Jonathan Littell
Jonathan Littell - AFP
LIBROS

Jonathan Littell, tratado de la miseria humana

«Una vieja historia» es el esperado regreso a la ficción del autor que hace doce años asombró con «Las benévolas»

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En el universo literario de Jonathan Littell (Nueva York, 1967) es difícil distinguir entre las luces y las sombras. Las sombras siempre ganan, y es en ellas donde reina la paz. La mirada del autor nacido en Nueva York, criado en Francia y residente en Barcelona, es desesperanzada, angustiosa; de algún modo su obra es un tratado de la miseria. La conoció durante los años que se dedicó a la cooperación humanitaria, cuando viajó por zonas de conflicto como Bosnia y Herzegovina, países africanos o Afganistán. En Chechenia resultó herido en una emboscada, en 2001, año en que decidió centrarse en su labor de escritor.

Tiempo atrás había publicado un libro de ciencia ficción en el que ya apenas se reconoce, y que de ninguna manera hacía presagiar la magnitud de «Las benévolas», la obra que en 2006 lo incluyó en el club de los elegidos de la literatura francesa: el de los ganadores del premio Goncourt. Littell se puso en la piel de un exoficial de las SS que al final de su vida describe su participación en la maquinaria del horror más atroz de la historia reciente. El protagonista es un funcionario nazi que no se arrepiente de nada –«hice el trabajo que tenía que hacer»–, sobre quien el autor estadounidense vuelca las perversiones más repugnantes de la psique humana.

Tras el éxito de ese imponente libro, Littell ha pasado doce años sin publicar ficción, aunque sí ha trabajado en documentales audiovisuales o ha escrito libros sobre su experiencia en la guerra siria («Cuadernos de Homs») o la resaca del conflicto checheno («Chechenia, año III»); incluso se ha atrevido con alguna obra que descartó porque no daba el nivel. « Una vieja historia» (Galaxia Gutenberg) es su esperada nueva novela, y una entrega más de su particular retrato de la miseria humana.

Littell es asfixiante en su escritura, con escenas de sexo y violencia narradas hasta lo insoportable

Este es un libro sin trama ni espacio temporal o físico que lo acote; es un libro casi sin personajes: el narrador es a veces un hombre y otras una mujer, cuando no un transexual o un niño. Estructurado en siete capítulos, que se abren y cierran con el protagonista recobrando la paz en una piscina, en «el espejo alegre y vívido del agua», hay elementos que aparecen a lo largo de toda la narración: un dormitorio demasiado caluroso donde el sexo siempre es turbio, unos pasillos en penumbra que acaban con el pomo de una puerta que lleva a otra nueva dimensión, una sala donde se practican orgías o un campo de batalla.

La escritura de Littell es asfixiante, con escenas de sexo y violencia detalladas hasta extremos insoportables que se repiten de un capítulo a otro. En un momento del libro el protagonista se pone los ojos tras despertar; lo que ve por la ventana es un pelotón de cuerpos que intercambian palabras, engullen alimentos, se pelean, fornican, defecan, agonizan y mueren: «De tarde en tarde, mujeres u hombres desnudos abrían sus ventanas y caían al vacío». Esa es, según Littell, la vieja historia de las pulsiones humanas. Por eso se niega a calificar esta obra hipnótica como una distopía. Dice, y quizá no le falte razón, que es una descripción perfectamente ajustada a la realidad.