Irene Escolar en el Teatro Pavón Kamikaze
Irene Escolar en el Teatro Pavón Kamikaze - Maya Balanya
TEATRO

Irene Escolar: «El teatro es un refugio que siempre cuida de mí»

Irene Escolar es una actriz que crece a pasos agigantados. En el escenario del Teatro Pavón Kamikaze se enfrenta ahora, en «Blackbird», al personaje de una mujer herida que quiere saldar cuentas con el pasado

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No puede decirse que Irene Escolar intimide, porque es cordial, espontánea, próxima. Se trata de otra cosa. Sus expresivos ojos, de color de miel oscura, emiten un brillo intenso y raro de naturaleza estelar en el que late una sabiduría antigua, un arcano que nos remite al corazón del rito teatral, a las fuentes recónditas del misterio escénico. No sé, quizás me esté poniendo estupendo, pero es imposible no percibir lo lista y constante que es esta joven actriz perteneciente a una estirpe de hondo abolengo interpretativo, los Gutiérrez Caba. Es nieta de Irene, ya fallecida, y sobrina de Julia y Emilio; estos tres, hijos de los actores Emilio Gutiérrez e Irene Caba Alba, sobrinos de la actriz Julia Caba Alba, nietos de la también actriz Irene Alba y bisnietos del actor Pascual Alba. Pero detengámonos aquí, porque la familia ocupa varias páginas de la heráldica teatral española.

Es caso es que el más joven brote de este frondoso árbol genealógico de la interpretación ha estrenado « Blackbird», del escocés David Harrower, en el teatro Pavón Kamikaze. Allí se celebró esta entrevista.

¿Desde cuándo tuvo usted claro que quería ser actriz? En su caso parece algo naturalmente determinado por la genética familiar.

Me da casi apuro contestar de nuevo una pregunta que me suelen formular con frecuencia. Me aburre un poco contar esta historia porque parece un poco obvio el hecho de que como toda mi familia se ha dedicado a esto… Pero es la verdad, fue así, tenía nueve años cuando hice la primera obra de teatro, pero llevaba bastante tiempo diciendo que eso es lo que yo quería hacer. Yo iba a ver a mi abuela al teatro y hacía todo lo que ella había hecho en la función. Con seis años recuerdo que la veía entre cajas y luego me ponía y repetía las mismas acciones y los mismos gestos. Mi juego era disfrazarme de personas cercanas: una profesora que me gustaba mucho, una farmacéutica... Hacía de esa gente, trataba de repetir cómo se movían, las imitaba. Desde los nueve hasta ahora he estado haciendo lo que yo quería hacer.

¿Cuál fue aquella primera obra?

«Mariana Pineda», de Federico García Lorca. La dirigió en el Teatro Bellas Artes Joaquín Vida y yo hacía de la hija de Mariana, que interpretaba Carmen Conesa. También estaban Cristóbal Suárez, Joaquín Hinojosa…

Usted es un actriz preocupada por su formación, hace muchos cursos, aunque creo que no ha estudiado en la Real Escuela Superior de Arte Dramático.

No, yo me fui a Londres y estudié en RADA [The Royal Academy of Dramatic Art, prestigiosa institución fundada en 1904 por Herbert Beerbohm Tree y por la que han pasado actores como Charles Laughton, Vivien Leigh, John Gielgud, Peter O’Toole, Michael Caine, Albert Finney, Anthony Hopkins, Diana Rigg, Glenda Jackson, Helen Mirren, Kenneth Branagh, Ralph Fiennes...] y luego he ido escogiendo cursos de gente con la que yo quería trabajar o experimentar; sobre todo en la Bienal de Teatro de Venecia en los últimos cinco años, que para mí han sido claves en ese sentido de preparación y de crecimiento. He tenido la suerte de irme encontrando con gente muy buena a nivel profesional, con Àlex Rigola, con los compañeros de las funciones, con directores... Es como si hubiera hecho cursos avanzados, algo que, además, luego podía poner en práctica delante de un público. Iba aprendiendo de esos actores mayores con los que yo trabajaba… Me decían: ve a hacer este taller en este sitio, que te va a ir bien, a estas clases de voz con esta persona… Es como si la propia experiencia teatral me hubiera ido llevando a donde yo quería.

