Obra de la muestra «Los unicornios existen»
Obra de la muestra «Los unicornios existen»
FOTOGRAFÍA

Isabel Muñoz y la belleza reiterada

Subyugada en sus series recientes a la «humanidad» de los animales, los caballos copan la atención de Isabel Muñoz, Premio Nacional

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A principios del pasado año, Tabacalera presentó una gran exposición que aunaba las principales series de Isabel Muñoz (Barcelona, 1951). Si bien los comisarios incidieron en la heterogeneidad temática de la fotógrafa, lo cierto es que la cita corroboraba la existencia de un hilo conductor que ha anudado buena parte de su trayectoria: la representación del cuerpo humano y de sus vínculos con lo social, lo espiritual, lo disidente, el deseo y la sexualidad. En los últimos años, Muñoz ha incorporado una nueva línea de indagación que se orienta hacia el mundo animal. En la muestra Álbum de familia, que se exhibió en la galería Blanca Berlín en 2015, situó a grupos de primates delante de su objetivo. Frente al discurso dominante que considera al animal como una carencia respecto a la plenitud humana, Muñoz optó por retratarlos como el puente que nos une y nos iguala con el resto de las especies que habitan el planeta.

Su actual propuesta incide en esta línea: ahora son los caballos, con toda la estima, nobleza y potencia que habitualmente les atribuimos, los que centran su mirada. También el mar, que ya retrató desde una perspectiva ecologista en la serie «Agua», se incorpora a algunas de sus composiciones. Y, de nuevo, la autora busca establecer vínculos e hibridaciones entre animales y humanos: determinadas imágenes evocan la figura mitológica del centauro, aquella que, bajo la pluma de Maquiavelo, se convertía en un monstruo filosófico, la imagen misma de la bestia; o en la que Hegel percibía el símbolo triunfal de lo voluptuoso.

Para realizar este nuevo trabajo, Muñoz se ha trasladado hasta la costa normanda. Allí ha recreado un universo donde los caballos interactúan con la sensualidad de las formas del cuerpo humano; y todo desde la proximidad, el detalle y el sutil pictorialismo que proporcionan sus cuidadas decisiones de iluminación y composición. El resultado son fotos indudablemente hermosas, elaboradas con la destreza técnica a la que la autora nos tiene acostumbrados. Pero también son obras en las que prácticamente todo lo que vemos se explica por sí mismo, lo que genera una inevitable contrapartida: el alcance reflexivo de la serie resulta, en esencia, bastante escueto; las posibles interpretaciones conceptuales, que podían reforzar la pertinencia y el sentido del conjunto, aparecen muy difuminadas. Todo ello juega en contra de una propuesta que se muestra interesada en la satisfacción estética. Y, ante esto, nos queda el anhelo de sacar -e incluso de sonsacar- planteamientos discursivos de conocimiento capaces de redimensionar la belleza de estas fotos.