Hallyday, en los sesenta, posando en su coche
Hallyday, en los sesenta, posando en su coche
MÚSICA

Johnny Hallyday, el viejo canalla

Hace unos días fallecía Johnny Hallyday, un canalla, un «bocazas». Tal y como manda la tradición rockera, a la que ahora deja huérfana. Como a toda Francia

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Hace seis meses, en las Arenas de Nimes, tres «Viejos Canallas» de impecable traje negro irrumpían sobre la escena a los acordes de una vieja canción que fue éxito a final de los sesenta y que hoy las impagables feministas exigirían carbonizar en la plaza pública: J’aime les filles (Me gustan las chicas), que en resumen proclamaba que a su autor le gustaban todas, absolutamente todas ellas, sin excepción de ningún tipo ni modelo. Bajo la invocación de aquella «trampa para cazar chavalas» que Jacques Dutronc compusiera a fines de los sesenta, Dutronc mismo, Eddy Mitchell y Johnny Hallyday disparaban uno de los shows más locos en la Historia de la música pop francesa.

Dutronc (74 años), Eddy Mitchell (75) y Johnny Hallyday (74) se divertían como enanos sobre el escenario. Y cantaban como príncipes moteros. Y el personal se lo pasaba en grande. No es nada habitual el privilegio de asistir a algo así: el público lo percibía. Ahora, Johnny Hallyday ha muerto. No hay sorpresa: la malvada Camarde venía rondándole en el último decenio, desde una mala operación de hernia discal que acabó en coma; más tarde, vino el cáncer. Y el tipo que se sabía en puertas de la muerte siguió haciendo lo que hizo toda la vida: cantar y montar el pollo. Ambas cosas las hacía con bastante gracia.

Al final, todo el mundo institucional francés entonó estos días la fórmula consagrada: «Johnny Hallyday c’est la France» (Johnny Hallyday es Francia). Nadie se toma a broma esa pertenencia al patrimonio nacional de todo aquél que ha significado algo. De Sartre a De Gaulle o a Boulez, la fórmula se repite. No hay jerarquía en eso. El talento pertenece a la República. Sea cual sea su esfera. Es sencillamente una evidencia, que el sesudo y progresista Le Monde no tiene el menor reparo en proclamar de un rockero inequívocamente reaccionario. A fin de cuentas, hasta la comunista Fiesta de L’Humanité contó con él para amenizar sus festejos. A fin de cuentas, hasta se atrevió a grabar una versión muy potable del épico himno de los partisanos.

Johnny era una grande gueule, o séase, un bocazas: tradición rockera manda. Desbarraba, a decir verdad, bastante. Pero era divertido en sus disparates. Y nunca aparentó tomarse de verdad en serio. No tenía el menor sentido del ridículo. Se agradece. En rock and roll, es una virtud. Y, tradición rockera manda, fue (como Dutronc, como Mitchell) hombre de muchas mujeres. Bastante espectaculares todas ellas. La primera, otro icono popular de la Francia de inicio de los 60: aquella Sylvie Vartan que, de la chica mona de La plus belle pour aller danser, acabo mutando, en su soberbia madurez y ya sin Johnny, en señora estupendísima.

Del francés al inglés

Y Johnny Hallyday era también -como lo fue Eddy Mitchell- un fantástico intérprete en francés de éxitos anglosajones. De The house of the rising sun, por ejemplo, que, en transcripción del mismo Hugues Aufray que tradujo a su amigo Bob Dylan, fue quizá la canción de Johnny más memorable.

A inicio de los noventa, los miembros del mejor grupo rockero español de entonces afrontaron el embarazo de tener al mismísimo Eric Burdon como telonero. «Nos dio tanta vergüenza que le pedimos cambiar el orden y ser nosotros los teloneros suyos», me contó uno de ellos muchos años más tarde. Johnny no lo hubiera entendido. Él tuvo, en los sesenta, a Jimi Hendrix como telonero en el Olympia. Y le pareció lo más natural del mundo. Otros menos duros o menos inconscientes no habrían sobrevivido a tal ridículo.