Es verdad que se nota mucho que ha trabajado la voz.

Sí, muchísimo, la voz la he trabajado un montón con Vicente Fuentes durante muchos años.

Un gran maestro.

Formidable. Fue Ernesto Arias quien, cuando hacíamos «Días mejores» de Richard Dresser, me recomendó que fuera a ver a Vicente. Y desde aquella función hasta ahora…

Es la primera obra en que yo la vi, en el Teatro de la Abadía, lo recuerdo bien. ¿Fue su primer trabajo profesional?

Es lo primero que hice después de «Mariana Pineda», tenía 17 años y acababa de terminar el colegio y todo eso. Después vino «Rock’n’Roll».

Estupenda obra de Tom Stoppard.

¡Qué texto tan increíble! Yo la recordaré como de las mejores funciones en las que he estado nunca. Brutal.

Y luego, si no estoy equivocado, «El mal de la juventud», de Ferdinand Bruckner.

Sí, y después «Oleanna» de David Mamet, «De ratones y hombres» de John Steinbeck, «La Chunga» de Vargas Llosa, «El cojo de Inishmaan» de Martin McDonagh y «Agosto» de Tracy Letts. Y luego ya «El público» y «Leyendo Lorca», y ahora, «Blackbird» de David Harrower.

«Iba a ver a mi abuela (Irene Gutiérrez Caba) al teatro y después repetía sus mismas acciones, sus mismos gestos»

Federico García Lorca es una presencia muy fuerte en su carrera desde aquella «Mariana Pineda».

El primer contacto que tengo con el teatro es Lorca, pero desde un lugar muy inocente, muy intuitivo… Yo no sabía entonces quién era ese autor, pero me aprendí esa función de memoria, no solo mi parte… Como estuvimos un año, recuerdo que me quedaba entre cajas y conseguí aprenderme también los otros papeles, porque me encantaba escuchar eso, pero no desde una parte racional, porque no sabía en aquel momento qué importancia tenía Lorca. Simplemente me gustaba aquel texto: Marianita sentada en su cuarto no paraba de considerar (evoca)... y me lo aprendí. Cuando llegó la última función, estaba tan triste que llegué a mi casa por la noche y en un cuaderno me escribí la obra entera. Creo que es clave la manera sensorial con que entra Lorca en mi vida. Luego pasó mucho tiempo antes de volvera enfrentarme a otro de sus textos. Vi, claro, la versión cinematográfica de «La casa de Bernarda Alba» que interpretó muy abuela, y vi a Nuria Espert y leí los textos de Federico.

Pero no conocía en profundidad ese otro Lorca que tuve la oportunidad de descubrir gracias a Lluìs Pasqual, con quien hice un taller en Venecia y me abrió las puertas a ese teatro imposible, a otro tipo de poesía, desde un lugar, una vehemencia y un conocimiento como tiene Lluìs de la figura de Lorca. Me enseñó a acercarme a él de una manera muy positiva. Después hice «El público» dirigida por Àlex Rigola. Durante casi un año hicimos muchos talleres, con estudiosos, uno con Lluìs precisamente. Viendo, escuchando, analizando mucho esa función, analizando de dónde venía él desde «Poeta en Nueva York»; leí la biografía de Ian Gibson y empecé a descubrir a la persona. Y luego, esas cosas que tiene el azar, me pidieron hacer algo sobre Lorca para Santander. Yo pensé: necesito hacerlo, porque siento algo aquí dentro con respecto a él y como no sé si me van a volver a ofrecer algún personaje lorquiano más, pues ya me lo armo yo. Y salió «Leyendo Lorca» desde la intuición, una cosa muy sencilla, pero, a nivel personal, muy importante, porque era enfrentarme yo sola a todos esos textos. Cada función de «Leyendo Lorca» supone para mí un crecimiento equivalente al de muchas funciones de otro espectáculo.

