Ignacio Carrión, en un parque de Valencia, ciudad a la que ha vuelto para estar, ahora sí, a gusto
Ignacio Carrión, en un parque de Valencia, ciudad a la que ha vuelto para estar, ahora sí, a gusto - Mikel Ponce
Libros

Ignacio Carrión: «Si escribiera cuando soy feliz pensaría que lo escrito es cursi»

El periodista y escritor acaba de publicar «Cartas a Lola», que no tuvieron respuesta («Pensaban que estaba colado por ella»). Su gran obra son sus diarios, un extraordinario ejercicio de constancia y sinceridad brutal iniciado en 1961. Abarcan 50 años de la Historia de España, que él llama «Engaña»

VALENCIAActualizado:

Hay varios libros por el suelo, como debe ser cuando se escribe y se lee tanto. En la estantería, apretándose, tenemos a Günter Grass, Valéry, Tsvietáieva, Wittgenstein y Pavese. Kafka tiene reservado un amplio espacio en la balda inferior. A mano izquierda hay un estuche con plumas estilográficas, un teléfono antiguo de sobremesa y un cuadro de una cara con barba frondosa pintado por un niño y en donde pone «Papá». Se trata del despacho en Valencia de Ignacio Carrión (San Sebastián, 1938), historia viva del periodismo patrio (ABC, EFE, «El País»...), Premio Nadal por una novela sin comas y agitador del «establishment» cultural con sus diarios iniciados en 1961, un recorrido por los últimos cincuenta años de la Historia de España vistos con una mirada burlesca e incisiva. Pero, sobre todo, se trata del recorrido psicosentimental de los últimos cincuenta años de un hombre en busca de su salvación. Desde la honestidad brutal. Adicto a la escritura, Carrión acaba de publicar «Cartas a Lola», que no le contestaba. Como el Herzog de Bellow, no mandaba esas cartas, solo las escribía y las guardaba. Ahora se está tratando de un cáncer y se siente con fuerzas: escribe. Sus diarios comienzan en Viena, con un chaval de 23 años en la consulta de un prestigioso psiquiatra que le ordena extender los brazos y ponerse a temblar: «Tiemble, tiemble todo lo que pueda».

Aparte de la experiencia austriaca, se psicoanalizó después.

Era ya mayor, tenía ya 65 años. Lo hice durante siete años, yendo y viniendo a París una vez al mes. O sea, que me dejé una pasta. Pero fue una gran enseñanza. Tenía mucha curiosidad no solo por estar casado con una psicóloga lacaniana, sino porque había leído a varios escritores que estimaban interesante la experiencia. A mi psicoanalista, sin que la transferencia me hiciera levitar, lo considero un buen analista; a mí me ha servido. Viví una infancia de odiarlo todo en silencio, en el sentido de que los trapos sucios se lavan en casa. Una de las cosas que atribuyo a esta necesidad de contar, que algunos creen impúdica, se debe a que yo estaba callado en el problema doméstico, en el gran conflicto en la familia, que llegó incluso a que exorcizaran a mi madre en mi presencia. Vino el padre Colomer, un franciscano... Tenía 12 o 13 años. El psicoanalista me dijo que eso fue un maltrato, que había que sublimarlo a través de la escritura. De alguna manera, superarlo así, una especie de metabolización del dolor.

¿Cree que una infancia tan convulsa le hizo más fuerte o más débil, o las dos cosas?

Creo que las dos cosas.

¿Se puede superar?

Se puede intentar superar, dejarlo atrás con los diarios, e incluso pensar que todo aquello mereció la pena: pasarlo para tener esto. Pero la felicidad no está ahí. Le confieso que si escribiera cuando soy feliz, me parecería que lo que escribo es cursi. Escribo, primero, para no tener que jamás escribir ni memorias ni chorradas. Un escritor aclamado, el que quieras, pongamos Muñoz Molina, no necesita escribir esto que hago yo. Hace ficción. Una vez le pregunté a Vargas Llosa: ¿Tú escribes diarios? «Uf, no. No podría escribir ficción». Es como cuando vienes de viaje y empiezas a destriparlo en la primera conversación o cena. Así yo estoy poniendo en peligro lo que voy a contar. Retengo ese impulso fantástico de contar y lo guardo. Por eso entendí a Vargas Llosa también. Lo guardo porque si escribes aunque sea mentalmente una frase, te puede determinar. Nunca se cómo voy a escribir un libro o un reportaje, hay una cierta habilidad.

«El psicoanalista me dijo que había de sublimar la infancia a través de la escritura. Superarla así, una especie de metabolización del dolor»

¿Es un tipo conflictivo?

