Jacek Hugo-Bader
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Jacek Hugo-Bader explora el alma del «homo sovieticus»

El reportero polaco recoge en «Diarios del Kolimá» su viaje en autostop por la imponente Carretera de los Huesos humanos

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A Jacek Hugo-Bader (Polonia, 1957) le habría gustado cruzar la Autopista del Kolimá en moto, para que «tuviera algo de deporte de riesgo». Pero incluso para alguien como él, que ya se atrevió a atravesar Rusia en un viejo 4x4 para escribir « El delirio blanco» (Dioptrías), recorrer sobre dos ruedas estos 2.025 kilómetros era demasiado riesgo. En su lugar lo hizo en autostop. En esta zona desolada de la Rusia Oriental, «una persona en la Autopista es sagrada, sencillamente no pueden no parar».

El reportero polaco escribe Autopista, en mayúscula, «la Ruta», porque es un camino «construido sobre los huesos» de los prisioneros del gulag que la construyeron por orden de Stalin. No es ninguna metáfora, advierte Hugo-Bader: «Los muertos yacen a un centenar escaso de centímetros de la superficie del camino. Miles de personas. La construcción de la Autopista era el peor trabajo en Kolimá. A los que reventaban, les quitaban los trapos gulaguianos, los colocaban boca arriba y los tapaban con la tierra kolimiana de la que está hecha la Autopista».

Esta carretera une Magadán con la ciudad de Yakutsk. Lo que queda alrededor es un territorio con una extensión que abarca ocho Polonias y media, y en la que apenas hay cincuenta núcleos de población separados por decenas o cientos de kilómetros. Allí viven un puñado de hombres y mujeres que «no tienen nada que perder, o ninguna otra salida».

Es lo que descubre Hugo-Bader en « Diarios de Kolimá» (La Caja Books), donde recoge los reportajes y las notas que tomó en 2010, durante los 36 días que duró su periplo por esta zona donde la Rusia soviética instaló 160 campos de concentración. Entre los años 20 y 50, las autoridades enviaban a los presos a esta suerte de Auschwitz sin crematorios, «la isla más terrible y maldita o la más remota del Archipiélago Gulag», para acabar con ellos. Hubo al menos 2,7 millones de víctimas.

Hugo-Bader no es un reportero especial por plantearse este tipo de aventuras, o no solo por este motivo. Lo es por cómo enfoca sus crónicas. Antes que buscar a los supervivientes, en «Diarios de Kolimá», premiado con el English Pen Award, opta por conocer a quienes decidieron vivir allí por voluntad propia. Por el camino encuentra personajes inimaginables: mafiosos que se lo juegan todo a una partida de cartas, espías con verborrea o la antigua bibliotecaria del Partido Único. «Leí a todos nuestros disidentes. A Solzhenitzsyn lo leí entero en ediciones del Partido para uso interno».

El escritor polaco llega hasta el lugar más frío del mundo –71,2 grados bajo cero–, duerme en cuchitriles jaleados por perros hambrientos y bebe, sobre todo bebe, con la gente que se encuentra por el camino. «He participado en diecinueve grandes borracheras –resume–. La tradición rusa no permite levantarse de una mesa donde queda una botella sin vaciar, tampoco permite no acabarse el vaso». Ciego de vodka, dice, es cuando mejor se habla. «¿Qué voy puedo decirle a alguien a quien yo mismo he buscado para mi propio interés, que me abre su alma y me pone una botella en la mesa?».

Más pendenciero que la solemne Alexiévich y más descarado que el exuberante Kapuscinski, Hugo-Bader se confirma aquí como otro extraordinario explorador del «homo sovieticus», ese misterioso tipo de persona sin voluntad, temeroso, indolente y afectado por el síndrome del silencio: «Un ser que no aúlla cuando le duele el alma, sino que susurra su dolor a algún desconocido compañero de viaje. O lo anestesia con vodka».