Lorca le ha marcado, pero ¿qué directores le han dejado huella?

Rigola sobre todo, con el que he hecho cuatro montajes y su figura ha sido para mí muy importante. Siendo muy joven, gracias a él, en Venecia descubrí grandes maestros, grandes directores, otros lenguajes, otras tendencias teatrales que aquí era difícil ver. Y descubrí también qué es lo que a mí me gustaba, qué es lo que me emocionaba, a dónde yo querría llegar, sabiendo que era muy difícil, pero también que hay que fijar el foco en algo. Todo ese imaginario se nutre de cosas increíbles, de montajes, de actores, de propuestas… Y eso te hace crecer mucho. Por eso Rigola es una figura fundamental en mi carrera. Además, fue la persona que me dio mi primera oportunidad profesional en una cosa muy arriesgada, muy loca, que marcó mi manera de entrar en esta profesión.

Recordemos esos montajes.

«Días mejores»«Rock’n’Roll», «El público» y… (hace una pausa, pensando que tal vez ha revelado algo que no quería) un proyecto que haremos el año próximo, por eso he hablado de cuatro, pero no puedo decir más, porque lo comentará él en breve, cuando presente la programación. En fin, puedo decir que, de alguna manera, Rigola me descubrió el teatro.

¿Otros directores?

Andrés Lima, que me dirigió en «El mal de la juventud», también tuvo mucha importancia en mi carrera, porque tiene una personalidad y manera de enfrentarse al teatro desde un lugar muy mágico y muy único. Me permitió hacer un personaje muy diferente a los que yo había interpretado, con mucha comicidad; disfruté muchísimo este montaje.

Era un gran trabajo de dirección; aún recuerdo la criadita que interpretó usted.

Contribuyó mucho a mi crecimiento como actriz. Luego Miguel del Arco («De ratones y hombres») y Gerardo Vera («El cojo de Inishmaan» y «Agosto») han tenido mucho también que ver en ese aspecto. Digamos que he crecido en un caldo de gente que me ha acompañado. Esa es la gente que va marcando tu vida, las personas de las que te rodeas. Hay cosas que uno no puede elegir, como la familia, pero sí puedes elegir quién te acompañará en el camino profesional.

«Debuté en “Mariana Pineda”. Tras la última función estaba tan triste que llegué a casa y escribí la obra entera en un cuaderno»

No me diga que pone reparos a su familia (bromeo).

¡No, no, no! (responde enseguida). Quiero decir que es algo que cuando naces está ahí y mi familia ha sido muy importante, sobre todo en mi desarrollo como persona y, de otra manera, como actriz, pero luego he creado mi otra familia con la que he descubierto el tipo de teatro que quería hacer, que quizás tenga poco que ver con el teatro que ha hecho mi familia de nacimiento, porque muchas cosas han cambiado, la época es diferente y eso es lo bueno: tener las dos cosas, como es mi caso.

Hablemos de su familia de nacimiento. ¿Recibió algún consejo de de su abuela, por ejemplo?

Mi abuela murió un año antes de que yo hiciera «Mariana Pineda» y no me pudo ver sobre un escenario. Y era la que más entregada estaba a la tarea de que yo fuera actriz. No digo que al resto no le hicieran gracia mis deseos, pero no sé si me tomaban muy en serio en aquellos momentos. Yo era muy pequeñita. Pero Irene sí lo vio y jugaba conmigo y hacíamos funciones de teatro las dos… Es un recuerdo que tengo muy presente.

¿Recuerda alguna función en la que viera trabajar a su abuela?

