MÚSICA

Johnny Cash en blanco y negro

Una novela con un toque de auto-exorcismo firmada por el propio cantautor y una lúcida biografía de Robert Hilburn ponen de nuevo en el candelero al rey de la música country, un mito (con lado oscuro) de la música norteamericana

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«Los sueños siempre han desempeñado un importante papel en mis asuntos. Por ejemplo, varias veces he soñado con canciones nuevas que nunca habían sido cantadas, y entonces me despertaba y las escribía», explica Johnny Cash en la introducción -lo mejor del libro- a ese extraño artefacto con mucho de auto-exorcismo y acción de gracias que es la meta-novela parabólica El hombre de blanco. Fruto raro de un cantautor en horas bajísimas del año 1986 (había sido abandonado por Columbia, su discográfica de cabecera) y narrando la vida y padecimientos y gloria del apóstol Pablo como si fuesen propios.

Resurrección

Quince años después, Cash (1932-2003) estaba de regreso en lo más alto. Se había producido el impensable milagro transmigrante de ser un símbolo de todo lo reaccionario para mutar a icono cool-hip de las nuevas generaciones cortesía de la resurrección magistralmente orquestada/manipulada por el productor Rick Rubin para su serie de American Recordings. Allí, un hoy impensable para los tiempos que corren videoclip para «Delia’s Gone» con una Kate Moss baleada por Cash y cantándole sin culpa a su tumba. Y allí también Cash registraba con esa voz la que sería su última gran canción y una las mejores entre las suyas, tan importante y duradera como «I Walk the Line» y «Ring of Fire» y que, sí, le llegó en un sueño en el que visitaba el Palacio de Buckingham y la Reina le decía «Johnny Cash, eres como un árbol de espino en un tornado».

Y la canción -«The Man Comes Around», una serie de postales apocalípticas describiendo lo que sucedería cuando se produjese la segunda venida de «El Hombre»- se movía y estremecía entre flamígera imaginería bíblica y domesticidad campesina. Y conseguía una mezcla poderosa reafirmando el convencimiento de Cash de ser pecador y evangelista y demonio y profeta y, finalmente, mito viviente y sobreviviente a su propio mito. Como Pablo.

La gran biografía de Robert Hilburn (ya había, entre otras, un par de menos que confiables pero muy sabrosas y automitómanas autobiografías) da cuenta de todo ello y lo presenta como a uno de los mitos fundamentales de la música de los Estados Unidos. Y, también, de los más completos. Porque Cash no se conformó con una sola etiqueta para su estilo pero sí se las arregló para apuntarse a todas las fiestas. Salió de farra con Elvis, defendió a Bob Dylan cuando todos lo atacaban (en su elegía, Dylan definió a Cash como aquel que «fue y seguirá siendo la Estrella del Norte; puedes orientarte y guiar tu barco gracias a él: el más grande, ahora y siempre») y grabó junto a U2.

No se conformó con una sola etiqueta. Se las arregló para apuntarse a todas las fiestas

Y, sobre el final de su discografía, versionó a Nine Inch Nails (abdujo a su «Hurt» para hacerlo suyo con un video casi agónico pero inmortal), a los Beatles, a Will Oldham, a Simon y Garfunkel, a Beck, a Nick Cave, a Depeche Mode, a quien se le diera la gana, sabiendo que ya nada le era ajeno porque él era de todos. Iguales modales mostró fuera de los estudios. Fue Jekyll y Hyde. Cristiano apasionado pero no fanático y patriota confeso lejos de todo patrioterismo. Lo que no le impidió disfrutar de la condición de lobo feroz a la hora de la corrección política o corrección a secas: adicto «a 100 pastillas al día», capaz de arrojar un tractor desde un acantilado para «ver cómo cae», siempre dispuesto a derribar a hachazos una pared de cuarto de hotel «porque tenía ganas de hacerme una suite» y la anfetamínica bestia negra que destrozó a patadas todas las luces del escenario del histórico Grand Ole Opry de Nashville sin por eso interrumpir la canción que estaba escupiendo.

Discos en la trena

Fue a la cárcel varias veces y salió de la cárcel otras tantas y volvió a la cárcel para registrar en directo y frente a un eufórico público criminal dos discos de antología repletos de canciones asesinas: Johnny Cash at Folsolm Prison (de 1968, Hilburn fue el único periodista allí presente) y Johnny Cash at San Quentin (1969). Vestido de negro, pelo engominado, mirada fulminante y dicción y fraseo de pozo sin fondo. Así, Johnny Cash como el perfecto cómplice y el implacable autor intelectual que -nada es casual- fue uno de los mejores «asesinos invitados» en toda la historia de la serie Columbo.

También, claro, su relación con June Carter: una love story paradigmática si alguna vez la hubo y merecedora de una biopic que no estaba nada mal a pesar de su voluntad de cuento de hadas. Film que retrataba apenas una parte del curriculum que lo llevó a los Halls of Fame de songwriters, rockabilly, rock and roll, country-music y gospel (el único hasta la fecha en conseguir los cinco títulos) y al que, para hacerle justicia, requeriría de unas siete temporadas marca HBO o Netflix.

Hilburn, sin embargo, cuenta todo lo que hay para cantar (el manager de Cash le dijo que sólo se había narrado el 20% de la saga) y el propio Cash lo reescribe religiosamente con Pablo rumbo a Damasco como espejo en el que le gustaría mirarse y comprenderse sabiéndose alguien «con una gran empatía hacia la naturaleza humana en las más difíciles situaciones». Están advertidos: en más de unas cuantas páginas del libro de Hilburn, el empático y estudioso de la naturaleza humana Cash es un cretino y un mentiroso y un maltratador y una ultraviolenta bestia de cuidado. Y no es casual el que, en 2015, una nueva especie de tarántula avistada en las proximidades de Folsom Prision haya sido bautizada como Aphonopelma johnnycashi.

Sueño y pesadilla

Del lado oscuro y de la luz encandiladora -cada uno a su manera pero, sí, orientándose por una misma estrella- tratan estos dos libros. La obra y la vida de un soñador que podía llegar a ser una pesadilla. Alguien quien poco antes de morir -un periodista le preguntó si se sentía enojado con Dios por la mala jugada de tantas enfermedades- gruñó: «¡No! ¡No! Yo nunca me enojo con Dios. No tengo nada que reprocharle». Entonces en voz baja y con sonrisa torcida y mientras la enfermera se lo llevaba de regreso a su habitación, Cash añadió: «Mis brazos... Mis brazos son demasiado cortos para boxear con Dios».

Aquí -en dos libros que son como rounds que van del O.K. al K.O.- el otro Hombre vuelve por aquí.

Y vuelve para quedarse.