El escritor germano Ernst Jünger
El escritor germano Ernst Jünger
LOS LIBROS DE MI VIDA

Jünger, un caballero alemán por los caminos de Francia

Las «Radiaciones» de Jünger son la crónica de una crisis personal y el lúcido testimonio de la debacle que asoló Europa en la II Guerra Mundial

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Ni siquiera los 20 años transcurridos desde su muerte, han servido para valorar en su justa medida el legado intelectual y literario de Ernst Jünger, sobre el que sigue pesando una imaginaria afinidad con el nazismo que nunca existió. Por el contrario, el escritor nacido en Heidelberg, hijo de un químico, se enfrentó a Goebbels y Göring nada más llegar Hitler al poder. Rechazó ser diputado nacionalsocialista, se negó a entrar en la Academia, prohibió la utilización de sus textos y, a punto de estallar la guerra en 1939, publicó «Sobre los acantilados de mármol», una feroz crítica al Tercer Reich. Pocos escritores han sido tan prolíficos como Jünger, pero ninguna de sus obras tiene la dimensión de «Radiaciones», sus diarios escritos entre abril de 1939 y diciembre de 1948, cuando el escritor se había retirado a la aldea de Kirchhorst tras la muerte de su hijo en un batallón de castigo en Italia.

El propio Jünger escribe en las primeras páginas de sus diarios lo que él entiende por radiaciones: la impresión que dejan en el individuo el mundo y sus objetos como «el fino entramado de la luz y las sombras». Todavía precisará más su propósito: «todos los saberes vienen del instante y no del tiempo». Jünger rechaza el liberalismo, la Revolución Francesa y el progreso tecnológico. Creía que el hombre tenía que reinventarse a sí mismo a través de una voluntad de poder no tanto en el sentido de Nietzsche sino como una lucha para llevar a cabo su propio destino trágico. Ese destino sólo se culmina en la muerte, punto y final que arroja sentido a toda la existencia.

Derrota y amargura

«Radiaciones» está publicado en castellano en dos tomos por la editorial Tusquets con una impecable traducción de Andrés Sánchez Pascual. Cada volumen tiene tres cuadernos o capítulos, cuyas entradas están fechadas en el lugar donde fueron escritas. En las 1.000 páginas de la obra, Jünger narra su alistamiento como capitán en la reserva, el comienzo de la guerra, la invasión de Francia, su estancia en el París ocupado y, finalmente, la derrota y la amargura por la muerte del hijo, que le provocó una profunda depresión.

Desde el comienzo de los diarios, Jünger deja claro que la contienda sólo puede provocar la destrucción de Europa y la pérdida inútil de vidas humanas. Hay varias alusiones en clave a Hitler, al que llama Kniebolo, que presenta como un diablo «mezquino, enclenque y meláncolico». A lomos de su jamelgo Justus, el escritor avanza en la retaguardia de los blindados alemanes que llegan a París en junio de 1940. Como un quijotesco caballero, salva la biblioteca de Laón, protege el castillo de los Rochefoucauld y ayuda a los prisioneros franceses.

Una actitud que contrasta con su visión sobre la guerra en «Tempestades de acero», publicado en 1920 con extraordinario éxito, en el que escribe: «Sentíamos el anhelo de un peligro grande en una atmósfera embriagadora de rosas y sangre». Jünger se había alistado con 17 años en el ejército alemán en una época que compartía el fervor belicista de buena parte de su generación.

Amistad con Picasso

Dos décadas después, repudia esos sentimientos y escribe un opúsculo clandestino en el que pregona una Europa política unida mientras es testigo por las carreteras francesas de la barbarie que enfrenta a pueblos hermanos. Ya en París, hará amistad con Picasso, Céline, Cocteau, Montherlant y otros intelectuales franceses. Jünger trabaja desde su cómodo despacho del hotel Majestic con la protección del coronel Speidel, que desafía al alto mando que le recomienda enviar al escritor a un batallón de combate en Rusia.

Merece la pena leer estos diarios, aunque sólo sea por las páginas en las que cuenta su vida en un París ocupado en el que confiesa haber sentido vergüenza y asco al cruzarse por la calle con un judío que llevaba una estrella amarilla en la solapa. Pero «Radiaciones» es mucho más que el testimonio de una época. Es sobre todo una interrogación sobre lo que él llama «lo nimio y lo casual» tras lo que se ocultan las grandes y misteriosas conexiones de la vida.

No en vano Jünger era un reputado entomólogo que se pasaba los días observando a los insectos. Poseía una de las mayores colecciones de escarabajos del mundo. Difícilmente se podrá encontrar un libro tan bien escrito y de tanto calado como «Radiaciones», una obra que no desdice de los «Ensayos» de Montaigne o «Las confesiones» de Rousseau. Jünger murió a los 103 años, tal vez demasiados para un hombre que perdió todo lo que amaba y vio como el tiempo hacía añicos todos sus sueños.