Juan José Campanella tiene la doble nacionalidad argentina y española
Juan José Campanella tiene la doble nacionalidad argentina y española - Ignacio Gil
TEATRO

Juan José Campanella: «Resulta muy pretencioso aspirar a influir»

El director de la oscarizada «El secreto de sus ojos» toma la batuta por primera vez en las tablas con «Parque Lezama», que llega a España precedida de un gran éxito en la escena argentina

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Acaba de estrenarse en nuestros cines «El cuento de las comadrejas» y desde el 28 de agosto sube a las tablas del madrileño Teatro Fígaro la pieza «Parque Lezama». De la dirección de ambas es responsable Juan José Campanella (Buenos Aires, 1959). El cineasta argentino es muy conocido en nuestro país gracias a filmes como «El hijo de la novia», «Luna de Avellaneda», «Futbolín» (de animación en 3D) y «El secreto de sus ojos», que en 2010 obtuvo el Oscar a la Mejor Película Extranjera. Precisamente este reconocimiento resultó decisivo para que Campanella pudiera ver hecho realidad un sueño largamente acariciado: adaptar y dirigir «Yo no soy Rapapport», del neoyorquino Herb Gardner.

¿Por qué esta obra para su debut como director teatral?

La vi en Nueva York con poco más de veinte años cuando estudiaba cine allí. Me impactó y me enamoré de ella. Desde ese momento quise conseguir los derechos, pero no era fácil. Su autor, que asimismo la llevó a la gran pantalla -también, claro, no me perdí el filme-, era muy reacio a adaptaciones y cambios, por ejemplo no permitía de ninguna manera que uno de los dos protagonistas no fuera negro, algo que a mí no me parecía relevante, porque no es una cuestión racial la que se ventila, y no pudo ser. Yo tenía muy claro las modificaciones que quería hacer, sin que perdiera su esencia, para trasladarla desde el Central Park hasta el Parque Lezama de Buenos Aires. Pasaron décadas y ya con el Oscar por El secreto de sus ojos, lo que sin duda influyó, volví a la carga y entré en contacto con la viuda de Gardner, de la que ahora soy amigo y visito cada vez que voy a Nueva York. Cuida mucho el legado de su marido, pero le envié todas mis películas y le conté mi versión. Afortunadamente aceptó.

¿Qué le fascinó tanto de la pieza?

Trataba asuntos que a mí me interesan mucho, y que creo son universales. La obra se centra en el encuentro en un parque entre dos ancianos con una trayectoria y una personalidad muy diferentes. Uno ha sido durante toda su vida un gran luchador de cuestiones sociales. Perdió muchas batallas, pero no se rinde. El otro es un defensor del «no te metas», un acomodaticio que quiere ser invisible. De alguna manera, nos recuerdan a Don Quijote y Sancho. Se plantea un conflicto antiquísimo, eterno: conformismo versus compromiso y rebelión. Y no solo en un sentido político y social, también en cuanto a las decisiones que vamos tomando a lo largo de nuestra existencia. Pero, sobre todo, me encantó la manera en que se abordaba el conflicto a través del humor. Es una obra que emociona y nos hace reír. El tono, acercarse a asuntos complejos y serios con humor, me ha marcado en toda mi producción como cineasta.

Luis Brandoni y Eduardo Blanco, protagonistas de «Parque Lezama», en una escena de la obra
Luis Brandoni y Eduardo Blanco, protagonistas de «Parque Lezama», en una escena de la obra

¿El humor es, pues, para usted una herramienta esencial?

-Imprescindible. La mejor. Cuanto más descarnado o angustiante sea el asunto o la situación más se necesita. El humor nos permite enfrentarnos mejor a los conflictos y los dramas. Es totalmente indispensable en la ficción y en la vida.

«El humor es imprescindible en la ficción y en la vida para enfrentarnos mejor a los conflictos»

¿Qué cambios principales ha introducido en el texto de Gardner?

Acentuar que esa disputa entre el conformismo y la rebeldía está dentro de cada ser humano, aunque se desdoble en dos personajes. De alguna forma todos somos Don Quijote y Sancho a la vez, idealistas y pragmáticos. Por otro lado, he enfatizado el personaje del conformista, que encarna Eduardo Blanco. En el original, me parecía que estaba un tanto al servicio del otro. Ahora en mi propuesta es más un toma y daca.

¿Cuándo decidió ser cineasta? Usted iba para ingeniero...

Había rodado algún corto, pero fue decisivo ver la película «Cantando bajo la lluvia». Después de verla era otro. La visioné más de veinte veces cuando la repusieron. Me compré un librito, «Así se hace cine», que todavía conservo. Luego, hay otros dos filmes que me impactaron y terminaron de decidir: «Qué bello es vivir», de Frank Capra, que he visto más de cien veces y me parece una de las mejores películas de la historia del cine, si no la mejor, y «All That Jazz», de Bob Fosse. Definitivamente me dije: el cine es lo mío.

«He visto "Qué bello es vivir", de Frank Capra, más de cien veces. Me parece una de las mejores películas de la historia del cine»

¿Tiene algún director de referencia?

Serían varios. Especialmente, Lubitsch, que es el más grande en la comedia, no me canso de ver sus películas y analizarlas. Ettore Scola, Fellini… Sobre todo a Fellini le «he robado» algunas cosas, hasta que empezó con un vuelo visual muy potente, que escapa a mis habilidades. En eso solo puedo contemplarlo absolutamente maravillado.

¿Alguno preferido del cine español?

Lamentablemente no hay toda la comunicación que debería entre España y Argentina, hay problemas de distribución, que también afectan a los países latinoamericanos entre sí. Cuando entregué el Goya a Roma, la Mejor Película Iberoamericana de este año, me dieron una lista de filmes españoles que desconozco. Le puedo citar a Berlanga, por su magistral uso del humor en asuntos dramáticos. No hay más que recordar, por ejemplo, «El verdugo».

¿Entre sus filmes, destacaría alguno?

Todos me han dado satisfacciones. Quizá «Luna de Avellaneda» por la repercusión extracinematográfica que tuvo en mi país. Influyó en el debate social.

¿Es una de las misiones del cine y el teatro influir?

No, pero a veces lo hacen, y eso no es malo. Resulta muy pretencioso aspirar a influir. Quizá haya que conformarse con entretener.