La gruta donde Cervantes se ocultó durante una fuga en 1577
La gruta donde Cervantes se ocultó durante una fuga en 1577 - EFE
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Informe sobre el cautivo más célebre que pasó por Argel

Este volumen pretende ofrecer un texto fundamental para conocer el cautiverio de Cervantes entre 1575 y 1580, que no contaba hasta hoy con una edición crítica

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Este es un libro cervantino que no está escrito más que de forma casi imperceptible por Miguel de Cervantes. Pero sabemos hasta qué punto importa su autor en las letras españolas, y cómo cualquier papel que proyecte luz sobre su biografía tiene un gran valor y es analizado hasta el último detalle, aunque no sea más que porque concierne al autor del «Quijote». La « Información de Argel», admirablemente editada por uno de nuestros filólogos jóvenes con más futuro, el navarro Adrián J. Sáez, es un compositum de varios textos: la «Información de Argel» propiamente dicha, el «Informe de Madrid», la «Certificación del duque de Sessa» y una carta escrita por el propio don Miguel el 21 de mayo de 1590 en la que hace memoria de los servicios prestados por él mismo a su Majestad católica y solicita alguno de los cargos entonces vacantes en el Nuevo Mundo.

Como puede verse, la mano de Cervantes está bastante difuminada, pues en la «Información de Argel», por ejemplo, tan solo es responsable de un párrafo introductorio (la petición de rigor que se inicia con la fórmula protocolaria «Ilustre y muy reverendo señor») y de las veinticinco preguntas del interrogatorio, pero no de las respuestas tediosas y repetitivas de los doce testigos (once más uno para ser exactos, pues el último se añade al final).

Construcción del autor

La finalidad de esta edición es doble. Por un lado, pretende ofrecer, de forma inmaculada desde el punto de vista ecdótico, un texto, fundamental para conocer el cautiverio argelino de Cervantes (1575-1580), que no contaba hasta la fecha con una edición crítica como Dios manda y no estaba, por lo tanto, disponible para el lector (el estupendo libro « Miguel de Cervantes: los años de Argel», de Isabel Soler, publicado por Acantilado en 2016, no es propiamente una edición, sino una antología comentada). Además, se completa así la serie de los Cervantes de Cátedra en su benemérita colección «Letras Hispánicas» (de la que constituye la entrega 813, un guarismo que impresiona: el número 1000 ya no queda lejos). Se anuncia para dentro de poco en la misma colección una nueva edición de los «Entremeses» cervantinos –en sustitución de la anterior, firmada por Nicholas Spadaccini– a cargo de Adrián J. Sáez, que ya publicó las « Poesías sueltas» de Cervantes y que prepara, asimismo, otro tomo con las poesías insertas en las novelas cervantinas y las atribuidas al autor del «Quijote».

Trata de poner orden y concierto sobre cuestiones como la supuesta condición homosexual de Cervantes

Por otro lado, el objetivo de la edición que nos ocupa es tratar de examinar con una mirada limpia, ajena a ideas apriorísticas y prejuicios, un texto de construcción de la imagen autoral (heroica, como corresponde) y de defensa frente a las insidias y acusaciones que menudearon contra Cervantes al conseguir ser rescatado y volver a la patria. Todo ello en el marco del regreso del cautiverio y de la búsqueda de una reinserción (militar o cortesana) y dentro del género en que se inscribe este tipo de documentos burocráticos (formulación de preguntas a testigos «acerca –en este caso– de los servicios y padecimientos prestados y sufridos» en Argel por el cautivo más célebre que pasó por sus baños).

Todo ello, asimismo, con el noble propósito de poner orden y concierto entre la marabunta de opiniones emitidas últimamente por tirios y troyanos sobre la supuesta condición homosexual de Cervantes, que habría ejercido como una especie de favorito de Hasán Bajá, o sobre su supuesta actividad como traficante de cautivos, etcétera.

Al cabo, lo que importa es que aquellos cinco años de reclusión de Miguel de Cervantes en Argel dejaron una impronta muy positiva en su literatura dramática (recuerdo, por ejemplo, lo bien que lo pasé en 1992, adaptando para la escena «La gran sultana» para mi inolvidable Adolfo Marsillach) y en su narrativa, como atestigua la historia del cautivo (capítulos XXXIX-XLI de la primera parte del «Quijote»).