Kirmen Uribe, autor de «La hora de despertarnos juntos»
Kirmen Uribe, autor de «La hora de despertarnos juntos» - Ricky Dávila
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«La hora de despertarnos juntos», compromiso nacionalista

Muy idealizada y parcial es la reconstrucción que Kirmen Uribe hace de la historia del exilio vasco

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Kirmen Uribe (Ondarroa, Vizcaya, 1970) fue muy celebrado en ABC Cultural cuando trazó en «Bilbao-New York-Bilbao» un emocionante homenaje al euskera, su lengua materna y literaria. No es distinta posiblemente la fuente de amor a su patria que inspira «La hora de despertarnos juntos», muy reconocible y respetable. Sin embargo, su resultado literario se resiente bastante por haber trazado una sinécdoque, a mi juicio acrítica y desafortunada, que propicia el salto que interpreto como talón de Aquiles de esta reconstrucción histórica de la tragedia de una familia vasca, la de Txomin Letamendi y Karmele Urresti. Esa sinécdoque la ofrece el autor cuando, al inicio, afirma: «La vida de una familia, sí, pero también, ¿por qué no? La historia de todo un pueblo» (p. 12). No se refiere tal sinécdoque al pueblo de Ondarroa, sino al pueblo vasco, tomado como entidad uniforme, que durante toda la novela se vincula sin distinción a los nacionalistas y al PNV en el exilio.

Uribe, posiblemente sin calibrar las consecuencias de ese sesgo, trabaja contra su propia novela, puesto que lo que podría haber sido la reconstrucción de una historia compleja, poliédrica, llena de luces y de sombras, en la que sobresale y resulta emocionante el espíritu y abnegación de Txomin y de Karmele, dos grandes personajes que fueron víctimas de su militancia antifranquista, se vincula con José Antonio Agirre, el lendakari en el exilio, y otras figuras como Manu de la Sota.

En la misma celda

Pero ese salto desde lo particular vivido por una familia (lo mejor de la novela) a lo general histórico y político no resulta tan fácil de dar. Puede hacerse, claro, pero obliga a la novela a convertir toda la historia del exilio en una lectura parcialísima que oculta mucho, puesto que en este libro quedan sin ser representados los socialistas, los comunistas y los anarquistas.

¿Cómo puede transcurrir en París o Saint-Denis y que sólo aparezcan peneuvistas? ¿No hubo antifranquistas que no fueran nacionalistas? Le habría bastado a Kirmen Uribe con haber mirado a los que no eran vascos y estaban al lado, en la misma celda de su protagonista, o bien a los que eran vascos en la misma prisión, pero encarcelados por ser socialistas, comunistas o anarquistas.

Kirmen Uribe hace reconstrucciones muy idealizadas de los orígenes del nacionalismo. Tendría que haberse acordado de un vasco como Ramiro Pinilla, quien en su trilogía «Verdes valles, colinas rojas» representó las profundas contradicciones en el seno de la sociedad vizcaína; o bien, para el caso de ETA, haberse planteado representaciones literarias mucho más críticas, como las de Bernardo Atxaga; o haber considerado lo que cuenta la última novela, simultánea a la suya, de Fernando Aramburu, « Patria», en la que el cainismo anida en una sociedad menos armónica e ideal que la que Uribe llama pueblo vasco.

Qué peligroso

El problema nuclear de esta novela lo evidencia el antetexto de Carlos Fuentes elegido: «Conocía la historia. Ignoraba la verdad». ¡Qué peligroso es contraponer la verdad a la historia! Solamente una religión (y no una novela) puede decir que la verdad está por encima de la historia. Y señalo esto, además, porque no merecen Karmele Urresti y Txomin Letamendi pasar por mártires de una verdad que esté más allá de la historia. Porque ellos fueron víctimas de una historia poliédrica, llena de aristas, en la que finalmente muchos de los que dicen tener la verdad de su pueblo han matado a sus hermanos, tan vascos como ellos, pero distintos.