«Siempre en otoño», de Santiago Moncada (1993). Además de mi abuela, la interpretaban mi tía Julia y Amparo Baró. Es la función en la que mi abuela se puso enferma y que yo iba a ver muchísimo, siempre que podía.

¿Le gustaría interpretar alguna vez esa obra?

¿«Siempre en otoño»?... ¿Sabe que no recuerdo de qué va ni nada del texto? Solo las recuerdo a ellas y el cartel de la función.

Su tío Emilio, además de actor, es un estudioso del teatro, ¿le hace comentarios o le da consejos sobre cómo tiene que abordar usted algún personaje?

Sí, sí, claro. A veces. Siempre desde el cariño y con la intención de ayudarme a crecer. El día que vienen él o mi tía a verme es como… Bueno, bueno, a ver qué pasa. Me ha ayudado sobre todo cuando estaba empezando, luego descubrí esa otra familia… Pero al principio Emilio y Julia me ayudaron mucho. Mi tío sobre todo con el verso y a tener concepción espacial, saber lo que es un escenario. Me acuerdo de que en unas pruebas para una obra de teatro hace tiempo, mi tío, en su casa, me aconsejó que usara más la espalda… Son mil cosas. De donde tiene que salir la voz, cómo colocar el cuerpo… Los aspectos más complicados del teatro. Y eso va quedando. También Julia, por supuesto; además, hemos compartido personajes. Lo que hacemos nosotras es hablar mucho, hablar de teatro, de lo que vemos, de lo que nos gusta y lo que no, de cómo yo veo una cosa y ellos ven otra. Es muy enriquecedor, claro.

Con frecuencia acude a los estrenos en compañía de su madre. ¿También le da consejos?

Sí, ella es «script» de cine y le encanta el teatro. Me gusta mucho compartir con ella lo que hago, porque lo vive muy intensamente. A mí me encanta ir con ella y a ella le gusta acompañarme. Y también debatimos. Yo veo el teatro de una manera y a veces ella lo ve de otra. Hay discusiones cariñosas y eso está bien.

Se ha dirigido a sí mismo en «Leyendo Lorca». ¿Es un primer escalón para abordar otros trabajos de puesta en escena?

No sé, no sé. Creo que no. Yo no me veo capacitada, de verdad que no. Lo de Lorca era algo muy sencillo; de hecho, tampoco hay tanta dirección ahí, yo me planto y lo hago. Solo es un atril, un texto y cuatro luces, no hay nada más. Pero de ahí a ponerme a dirigir un espectáculo… Me siento más capacitada para obedecer. Tal vez dentro de un tiempo. Tampoco hace unos años pensaba que haría «Leyendo Lorca»... Quizás dentro de veinte años igual me atrevo o tengo esa necesidad o esas ganas, pero ahora no.

Habla de obedecer, pero la obediencia del actor es una obediencia creativa.

Por supuesto, hay que crear para dar vida a un personaje, pero siempre está el punto de vista del director y el actor está supeditado a eso, siempre. El director va imponer su criterio y a decidir cómo contar esa función y de qué manera, con qué lenguaje y con qué te va a arropar a ti. El actor puede aportar mucho a su personaje, pero luego eso hay que integrarlo en una estructura, y ahí sí que tiene mucho que ver el director.

Decía José Luis Alonso que los actores hacen las primeras funciones de una obra como el director quiere y luego, sobre todo si el montaje tiene éxito y se mantiene en cartel, la hacen como a ellos les parece.

(Risas) Bueno, pero yo soy siempre bastante respetuosa con las indicaciones del director. Además, trabajo con directores con las ideas muy claras, que apuestan por algo. Se pueden equivocar o no, pero están apostando por algo, yo confío en ellos y no me salgo de sus indicaciones. Y si luego no funciona, pues bueno, hemos recorrido un camino juntos.

«Al principio Emilio y Julia me ayudaron mucho. Mi tío sobre todo con el verso»

Creo que deberíamos hablar de «Blackbird». Déme detalles de su personaje.