Personalmente no soy el prototipo de tío conflictivo, que llego y tengo gresca y tal; para nada. No soy conflictivo en ese sentido, soy conflictivo conmigo mismo, lo cual genera una mirada del mundo que es una mirada conflictiva. Parece que siempre busco el defecto, en la persona, en las cosas, en cómo se abre un bote y por qué no lo han hecho de otra manera… Es decir, no soy conformista, tampoco conmigo. Soy muy autocrítico.

Cierto, se aplica el cuento.

Han dicho que el que mejor queda en los diarios es el perro. En el fondo mi intención no es demoler, es reírme un poco. Es que cuando un director de un periódico te dice una chorrada, lo pones.

Ha cumplido el sueño de muchos periodistas -y me consta que algunos lo han intentado- de apuntar todas las chorradas que escuchaba en la redacción… ¿Hubo gente que se picó?

Uno dijo que si aparecía por Madrid iba a por mí. Y un día lo vi pasar y digo: «Peligro de muerte». Yo me permití decir que era tonto. Pero es que él cargó contra mí desde la revista que tenía, decía que yo utilizaba el lenguaje de los nazis. ¿Dónde está el lenguaje de los nazis? Si lees a Klemperer y el libro sobre el lenguaje de los nazis… Y también decía: «Absolutamente prescindibles»…

¿Qué no es prescindible?

Todo. Ikea… La gente no quiere más que verse favorablemente retratada. Otros sujetos de otros países, Inglaterra o Francia, son más tolerantes para esas cosas.

¿Entiende que alguien se haya enfadado?

Según personas y según tu mirada de la reacción. Escribo como si yo hubiera muerto y todos hubieran muerto, como es el deseo de tantos escritores. No es que sea impúdico, tal vez soy un poco temerario. No soy adulador, soy como un burro un poco apestado que muchas veces lanza coces. Pero también sé dónde hay ternura. A mi primera mujer o mis hijos, creo, muestro ternura. Pero no le digo esto por decirlo, es que sé que en los originales hay mucho más de esto [solo se ha publicado el 15 por ciento de los diarios]. La selección que se hizo tal vez incidió un poco no en el escándalo o la venganza, porque no es ese mi propósito… Un profesor del seminario de Filosofía al que asisto, Joan Linares, experto en Nietzsche, me dijo: «Si yo fuera tu mujer, ya te habría pegado dos hostias».

¿Y el cabreo, por ejemplo, de su exmujer?

Sí, pero no para estar enfadados 25 años. Mis hijos han optado por no leer. Mi hija María, que es muy inteligente, en mi última estancia en Estados Unidos (donde Carrión vivía con su exmujer), niega que esos fueran los motivos de la separación. Ella interpretó que yo fantaseaba con que otra mujer hubiera entrado (en la vida de su expareja). No he conseguido nunca en ninguna conversación, porque eso se vuelve muy intenso, que puedan reconocer que yo dejé Estados Unidos porque apareció Chus [su pareja posterior] en el horizonte. A Chus la conocí con 12 años. Esa no es la historia. A lo mejor habríamos sido amantes, puede que sí. Pero la historia es la obcecación. Es decir, sentirte protagonista en una novela que te zahiere, que dejas a la familia incluso, a tu propio padre… Una vez me dirigió una carta y nada más. El mundo está lleno de peleas y reencuentros, esa especie de erratas, errores y horrores. El nuevo tomo de los diarios lo voy a cerrar con algo positivo, no con una enfermedad. Esa es mi decisión. Y no es lo de «No van a tener nada más de esto», no es Uriarte, con todos los respetos. Yo, como me dijo la Balcells: «Vas a estar escribiendo hasta el último momento».

«No soy un conformista, tampoco conmigo mismo. Se ha dicho que en los diarios el que mejor queda es el perro. Mi intención no es demoler sino reírme»

Reconoce ser adicto a la escritura...

Cuando realmente estás en condiciones no te planteas si estás cansado o no. Cuando viajaba y llegaba al hotel, donde el tiempo es distinto y no tienes que preocuparte por los problemas familiares, me tomaba un whiskito, la cenita, y me ponía a escribir. Incluso cansado y fatigado, me ponía… Es tan adictivo que te puede, es decir, casi no decides tú. Creo que la escritura me ha mantenido en los márgenes, relativos pero suficientes, de la cordura. Porque muy probablemente todas las apuestas podrían haber ido a que yo fuera un psicótico, con aquella melé en casa, con una madre que corta el hilo del teléfono y te deja allí con ella y no puedes llamar para que te echen una mano. En las familias pasa eso, hay uno, si son varios hijos, que parece que es el que está pidiendo el sacrificio. A mí me tocó eso, mi hermano salió por pies, mi hermana se casó con un noruego para salir por pies, y yo tuve que salir por pies, después de unos años todavía en la casa paterna, a Viena, para que me viera, sin saber alemán, el profesor Frankl, famoso en todo el mundo…

Que le exige que tiemble.

