El poeta mexicano Jose Carlos Becerra
El poeta mexicano Jose Carlos Becerra
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José Carlos Becerra: No hay más que pérdidas

César Antonio Molina nos redescubre a un lírico clave en su altísima calidad: José Carlos Becerra

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La colección «La rama dorada», dirigida por Mercedes Monmany, ha sabido construir uno de los catálogos más importantes de la edición de poesía en España. Siempre abierta al diálogo de la poesía española con la mejor tradición de la poesía en otras lenguas, no es extraño que nos presente ahora a un lírico de la valía de José Carlos Becerra, un poeta donde lo irracional o lo surreal son llevados a nuevas dimensiones.

Becerra ni siquiera tuvo tiempo de defender su propia obra. Muerto en 1970 a la edad de treinta y tres años, era ya entonces uno de los valores indudables de la poesía mexicana. Había formado parte de la antología «Poesía en movimiento», había obtenido una beca de la Fundación Guggenheim y poetas de la talla de Octavio Paz o Lezama Lima destacaban su indudable calidad y su inteligencia. Además, José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid publicarían su poesía reunida en 1973 bajo el hermoso título de «El otoño recorre las islas».

Errancias y vacíos

Poeta de una fuerte capacidad imaginativa, autor de una de las mayores elegías escritas en nuestra lengua («Oscura palabra», escrita tras la muerte de su madre), la poesía de Becerra se sitúa en la crisis de los grandes relatos, pero para refundarlos y redefinirlos. El conjunto de su obra viene a demostrar hasta qué punto es imposible esa fe en el lenguaje como fuerza creadora, como vía de conocimiento, y cómo a partir de ahí el sujeto es solo una sucesión de fragmentos, de errancias y de vacíos. Todo en su poesía son pérdidas: la del paraíso de la infancia, la del amor o el sexo como fuerzas vitales, la pérdida de la capacidad del hombre contemporáneo para regresar a un lugar originario. Pérdidas que incluso afectan a la expresión poética y sobre todo a la utilización del versículo (eso que no es prosa ni verso) lleno de sinuosidades y puntos de fuga en una clara tradición barroca.

No es extraño que la última poesía de Becerra revele un sujeto descentrado y fragmentario y que haga de la ruptura una forma de conciencia. El poema se convierte entonces en algo disociado, inacabado, en una tentativa. Su visión de la ciudad y de la nueva mitología pop como el sitio donde ese relato hecho de esquirlas encuentra su expresión más acentuada es una de sus grandes aportaciones. Para Becerra, la ciudad industrial es el lugar donde percibir la soledad, la muerte, pero también donde volver a definir al hombre y a la cultura, es decir, donde plantear una nueva ética y una nueva estética.

En los versos de Becerra lo irracional o lo surreal son llevados a nuevas dimensiones

Por todo ello, la antología publicada por César Antonio Molina tiene un doble mérito. Redescubre a un poeta clave en su altísima calidad, y nos muestra de él una nueva lectura al despojarlo de algunas supersticiones críticas que han acompañado la comprensión actual de su obra. Molina hace dialogar la poesía de Becerra con la modernidad y nos muestra, a la vez, cómo ese acercamiento a lo moderno es crítico, irónico, siempre dispuesto a abrirse a nuevos ámbitos. Siempre dispuesto a señalar nuevos derroteros.

En la base de la poesía de Becerra se encuentran algunas de nuestras preocupaciones de hoy, ese pasar de los males del individuo a los males de la colectividad, como señala acertadamente César Antonio Molina. Pero, también, como se escribe en el prólogo, la imposibilidad del hombre contemporáneo para crear un relato total: «El poeta es un fugitivo de sí mismo, es un falso profeta, es ese otro desconocido que es él mismo».