Leí esta función hace años y me fascinó, me abrumó. Mi personaje se llama Una, es una mujer con una herida muy profunda, con un gran dolor. Una mujer muy solitaria que hace quince años tuvo un suceso que marcó su vida y que ahora, siendo muy valiente, se va a enfrentarse a ello para poder seguir adelante. Creo que es un animal herido más que una mujer fatal. La psicología de los personajes, cómo está escrito este texto, el nivel de poesía que hay por debajo, la situación que desarrolla, el conflicto moral que plantea… Todo eso me fascinó y pensé: de aquí a unos años me gustaría hacer esta obra. Llevo mucho tiempos intentando levantarla.

Se ha implicado a fondo, ¿no?

Muchísimo.

¿También como productora?

No, no pongo dinero, es una producción del Pavón Kamikaze y de la Comunidad de Madrid a través del Festival de Otoño a Primavera.

Y la dirige Carlota Ferrer.

Yo sabía que quería estar ahí con alguien de confianza y tenía muchas ganas de trabajar con ella, creía que el punto de vista de una mujer en esta función podría ser interesante. Si puedes, siempre intentas rodearte de gente de confianza, porque cuando te tienes que lanzar tanto y abrir en canal de la manera que exige esta función, pues mejor estar un poco protegida y sentirte cómoda.

Su oponente masculino es José Luis Torrijo.

Fantástico actor, que creo que aquí está haciendo un trabajo muy bueno, no sé si le habían dado muchas otras veces la oportunidad de hacer algo así. Tiene algo muy veraz, creo que era importante en esta obra que pareciera que es un hombre de la calle que han puesto ahí. Tienes que creerte mucho la historia y los personajes.

La traducción corre a cargo de José Luis Mora, un joven y brillante dramaturgo.

Me gusta mucho. Con Carlota y él hice su obra «Los cuerpos perdidos», sobre la matanza de mujeres en Ciudad Juárez, en la antigua Sala Triángulo, hoy Teatro del Barrio. Creo que Mora ha sabido sobre todo mantener la poesía que tiene «Blackbird», que es un texto muy Mamet en el sentido de que son diálogos, palabras entrecortadas, muy realista, pero, a diferencia de Mamet, tiene una gran poesía soterrada. Y Mora ha sabido mantener eso muy bien y darle vuelo en lengua castellana.

Si le parece, vamos a hablar ahora de cine, un medio en el que tampoco le va nada mal: ganó un Goya como actriz revelación.

Sí, ha tenido más presencia en mi carrera en estos últimos años. Antes había hecho pequeños papeles sin un gran desarrollo, pero últimamente me han dado la oportunidad de hacer personajes de mayor empaque en los que he podido construir algo. Me encanta el cine, me fascina, pero el teatro es un refugio que siempre cuida de mí.

«El cine ha tenido más presencia en mi carrera en estos últimos años. Antes había hecho pequeños papeles»

Decía Fernando Fernán Gómez que en el cine te pagan por esperar.

Bueno, ahora ya no se espera, porque no hay dinero para esperar y todo se rueda muy rápido, una o dos tomas y venga, cambiamos de plano. Acabo de hacer una película que se ha rodado así, no he tenido tiempo ni para respirar. Se llama «Bajo la piel del lobo», se estrenará en otoño y es el primer largo de Samu Fuentes. Una historia preciosa sobre la supervivencia, sobre el hombre como ser salvaje, la naturaleza, el destino, la fatalidad… Una película muy bonita, muy especial.

Dicen que la necesidad aguza el ingenio.

Y es verdad. Aguza también la atención, porque te obliga a estar atento, tienes que estar alerta para sacar eso adelante lo mejor posible.

¿Se ve capacitada para dirigir cine?

¡No, eso seguro que no! Es un lenguaje que domino menos. Me parece imposible que yo dirija una película.