Ante los médicos y enfermeras, a alguien cuyo problema había sido el pavor. Siendo niño, yo los miércoles no iba al colegio porque hacían leer de pie, sosteniendo el libro, y temblaba. Un niño que hace eso a los ocho años puede ser la risa. Y no iba a clase y me quedaba con el pretexto de la jaqueca. Luego pillé las enfermedades, las fiebres reumáticas, y una serie de cosas me mantuvieron en la cama. Desarrollé un oído muy fino, identificatorio, unos pasos que avanzan por el pasillo... Los conocía: es el practicante que viene a pincharme, es mi padre que viene con ganas de verme y marcharse,… No estoy haciendo un número de víctima, es un número de comprensión. Escribí una carta durante el análisis a mi padre, con mi padre todavía vivo, no como en el caso de Kafka. Una carta muy dura, pero para nada reivindicatoria. Fue en París, durante el análisis. Mi padre, a diferencia del de Kafka, vivía. No, perdone, porque empiezo: «Ya estás en el ataúd…». Es una carta que en su momento me gustaría publicar.

¿Hay más cosas que no se haya permitido publicar?

Hay alguna cosa más. Las cartas que crucé con mi madre estando en Viena, tampoco. Y luego, las que le mandé a Chus, ella las destruyó. Es muy común. Lo acabo de leer en las cartas a Milena, de Kafka, que para mí es un autor importante. Ese otro material creo que ni siquiera estoy en condiciones de releerlo. Prefiero no hacerlo.

«Cartas a Lola» es un proyecto muy singular, también escribió una novela sin comas, «Cruzar el Danubio», que ganó el Nadal… Cuando a Miguel Noguera, una especie de humorista genial, le pregunté si es tan listo como parece, respondió que más bien se permite hacer determinadas cosas. ¿Usted también se da ciertos permisos?

Sí, estoy de acuerdo. En este caso, por haber aguantado escribiendo para una Lola imaginaria. Con la coincidencia además de que el redactor jefe de La Vanguardia, García-Planas, me contestara con 29 años de retraso... Y lo de las comas es porque las odio después de haber tenido que traducir mucho italiano y leer mucho italiano. Entonces me parecía que yo tenía que hacer ese esfuerzo ( en una entrevista del año 95 Carrión dijo tener «todo en contra» del exceso de comas)

¿Qué proyectos maneja ahora?

Estoy con «Dinero, inventario, ruina». Es un libro fragmentario, un poco enloquecido, en el que el protagonista es un donante de esperma. Y hay muchísimas cosas inéditas. Tengo otro, que incluso se lo pasé a la Balcells, «Tomates para mi viejo», que es una historia de un padre al que su esposa le abandona y el hijo se queda con él. Y luego otro con la historia de todas mis casas. Se inicia contando el horror de estar siempre viviendo en la misma casa, citando la biografía de Primo Levi y su lanzamiento por el hueco de la escalera. Y se van sucediendo esas casas en orden cronológico, desde la primera en San Sebastian que he ido a visitar varias veces sin poder entrar en el piso. Son chorradas, pero es que todo es una chorrada. A mí me interesa mirar, reflexionar, sin mayor ambición que dar con una frase… Los aforismos sin querer los produces. Y hay casas con las que te ríes mucho. En Inglaterra, en Estados Unidos o en España. Pero yo me vendo muy mal.

«Me esfuerzo por ser de otra manera», escribe en sus diarios de juventud. A estas alturas, ¿ha aprendido a quererse, a apreciar su forma de ser?

Al menos, a no despreciarla. A ver que es mi manera de ser, que no es la mejor de todas, qué duda cabe. Pero, ¿quién puede presumir de eso? Me he reconciliado con muchos aspectos de la vida. Y ahora, con la enfermedad y esas «small hours»... Desde muy pequeño, que no tenía libros en casa, solo estaba en la Iglesia, y luego con mi madre y sus libros de Unamuno y la bebida, y mi abuelo materno, que era muy rico… Pienso que todo ese contexto he salido lo mejor que podía salir. Y, volviendo a algo que me importa mucho, que es el equilibrio mental, habiendo pasado por temporadas complicadas, creo que la escritura me ha ayudado mucho. Esa en especial, no la que considero comercial: los artículos, estar en un periódico y pasar a otro. Me ha gratificado instantáneamente, pero un artículo es perecedero. Me gusta y me siento orgulloso de haber tenido la fuerza, esa perseverancia, que al mismo tiempo me ha permitido seguir funcionando. Pasar por esos tragos me hubiera costado más.

«Cuando me vaya ahí, al vacío, aparte de que alguna cosa dejo, sé que en cierto modo voy a dejar a una persona que ha sido feliz conmigo»

¿Podría haber estado con una mujer que no fuera aficionada a leer?

