John Berger fotografiado en 2005
John Berger fotografiado en 2005 - Sigefredo Camarero
LIBROS

John Berger, lo que aprendí de un poeta dibujante

Hay muchas formas de recordar a John Berger. La mejor, leerle. Esta antología es fruto de una devoción

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Primero fueron los periódicos, después vino todo lo demás.

Llevo siguiendo los pasos de John Berger desde que me encontré con él en un periódico, debajo de un ciruelo, junto a una mujer que tenía restos de pintura en las manos. Marisa Camino era y es restauradora, y le pidió que posara junto a ella para su cámara: una cámara oscura. Yo no sabía muy bien entonces en qué consistía una cámara oscura y pensé que lo que Marisa le pidió aquel día al escritor ante su casa en la Alta Saboya fue que posara para la memoria. No para que un papel fotográfico dentro de la cámara oscura que ella había fabricado se impresionara con sus sombras, sino para que ambos recordaran para siempre ese momento. John escribió sobre ello y a mí me alcanzó como un disparo de los que matan la muerte, no la vida.

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«Desde que vivo en esta montaña he aprendido de los campesinos mucho más de lo que podría nunca decir. Yo era el alumno y ellos eran los profesores. Ahora sé afilar una guadaña. Lo más importante que he aprendido de ellos es su consciencia de la presencia de los muertos, que coexisten con los vivos», le dijo John a Elvira Huelbes en abril de 1993 («El Mundo-La Esfera»).

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«Cuando pinto o dibujo me olvido de todo. Cuando escribo, sin embargo, sucede lo contrario: me acuerdo de todo. […] Cuando pintas o cuando escribes recibes siempre una energía de lo que estás mirando. Dibujar, por tanto, no es sólo investigar; es también recibir. Cuando escribes, te dejas llevar por las palabras y es en ese sentido que puede decirse que escribo como dibujo», le dijo a Xabier Moret en noviembre de 1995 («El País»).

«Cuando dibujo me olvido de todo. cuando escribo sucede lo contrario: me acuerdode todo»

«No tengo la menor intención de escribir una autobiografía. No estoy en contra del género como tal, hay grandes obras. Creo que lo que tenía que decir al respecto ya lo he escrito. La autobiografía no va conmigo, quizá porque me considero un contador de historias, porque alguien que escribe ficción es alguien que es accesible a otros, que es capaz -en realidad casi sin pensarlo- de ponerse en los zapatos de los personajes. Creo que he nacido con esa capacidad. Además, siempre he tenido una conciencia muy débil de mi propia identidad, que no me parece interesante. Para quien cuenta historias su propia vida no está en el centro de lo que hace», me dijo en diciembre de 2005 (ABCD).

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«De los cuatro evangelistas mi preferido es San Juan porque habla del poder de curación de las palabras», le dijo a Elvira Huelbes en abril de 1993.

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«Las carreteras son una extraña mezcla entre algo que ha hecho el hombre y lo natural. Las viejas carreteras son a veces hermanos o hermanas de los ríos; discurren lado a lado. Algunas carreteras son como maestros en grandes bosques; introducen medidas que de otra manera no existirían en bosques que no han sido cruzados», escribió en «El Mundo» en 1993.

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«Lo importante en un escritor es el pacto. Saber dejar un espacio en blanco, un espacio sin contaminar para que pueda revelarse lo no escrito. Es el espacio del silencio. Y es ese silencio el que permite que la esperanza se haga tangible», le dijo a José Andrés Rojo en abril de 1993 («El País»).

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«El enigma de Goya y su perro pasea todos los días por mi mente», le dijo a un amigo en 1996. « Perro semihundido» es mi obra favorita del Museo del Prado. Cuando vuelva le preguntaré al perro por John.