Usted es ya un personaje popular. ¿Lo nota en el día a día?

No mucho. La gente que se me acerca suele haberme visto en el teatro, lo que es curioso. Aunque también cuando interpreté a Juana la Loca en televisión tuvo su momento y tal, pero lo que me gusta es que se trata de gente que se acerca a mí de manera muy respetuosa y para decirme algo bueno de mi trabajo, no es tanto para sacarse una foto conmigo, sino para comentarme que me ha visto tal día y le gustó lo que vio. Me pasó hace poco con una chica extranjera, yo iba andando por la calle y se acercó para decirme que había visto «Leyendo Lorca». «Yo estaba muy mal ese día –me dijo– y me hiciste sentir muy bien, y te lo tengo que agradecer». Es de las cosas más bonitas que me han pasado. Por eso «Leyendo Lorca» tiene algo muy importante para mí, porque veo que cala, al menos en algunas personas, no digo que tenga que ser en todo el mundo, pero cala de una manera especial; yo nunca había tenido esa recepción con otras funciones que he hecho.

Siguiendo con la popularidad, aunque usted es muy discreta, algunos medios han publicado informaciones sobre su vida personal, ¿eso le afecta?

A mí me gustaría que no se hablara de eso, la verdad, porque además es algo que no creo que a la gente le deba interesar. Me gustaría que se hablara de mi trabajo, porque es en lo que yo pongo toda la energía. No me resulta nada agradable que hablen de otros aspectos de mi vida. Es muy difícil mantener la intimidad y yo busco esa intimidad para poder desarrollarme mejor como artista. Intento no hacer caso de esas cosas porque, como me afectan, prefiero ignorarlas. Yo nunca hablo de mi vida privada, pero bueno, lo que me gustaría es que no se escribiera sobre ese tipo de cosas.

Pensando en el futuro, hay alguna obra que le gustaría hacer, algún proyecto, alguna fantasía...

Me gustaría trabajar en otro país, hacer teatro en otro idioma; es una experiencia que me gustaría vivir.

«La gente que se me acerca suele haberme visto en el teatro, lo que es curioso»

Y en otro idioma, ¿hacia dónde se dirigiría?

Pues quizás a explorar otro lenguaje. Descubrí a Jan Lauwers en la Bienal de Venecia y me gustaría trabajar con él. Me apetecería aventurarme en otros lenguajes en el ámbito europeo, con otro tipo de directores y poder aprovechar que estudié en un colegio inglés y hablo bien esa lengua… No sé, ponerme ese reto.Tampoco he hecho ningún Shakespeare, lo he estudiado un montón, lo he trabajado, pero nunca lo he interpretado y me gustaría.

¿Qué personaje, por ejemplo?

Es que hay tantos… Me gusta Ofelia, pero se ha hecho bastante. Desdémona me encanta, es un buen personaje, y lady Macbeth, claro. Me gustan Viola, Rosalinda y Julieta. Mucho, mucho, mucho. Y también García Lorca, por supuesto. Acabo de comprar en Londres una versión de «Yerma» que se ha hecho allí, y tengo mucha curiosidad por ver cómo se ha trasladado ese conflicto aquí y ahora. Aunque si yo hago «Yerma» quiero mantener el texto de Federico, obviamente, pero me interesa saber qué plantean en esa función en Inglaterra.

Lorca es uno de los autores, no hay tantos, que han escrito preferentemente grandes personajes femeninos.

Sí, porque las mujeres de Shakespeare suelen ser personajes potentes, pero siempre son secundarios, o la mayor parte de las veces. Pero en cambio, en el teatro de Lorca todos los papeles protagonistas son mujeres.

¿Ha hecho alguna vez teatro en verso?

Nunca

Es otro reto.

Y me gustaría muchísimo.

Además, ha trabajado con Vicente Fuentes, cuyo magisterio es fundamental en la Compañía Nacional de Teatro Clásico.