Difícil. Si hubiera respetado lo mío, sí. Pero a la larga… Y más en la actualidad, con las facilidades que hay para casarte y separarte. Creo que no. A lo mejor hubiera tenido una amante, pero no una pareja.

Estudia criminología. Y luego periodismo, porque quiere «tener un trabajo, vivir de ese trabajo, que mi familia prospere y que la niña tenga todo lo necesario». Ahora no sé si se tendrá tanta ambición…

Era una aspiración que entonces tenía un sentido y ahora probablemente no se la plantea nadie, ni en periodismo ni en otras muchas cosas. Es un momento muy complicado. En algún momento he escrito que la «Marca España» es que España se engaña y los españoles somos «engañoles». Porque hay mucho engaño y autoengaño, como un engaño colectivo. Este país se engaña, empezando por la clase política, empresarial; por el periodismo también muchas veces...

En un momento no le contratan porque solo buscaban periodistas consagrados y jóvenes robotizados.

Es un criterio miope, parcial e interesado. A la gente hace falta darle tiempo para que se construya una firma, como todos sabemos. Y el tiempo exige tenacidad, constancia. Ahora Jabois, a quien yo no conocía, y si no se descuida, puede dar algo a ese periódico que antes no estaba. Diría que un periodista (escrito) lo primero que tiene que saber es mirar. Porque la mirada escribe. Hay una frase que para mí es importante: «Deja que el cuerpo piense y que la mente ocie». Hay un momento en el que, empeñados en racionalizarlo, muchas veces no escuchamos el lenguaje del cuerpo. La señora ecuatoriana que viene aquí a limpiar dijo el otro día: «Con más luz nos vemos mejor las caras pero menos los corazones».

«He aprendido a no despreciar mi forma de ser, que no es la mejor de todas, qué duda cabe. Pero ¿quién puede presumir de eso?»

En la época preconstitucional, encuentra la libertad en sus diarios. En democracia, también. ¿Qué restringe su libertad en supuesta libertad?

Pues que yo viviera la vida como la vivo en los diarios, que fuera a un restaurante y que en vez de hablar de lo buena que está la salsa hablaran de sexo. Ya que lo tienes que oír… Yo me siento muy libre cuando salgo de mi país, cuando salgo de «Engaña» y me voy a otro país en donde soy extranjero. Ese privilegio de vivir en un sitio donde tu afectividad no se ve tan implicada con las cosas que ocurren a tu alrededor y que no puedes manejar.

Tiene a Chus en mente durante más de 30 años. ¿Qué supuso poder compartir su vida finalmente con ella?

Acudió a Nueva York cuando yo era corresponsal en Washington. Sola, naturalmente. Hacía mucho que no la había visto, tendría cuarenta y algo. Estaba tan emocionado, tan aturdido, que cuando cogimos el taxi yo salí por el lado que no hay que salir. Y me rozó un coche a la velocidad que van en Nueva York. Ahí pudo haber acabado la historia.

Por este lado, ha triunfado.

Me produce un sentimiento, además de triunfo, también de tranquilidad, pensando que cuando yo me vaya ahí, al vacío, aparte de que alguna cosa dejo, sé que voy a dejar a una persona que en cierto modo ha sido feliz conmigo. Y la mejor cosa que me ha ocurrido últimamente es que mis hijos se han acercado. Cuando mi mujer ha leído fragmentos del diario, que le han dado dolor de estómago, ha dicho: «Pero ese eres tú, no pasa nada». Le dolió cuando me enrollé con Robin la última vez. Fue una situación que pude haber controlado y no lo hice. Me gusta el sexo, las mujeres me han gustado siempre. No fui para nada precoz en el sexo, ni en lecturas. A mí las mujeres me han salvado. La escritura y las mujeres, especialmente si he podido tener sexo. Muchas veces el sexo acaba demasiado pronto en la relación con las mujeres interesantes. Pero esas cosas esporádicas a cualquier tío le gratifican.

«Llegas a una edad en la que para qué quieres repetir sufrimientos y pesares, para qué más....», ha anotado. ¿Tiene miedo a la muerte?

Creo que la muerte siempre es repentina. Otra cosa es la agonía, para la cual hay lenitivos... Tengo un testamento vital para que no me torturen, porque lo he visto muy de cerca. Para mí es creer en el vacío. Es como cuando sueñas que caes, como cuando te anestesian, que te despiertas pero ahora no te despiertas. ¿Qué miedo hemos de tener a eso? Luego ves en las noticias qué muertes más horribles tiene la gente. Cuando era joven, me quería hacer viejo. Pero no como el adolescente que quiere ser más viejo. No, cuando ya era un hombre de cierta edad quería ser más viejo, no para alcanzar la muerte, sino porque siempre he tenido una especie de extrañísimo deseo de no tener mi edad, de no coincidir con mi edad, de tener más años.

.

.