Vista de Santander, por Jean Laurent
Vista de Santander, por Jean Laurent
FOTOGRAFÍA

Jean Laurent, el notario visual de una España en pleno cambio

La Historia de la fotografía española comienza prácticamente en el estudio de Jean Laurent, al que la Real Academía de San Fernando dedica la mayor retrospectiva hasta hoy

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«¿No habéis visto esas fotografías de ciudades españolas que en 1870 tomó Laurent? Ya esas fotos están casi desteñidas, amarillentas, pero esa vetustez les presta un encanto indefinible». Estas palabras, escritas por Azorín, me sirven como anillo (con)textual al dedo para partir de un hecho que creo incontestable: La Historia de la fotografía española del siglo XIX, y aún diría que su totalidad, no podría entenderse bien del todo sin la presencia de Jean Laurent (1816, Garchizy, Francia-1883, Madrid).

Tras aprender en París las bases técnicas de un medio como la fotografía, todavía en estado de gestación, al igual que el oficio de fabricar papeles de lujo para encuadernaciones, se trasladará a Madrid en 1844, continuando unos años con su trabajo de jaspeador, que le llevaría incluso a ganar una medalla de bronce en la Exposición Industrial de Madrid de 1845. Once más tarde, ya asentado en nuestro país y totalmente dedicado a la profesión fotográfica, abrirá un primer estudio de retrato, asociado con el valenciano Juan Martínez Sánchez, en el número 39 de la Carrera de San Jerónimo, justo donde anteriormente el galés Charles Clifford, otra figura referencial de la fotografía española del siglo XIX, había tenido el suyo.

Desde entonces desarrollaría una ingente labor fotográfica que le iba a convertir en testigo y mirada de una España compleja y convulsa política, social y culturalmente, y que no sería la misma sin la presencia documental y testimonial de sus imágenes fotográficas.

La exposición La España de Laurent (1856-1886). Un paseo fotográfico por la Historia, que acogen las salas de la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, y que es, hasta la fecha, la más importante y completa de las dedicadas en España a la obra de este fotógrafo, supone un intento -totalmente conseguido- por mostrar un completísimo panorama de nuestro país a través de sus propios ojos y de los ojos de su cámara. La muestra, comisariada por Pablo Jiménez, Óscar Muñoz y Carlos Teixidor, y promovida por el Instituto del Patrimonio Cultural de España, cuenta con más de 200 imágenes procedentes fundamentalmente de los fondos de su Fototeca, junto a las colecciones de la Biblioteca Nacional, Patrimonio Nacional y el Museo del Prado, y también de importantes colecciones particulares, en muchos casos inéditas.

Una nación excitada

Ciertamente, la España que se encontró Jean Laurent -conocido en nuestro país como «Juan» Laurent- y de la que posteriormente se encargaría de levantar acta visual, como un auténtico notario de la mirada, no era en absoluto una balsa de calma sino, por el contrario, una nación sacudida por numerosos cambios y convulsiones. Las Guerras Carlistas; una sucesión de distintos alzamientos y proclamas; la llamada Revolución Gloriosa de 1868 que derrocó a Isabel II y que daría lugar al efímero reinado de Amadeo de Saboya; la proclamación poco después de la Primera República; la sublevación cantonal en Cartagena... entre otros, unido a un sustancial y creciente desarrollo de la economía y de la industria, y a la realización de una serie de grandes proyectos de ingeniería y obras públicas, fueron algunos de los acontecimientos de un país que se debatía en continuas tensiones entre la modernidad y la tradición, el progreso y el atraso, la luz y la oscuridad, y que le tocó vivir y plasmar en las emulsionadas superficies de sus fotografías.

Desde el punto de vista museográfico, esta propuesta expositiva es intachable

Imágenes que dan cuenta de una mirada personal y singular que no sólo no se limitaría a testimoniar con frialdad entomológica tales acontecimientos, sino que justamente pondría el énfasis y el acento en construir el retrato y el relato, plural y verdadero, de un país, representado en su cultura, en sus paisajes y en su paisanaje. De este modo, tratará la casi totalidad de formatos, géneros y temas: el retrato, reproducciones de obras de arte (en este sentido, realizó unas fascinantes fotografías de unas obras tan inquietantes como las Pinturas negras de Goya, en su Quinta del Sordo, antes de ser transferidas a lienzo por Martínez Cubells); series de los fondos del Museo del Prado, de la Real Armería, del Museo de Bellas Artes de Sevilla o de la Real Academia de San Fernando; reportajes de la construcción de líneas ferroviarias y de otras importantes obras de ingeniería; colecciones de ámbito taurino, circense y teatral; vistas panorámicas de ciudades, monumentos; conjuntos de tipos populares españoles…

A todo ello habría que sumar una personalidad de múltiples facetas, entre las que también debe contarse su labor como inventor (papel leptográfico, grafoscopio) y como empresario, que le convierten, a mi juicio, en una suerte de figura híbrida entre Niepce y Daguerre, dos de sus más ilustres compatriotas, ambas, personalidades referenciales dentro del surgimiento del lenguaje fotográfico.

Pocos peros

Desde el punto de vista museográfico, esta propuesta expositiva es verdaderamente intachable. Un montaje muy cuidado, bien iluminado -algo nada sencillo con este tipo de obras-, con abundante profusión de documentos, escritos, cámaras y objetos (se incluye una reconstrucción del carrito que usaba para preparar y revelar sus fotografías), y hasta una proyección panorámica en 3D de algunas de sus imágenes (que, en mi opinión, resulta innecesaria, y queda únicamente en una mera concesión a la galería…), contribuyen sin duda a presentar una completa y poliédrica imagen de sus propias imágenes.

A este haber debería sumarse igualmente la edición de un excelente y documentado catálogo, con aportaciones de destacados especialistas, y un atractivo programa de visitas guiadas, diversas actividades didácticas y conferencias.