Julián Marías en la época en que viajó a la India
Julián Marías en la época en que viajó a la India
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La India bajo la mirada de Julián Marías

Un volumen recopila los lúcidos artículos escritos por el filósofo tras su periplo por la India a finales de la década de 1950

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Cuenta Julián Marías que el verano que cumplió los diez años (es decir, en 1924) hizo «un descubrimiento importante y de largas consecuencias: el papel de escribir no era caro, como había supuesto siempre, sino que estaba al alcance de mi infantil bolsillo». Compró un ciento de cuartillas blancas y las atacó con su pluma. Su intención era escribir una novela de aventuras que tuviera como escenario la India. «No sé adónde fue a parar el interminable e inconcluso manuscrito de mi novela de los diez y once años. Pero la India no se perdió. Había sido demasiado tiempo escenario de mis sueños». Así rememora el discípulo de Ortega y Gasset una pasión unida, primero, por un hilo imaginario, y después por una realidad vivida. Vio cumplido el anhelo de su infancia en el verano de 1959, cuando contaba 45 años, con ocasión de un congreso de Filosofía.

Producto de aquel viaje son una serie de artículos que se publicaron en su día en ABC y en la prensa iberoamericana, recopilados por Revista de Occidente en los años 60 y ahora por La Línea del Horizonte en una coqueta edición de bolsillo (literalmente). En su periplo, algo más de una década después de que la India se sacudiera el dominio británico, recorrió Bombay, Bangalore, Mysore, Chennai, Calcuta, Delhi y Agra. Marías destierra la tentación de convertirlos en algo «suyo»: «Cuando lo que nos pasa es nada menos que otro mundo, nuestra vida en alguna medida se dilata y transforma», escribe. «El hombre que se asoma a ese mundo enorme, vario, conmovedor, atroz y tierno, que se llama la India, se detiene un momento, sobrecogido de respeto y de amor a la realidad, ante la puerta abierta».

En Imagen de la India, la prosa transparente de Marías se detiene en unos ojos que «duelen de negros, con un negror que a veces se derrama y sugiere lágrimas». En las grandes aglomeraciones humanas. En una pobreza que rezuma dignidad. En el pausado aleteo del sari. En los arrozales anegados donde se refleja el cielo. En los perfumes violentos que acompañan las ceremonias. En la ubicuidad de las vacas. A nadie que haya viajado a la India le resultará ajeno lo que Marías contó, de forma muy bella, hace seis décadas. Y a los neófitos, un consejo, plenamente válido hoy: «Buscad el asiento delantero, y mirad».