Isidro López-Aparicio
Isidro López-Aparicio - Rober Solsona
ARTE

Isidro López-Aparicio: «Tenemos que cuestionarnos también la democracia»

Es difícil «encerrar» en un museo a Isidro López-Aparicio, aunque ha pasado por los más grandes, como la Tate o el Kiasma. El Centro del Carmen (Valencia) lo consigue ahora con «La misma sombra»

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El artista lo evoca con cariño: «Son muchos los que me preguntan: “¿Pero es usted el mismo Isidro López-Aparicio que vimos en la Tate, en el Kiasma de Helsinki? A mi usted me suena de los campos de refugiados de Siria, de Palestina...». Es lo que tiene ser un creador nómada, como él se define: no depender de instituciones, poder ser crítico con ellas, y generar un discurso sólido y coherente, comprometido con los derechos humanos. López-Aparicio (Jaén, 1967) es un hacedor, un mediador, un generador de contextos y un catalizador de situaciones. Ahora tenemos la suerte de ver algunos de sus resultados, desarrollados a largo plazo y siempre colaborativos, en el valenciano Centro del Carmen.

¿En qué momento, Isidro, se dio cuenta de que las fórmulas tradicionales del arte no le eran válidas?

Es algo que surge de manera muy orgánica. Yo lo que defiendo ante todo es el proceso. Mi lenguaje es el artístico, de forma que mi manera de abordar esos procesos es construyendo propuestas visuales que generen discursos. No se trata tanto de alcanzar respuestas como de crear narratividades.

¿Y en qué ha destilado eso?

Yo defiendo mucho el oficio, el respeto a una herencia. Como siempre he sido «nómada», con una carrera que se ha desarrollado fuera de aquí, mi obra nacía en función de los medios de los que disponía en cada lugar y situación. Entiendo al artista como un bracero que resuelve en función de sus posibilidades y sus habilidades. Primero, por una cuestión de sostenibilidad: hace tiempo que decidí utilizar cosas que ya «estuvieran» para no generar más basura; segundo, porque no quería estar pendiente de cómo enviar obras de un sitio a otro, trabajando con el contexto y la mediación. Cuando afirman tajantemente: «Tú trabajas con los objetos», yo lo niego. En realidad, yo trabajo con lo humano, con el apego de lo humano en el objeto.

«Entiendo al artista como un bracero que resuelve en función de sus posibilidades y sus habilidades»

Se habla de usted como de un sujeto que cree que el arte puede ser herramienta de transformación social. ¿Cómo?

Frente a creadores que hablan de «resolución», yo prefiero el de «transformación», tener en cuenta que la paz siempre será imperfecta, dinámica, holística. Y las transformaciones del arte también pueden ser negativas: conocemos a muchos dictadores utilizándolo con fines perversos. Los míos se centran cien por cien en la defensa de los derechos humanos, sin ocuparme tanto en personas o culturas específicas. Hay gente que me dice que soy muy defensor del mundo musulmán. Tampoco es verdad: He trabajado mucho sus contextos pero no puedo defender una religión que, por ejemplo, defiende la pena de muerte para los homosexuales. Pero tengo que defender al palestino en tanto en cuanto haya un abuso de derechos humanos para con él. Pero también al ortodoxo al que, los mismos musulmanes, con el dinero de los emiratos, hacen con el lo que los hebreos hacen con los palestinos.

¿Y cómo se consigue que el trabajo no caiga en el panfleto? ¿Cómo se logra no instrumentalizar a las víctimas?

Lo primero es no caer en la ocurrencia. Yo no trabajo sobre inmigración, por ejemplo, por casualidad, sino porque llevo desde los 15 años implicado con la cuestión. Por otro lado, no busco el escándalo. Las estructuras de Santiago Sierra funcionan mucho mejor que las mías, es más mediático, pero yo no busco ese tipo de repercusión. Por eso también trabajo con las estructuras entrando y saliendo de ellas, manteniendo la autonomía...

¿Se siente cómodo con el concepto de artista político?

El problema es que bajo ese concepto arropamos muchos comportamientos. Yo hablo más de «compromiso social». Pero defiendo que cualquier arte es político. Hasta la pintura de paisajes si lo planteas como placebo social. Quizás lo que deja de ser político empieza a no ser arte. Yo entiendo el arte como algo vinculado a lo humano.

Se habla de la identidad, la frontera y la inmigración como los tres grandes temas de esta muestra. Entiendo que esos no son todos sus intereses.

Se quedan cosas fuera. Hay un punto que me interesa y al que aquí no se hace tanta referencia y es el de los sistemas políticos y el alienamiento que producen. He trabajado sobre la esclavitud en el siglo XXI. Igual que el alcohólico ha de reconocer que lo es, nosotros tenemos que asumir que somos esclavos del sistema, no solo por nuestros sueldos precarios, miedo al despido, sino a través de las emociones, sin grilletes sino con otras tipologías. Lo malo es que ahora entramos al trapo voluntariamente y pagamos por cosas como viajar de pie en un avión. Siempre se habla de la violencia directa pero hay que tener muy en cuenta la simbólica y la estructural. También tenemos que cuestionarnos la democracia, ver a dónde nos lleva. Estamos legitimando a partidos, a personas, como en su día se votó a Hitler, para destruir la democracia. El haber votado a Trump....

«Para cambiar las cosas, más que ser un “outsider”, hay que utilizar las estructuras que ya tienes»

Para alguien tan habituado a trabajar con los contextos y los agentes implicados, ¿cómo se prepara una exposición para una institución?

En contra de lo que la gente piensa, para transformar las cosas, más que ser un outsider, hay que utilizar las estructuras que ya tienes. Y yo he decidido entrar en determinados estamentos precisamente para hacer modificaciones en los mismos y cimbrear sus cimientos. El que prefiere quedarse como outsider es que le gusta mantenerse en una especie de elite minoritaria que no termina transformando nada.

¿Ha tenido en alguna ocasión algún problema con alguna institución u estamento?

Muchos. Pero siempre los he resuelto. Y sin buscar el escándalo como objetivo. Igual que soy experto en resolución de conflictos, precisamente por eso, sé cómo generarlos y con una rapidez brutal. Esos artistas que buscan generar conflicto para obtener impacto mediático instantáneo no tienen en cuenta si aquello genera valor. Yo he usado el conflicto cuando me ha permitido visibilizar situaciones.

Se definió antes como artista nómada. ¿Qué sacrificios o beneficios conlleva eso?

Perjuicios lleva muchos. Recuerdo cuando Espacio Trapezio intentó hacer una muestra con artistas españoles que en alguna ocasión hubieran dicho no a una institución o proyecto por dignidad. La conclusión triste a la que llegaron los comisarios es que los artistas españoles no saben decir que no. Se nos llena la boca con las buenas prácticas, pero luego los hechos dicen otra cosa. El que yo haya dicho que no en España me supone cierta invisibilización en determinados espacios, pero también una solidez en lo que planteo. Mi camino es el que yo decido, no el que ha surgido.

¿Su moraleja es la de evitar normalizar lo inhumano?

Sin duda. Yo no puedo asumir un sistema social en el que parece que la gente muera es un pequeño desajuste del sistema.