es el principio: afirma además que no soporta la convivencia con otros seres humanos, que es incapaz de mantener una conversación incluso con su mejor amigo, Max Brod, y que con los desconocidos a menudo se siente incapaz de pronunciar ni una sola palabra. «Después de lo dicho se podría creer que he nacido para estar solo», afirma en esta extrañísima petición de mano. «La verdad es que no me entiendo conmigo mismo salvo cuando escribo». En 1914, Felice aceptará casarse con Kafka, pero al final él romperá el compromiso. En 1917 volverán a comprometerse. Unos meses más tarde el compromiso se romperá de manera definitiva.

Fundidos los dos

Las «Cartas a Felice» se leen como una novela de amor, una de esas novelas epistolares del romanticismo temprano, llenas de explosiones de sensibilidad , con párrafos demasiado largos y quizá demasiadas quejas, al estilo de «La nueva Eloísa» de Rousseau. Es la historia de un hombre que ama a una mujer pero no puede acercarse a ella. Le dice a Felice que le gustaría que ella viviera en su interior, o bien que le gustaría vivir él en el interior de ella, fundidos los dos en un solo ser. «Pero entonces, Felice», continúa, «¿por qué no te traigo inmediatamente a mi lado, al menos tan cerca como fuera posible en el espacio? ¿Por qué, en lugar de hacerlo, me acurruco en el suelo del bosque como los animales que te atemorizan? Alguna razón habrá, ¿no?» Ni él lo entiende. No entiende su vida, del mismo modo que no entiende sus relatos. Este no entender es una de las claves. Percibimos una extraña forma de felicidad en su afirmación de que no puede encontrarle a «La condena» el menor sentido.

Kafka vive en un mundo donde hasta las cosas más sencillas resultan imposibles. Todo, hasta comer, es un problema. Por eso descubrir la dieta vegetariana es un acontecimiento raro en su vida: el de encontrar, por una vez, una solución satisfactoria. Vive con sus padres, que no le comprenden y que creen que escribe por pasatiempo. «Todos los padres son unos perseguidores», dice. Lo único que desea es escribir, pero aunque acaba su trabajo de oficinista, que aborrece, a las dos de la tarde, no puede ponerse a escribir hasta la noche. Le escribe a Felice: «A veces tengo la sensación de que todo, todo está desierto, y que tú te alzas, solitaria, sobre las ruinas de Berlín.» Siente que vive en una civilización en ruinas. Por eso le sentimos tan próximo en nuestra época.