Creo que Vicente es una figura muy importante en nuestra escena. Es una persona que me atrae porque evoluciona, nunca se estanca. Evoluciona con todo lo que evoluciona a su alrededor. Y lo que nosotros aprendimos de verso hace unos años, él ahora lo ha transformado porque ha trabajado con otros directores que han modernizado eso y él se ha adecuado a ese nuevo lenguaje. Y eso me parece que no lo hace casi nadie. Por eso es un gran maestro. Ha creado un sitio que se llama Fuentes de la Voz, que está en una casa que compró en medio de la montaña. Yo he ido un año y pienso seguir haciéndolo siempre que pueda. El año pasado hicimos un curso con Carles Alfaro sobre «La vida es sueño». Se trabaja en profundidad. Estás cinco días, duermes allí, cocinas con la gente de tu grupo... Como en un campamento, pero en el que se investiga, se habla del verso, de Calderón. Se trabaja y se analiza una obra, es una maravilla.

Pienso ahora que sus ocios se los dedica al teatro, cursos en la Bienal de Venecia, en Fuentes de la Voz… ¿nunca se toma unas vacaciones más o menos convencionales?

(Risas) ¡Qué horror! Tiene razón, parece horrible.

Pero a usted le gusta.

A veces resulta aburrido porque estás con gente de teatro y hablas solo de teatro.

En todos los gremios debe de ser parecido. Tendría que escuchar de qué hablamos los periodistas.

Ya, a veces lo pienso y me digo: ¿es que no puede haber otra cosa? Por eso me dan ganas de aprender a tocar algún instrumento o algo así, no sé, otra cosa (más risas). Pero bueno, la verdad es que también disfruto de ratos de ocio, me voy de vacaciones, me río y tengo amigos que no están relacionados con la profesión. Es cierto que el trabajo en ocasiones te come, pero es lo que da sentido a tu vida, eso es así y tampoco hay que huir de ello. Por otra parte, pienso que para ser realmente un buen actor hay que sacrificar otras cosas. Bueno, no quiero decir eso, no para ser un buen actor, sino que para ser un actor comprometido y para lo que realmente implica eso, sí hay cosas que uno sacrifica.

¿Usted ha sacrificado muchas?

(Duda) No, porque para mí no ha sido un sacrificio, sino algo muy bueno que me ha traído muchas otras cosas buenas. Al cabo, se trata de tomar decisiones y tener prioridades.

«Dentro de un montón de años me imagino trabajando, si me deja mi cuerpo; en pie mientras aguante»

¿Cómo se imagina dentro de un montón de años: con una carrera como la de Greta Garbo, que se retiró pronto para que sus admiradores la siguieran recordando joven, o como la de Bette Davis, al pie del cañón hasta el final?

Yo hasta el final, si me deja mi cuerpo; en pie mientras aguante. Es que si no, me voy a aburrir muchísimo.

¿Para usted no hay mundo fuera de la interpretación?

Claro que sí, hay mundo fuera. Pero sé que necesito estar ahí para sentirme viva y no aburrirme.

Vamos, que no se ve siendo otra cosas que no sea actriz.

No. A lo mejor lo tengo que hacer, porque llegue un día que no me ofrezcan nada. Pero espero estar construyendo una base lo suficientemente sólida como para que eso no me pase.

Proyectos inmediatos, aparte de la película que se va a estrenar y de ese montaje del que aún no puede hablar.

La verdad es que tengo tres obras para 2018, pero realmente no puedo aún comentar nada. Puedo decir que los tres proyectos son bastante diferentes; todos son muy especiales, pero hay uno que haré con gente joven con mucho talento, cuyo trabajo aún no se conoce aquí, en Madrid; creo que va a ser algo muy bueno. Quiero también regresar a este teatro, al Pavón Kamikaze, que forma parte de mi familia, y espero volver con «Leyendo Lorca», aún tenemos que ver cuando, pero espero que sea la temporada que viene.