El escritor Javier Serena
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Javier Serena: «Los premios de ayuntamientos son la gran escuela oculta de casi todos»

Este pamplonés, cuyos dos últimos libros aparecerán próximamente en EE.UU., empezó a escribir a los dieciocho años y, desde entonces, sigue haciéndolo como si le alimentara, aunque reconoce que «es lo menos alimenticio» que ha hecho nunca

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¿Cuáles son tus intereses como escritor?

Me interesan más los aspectos personales que los colectivos o históricos, y, por tanto, como autor sobre todo exploro la manera de sentir y comportarse de mis personajes.

¿Y como lector?

Soy más de autores que de temas; cuando encuentro a un autor que me gusta, tiendo a leerlo a fondo, y el resto de lecturas suelen ser un rastreo. Sí me reconozco un lector principalmente de narrativa, con las deudas que eso acarrea, pero lo voy corrigiendo poco a poco.

¿Sobre qué temas suele escribir?

Mis dos últimos libros giran en torno a un personaje central, sobre el que acabo haciendo un retrato. En ambos casos, mis personajes, por así decirlo, comparten una trayectoria trágica y un espíritu romántico, con una posición bastante periférica en el mundo: gente que no encaja en su tiempo y de algún modo es mejor que el tiempo en el que le toca vivir.

¿Dónde has publicado hasta el momento?

Lo más representativo son mis dos últimos libros publicados: «Últimas palabra en la Tierra» (Gadir, 2017) y «Atila. Un escritor indescifrable» (Tropo, 2014). En un golpe de suerte -porque sé que es una carambola-, gracias a una traductora talentosa y persuasiva, estos dos libros van a ser publicados en Estados Unidos por la editorial Open Letters, algo que me supone un estímulo muy grande, pues mi novela «Atila» acababa de quedar descatalogada por la quiebra de la editorial. Así que ahora al menos tendrá otra vida en otra lengua. Antes había editado otras novelas o relatos través de ediciones poco visibles o premios de ayuntamientos, que me parece la gran escuela oculta de casi todos.

¿Y con cuáles de tus «criaturas» te quedas?

Estoy contento con estas dos últimas novelas, sabiendo sus limitaciones también, claro, pues son libros más bien breves. Luego están la cantidad de manuscritos antiguos, o recientes, que por lo general han sido rechazados con toda justicia por las editoriales.

Supiste que te dedicarías a esto desde el momento en que…

A los dieciocho años escribí un cuento -creo que copia de un relato de Pío Baroja sobre un enterrador en un valle de montaña- y desde entonces no me he planteado otra cosa. Por así decirlo, ese fue el momento en que me di un golpe en la cabeza, porque tengo una tendencia bastante obsesiva y no he echado el freno. Fue un encuentro repentino y sobre el que no hubo dudas, que siempre me he tomado como un regalo. Llevo escribiendo desde entonces como si me alimentara, cuando de algún modo extraño es lo menos alimenticio que he hecho nunca.

¿Cómo te mueves en redes sociales?

Mucho peor de lo que me gustaría: me son de gran ayuda para saber qué libros o autores pueden interesarme, así que son una guía de lectura continua y muy rica a la que sin embargo no logro contribuir. Hago más de público que de autor en redes sociales. Me resultan muy útiles, y si no soy más activo no es por ningún prejuicio o principio al respecto que me lo impida, sino porque me temo que no me sale bien y no le encuentro el tono.

¿Qué perfiles tienes?

Facebook, Twitter e Instagram, estos dos últimos con un número de seguidores casi familiar, pero al menos son casi siempre cercanos y conocidos.

¿Cuentas con un blog personal?

No tengo blog, pero algunas grandes lecturas se las debo a las recomendaciones de alguno de ellos. Por ejemplo, a «Desde la ciudad sin cines», de David Pérez Vega, que me parece uno de los lectores más generosos y curiosos que conozco. Él también ha hecho mucho por dar a conocer a las últimas generaciones.

¿Qué otras actividades relacionadas con la literatura practicas?

A veces escribo crítica literaria en «Cuadernos Hispanoamericanos». Y en alguna ocasión he impartido talleres, por lo general en el marco de una beca. El año pasado, por ejemplo, en Rianxo -un pueblo de Pontevedra-, gracias a la Fundación Axóuxere, de la editorial Axóuxere, que resultó una gran experiencia.

¿Formas parte de algún colectivo, asociación o club?

Lo más parecido a algún colectivo en el que he participado es la Fundación Antonio Gala, donde con veinte años hice amigos tan antiguos como si vinieran desde la infancia. Además, crea vínculos o despierta el interés por otros autores que han pasado por allí y a los que leo con respeto y con placer: Cristian Crusat, Paul Viejo, Antonio Rojano, Juan Gómez Barcena, de generaciones anteriores o posteriores a la mía y con los que he coincidido a lo largo de los años; o Ben Clark, Alberto de Rocha, María Zaragoza o Tania Padilla, con los que conviví allí durante nueve meses. Con el escritor Eduardo Laporte, que es vecino mío en Pamplona y en Madrid, y fue alumno de matemáticas de mi madre, tengo también una sociedad navarro-madrileña que hemos construido a lo largo del tiempo y las publicaciones.

¿En qué estás trabajando justo ahora?

En un libro que tiene que ver con un periodo de mi vida situado entre los dieciocho y los veinticuatro años, que fue una época en que viví en varios sitios diferentes y en que me tomaba la literatura de forma muy visceral, sin hacer mucho caso a que la realidad iba por otro lado y que me estaba esperando allá afuera, y en que por tanto yo era un tipo bastante desastroso en muchos aspectos. Dicho lo cual: creo que es una novela, en el sentido más clásico del término, aunque trate de recrear a un personaje y una realidad con la que yo me identifique de manera bastante directa.

¿Cuáles son tus referentes?

M primer gran flechazo literario fue el «boom hispanoamericano», probablemente porque me entusiasmaba el lenguaje atrevido y exótico de aquellos autores. Y si esos fueron importantes al comienzo, entre otros que han publicado en años recientes o siguen publicando todavía, diría que Sebald, Teju Cole, Banville o Alice Munro son los que más atraen. Y ciñéndonos a los que escriben en español, Roberto Bolaño y Javier Marías, a los que citaría sin necesidad de que compartamos la misma lengua: cada cual a su manera, los dos me parecen muy arriesgados y personales y pienso que durarán.

¿Y a qué otros colegas de generación destacarías?

A los autores incluidos en el libro «10 de 30»: Aroa Moreno, Almudena Sánchez, Miguel Barrero, Inma López Silva, Inés Martín Rodrigo, Alejandro Morellón, Natalia Cerezo, Cristina Morales, Pablo Herrán y Marina Perezagua.

¿Qué es lo que aportas de nuevo a un ámbito tan saturado como el literario?

Conocía muy bien este cuestionario y esta me parece la pregunta más difícil: aunque trabajo en ello mucho, no sé si soy capaz de aportar algo nuevo, distinto o valioso. Eso le corresponderá decirlo a otros.

¿Qué es lo más raro que has tenido que hacer como escritor para sobrevivir?

Precisamente, coordinar el libro «10 de 30», un proyecto de la AECID que nace con la idea de promocionar autores en la treintena en el exterior, porque podía haber estado en el otro lado de la barrera. Pero haciendo de recopilador he disfrutado mucho y me ha permitido tratar con autores y autoras que ya me atraían por su trabajo literario, y que me han vuelto a confirmar que la mejor virtud de la literatura es que resulta un modo excelente de conectar con otra gente con la que compartes un mismo entusiasmo.