Detalle de una de las proyecciones exteriores de Riera
Detalle de una de las proyecciones exteriores de Riera
ARTE

A la luz de Javier Riera y el CGAC

Javier Riera se une a los actos del 25 aniversario del CGAC con intervenciones lumínicas dentro y fuera del museo

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Hay una hora de intercambio en la que los animales diurnos se esconden y salen los nocturnos. Todos los días mudan los sonidos de la Naturaleza. Es la conocida como «hora mágica», lapso de tiempo en el que Javier Riera (Avilés, 1965), proyecta formas geométricas sobre las copas de los árboles en el parque de San Domingos de Bonaval.

El edificio de Siza Vieira para el CGAC y una zona del parque (huerta de un convento rediseñada por la paisajista Isabel Aguirre) crecieron paralelamente, y en diálogo encontraron su sintonía. Ahora, en la celebración del 25 aniversario del museo, Riera -que también expone hasta fin de mes en la galería Gema Llamazares en Gijón- lanza sus ya reconocibles redes de luz desde la puesta de sol hasta la medianoche. Así entremezcla formas orgánicas y geométricas, luz artificial y natural.

En sus palabras: «Cuando encuentro la geometría adecuada para un paisaje es como una llave que abre una experiencia de visibilidad que se corresponde íntimamente con ese lugar. Siento que la geometría adecuada canaliza algo que está latente en un espacio determinado, como si mostrara una dimensión del lugar que antes estaba oculta». Las instalaciones de Riera son acciones que intervienen el tiempo a través del paisaje, del movimiento de sus protagonistas, siempre grandiosos: los árboles.

Las proyecciones exteriores se han programado en seis sesiones a lo largo de la duración de la exposición, mientras que el Espacio de Proyectos del CGAC reúne vídeos a modo de documental de las mismas. También en el museo, cuatro proyectores lanzan ciervos de luz que se pasean a sus anchas por la entrada, mientras una mesa los acompaña, sosteniendo dos libros de cianotipias como cuadernos de viaje. Los ciervos, que normalmente habitan el bosque, son representados dentro de la institución, y las redes o mallas que esculpen los árboles del parque, parecen serigrafías como las que se pueden ver dentro del recinto museístico. Los papeles se intercambian en el trabajo de Riera, la obra es un diálogo que se asienta sobre el cambio de contexto: El museo como cueva, el jardín como lienzo verde o pared de proyecciones.

Los árboles aportan movimiento a las estructuras geométricas; los ciervos se mueven por del edificio de Siza reproduciendo sus movimientos en libertad. En todo caso, se trata de obras concebidas para ver de lejos, como cualquier paisaje. Tal vez por eso asociamos a Javier Riera con el Land Art, y cuanto más te alejas de la imagen más cerca te encuentras de ella.