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«Homeland» y «24»: los hilos y las sombras

Estas series comparten elementos comunes (tensión dramática, agilidad, facilidad de consumo) y un debate de fondo apasionante: la eterna pugna entre seguridad y libertades

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La serie 24 inauguró el siglo de las conspiraciones. Su estreno estaba previsto para el 11-S. Hubo que retrasar su presentación unas semanas, pero llegó en el momento justo. Transcurría en tiempo real (o casi) y logró que un recurso tan viejo como la pantalla partida oliera a nuevo. Innovó en varias direcciones. Nadie hizo más por llevar a Obama a la Casa Blanca. Dennis Haysbert, que daba vida al presidente David Palmer, era la encarnación perfecta del político íntegro y eficaz.

Tampoco se puede decir que fuera especialmente amable con las minorías. Los malos eran sistemáticamente extranjeros a los que Jack Bauer (Kiefer Sutherland) no dudaba en matar y torturar. En ocho temporadas, hay registros, acabó con 267 personas. Era un Harry el Sucio del espionaje, un personaje que a John Le Carré o Graham Greene les habría desagradado escribir. Incluso en House of cards los villanos tienen otro estilo. Si Bauer tenía que arrancarle los ojos a un sospechoso para obtener una pista, lo hacía sin pestañear (el otro menos, claro).

El legado

La serie ha regresado al canal Fox. En 24: Legacy sigue la pantalla partida, el contador de tiempo y las carreras frenéticas. Y el protagonista aún no tiene un manos libres, pese a que conduce y habla por el móvil sin parar. La gran novedad es que el héroe ya no es blanco.

Heredera de este grandísimo éxito es Homeland, también producida por Howard Gordon y Alex Gansa. Los dos ejecutivos ayudaron asimismo a crear Expediente X, que comparte la obsesión con los mecanismos ocultos del poder y las conspiraciones.

Homeland, que acaba de estrenar su sexta temporada, también intentó adelantarse a la realidad al darle el despacho oval a una mujer. Fallaron el tiro por poco, pero su retrato de la política exterior estadounidense y del trabajo de los espías no es menos apasionante. Su protagonista, Carrie Mathison (Claire Danes), también sufre ataques psicóticos, esta vez diagnosticados, que ponen en peligro incluso la vida del espectador.

Lo fantástico de esta serie, hasta que perdió algo el rumbo en las temporadas tres y cuatro, es su capacidad para crear situaciones verosímiles con los recursos justos, mientras destila una tensión adictiva. Pero su mayor acierto quizá sea plantear grandes conflictos y patear sin vergüenza la difusa frontera entre seguridad y libertad. Da incluso igual la postura política del espectador, al que suben a un carrusel de emociones sin preguntarle por su filiación.

Puede parecer imprudente y llega a fomentar reacciones viscerales ante problemas complejos. Lo único que importa es que todo parezca real y que el espectáculo continúe. No hay miedo a incomodar. En la sexta temporada de Homeland (ahora en Fox), Carrie colabora con un centro que ayuda a la integración de ciudadanos musulmanes en Estados Unidos. Parece una contradicción con su labor anterior, aspecto tan irrelevante como los personajes que se han quedado por el camino. El mundo sigue girando y estas series lo explican de la manera más cínica posible. La privacidad ni se plantea, aun en el caso de ciudadanos libres de toda sospecha. Lo tomas o lo dejas. Pero si lo has probado, te va a costar dejarlo.

Hay otra serie menos conocida, Sucesor designado -y muchas más, por supuesto, como The Americans o El tirador-, que puede ser el contrapunto perfecto a las anteriores. El protagonista (no crean en las casualidades) es Kiefer Sutherland, quien accede a la presidencia por la vía menos esperada, aunque esta vez se parece al presidente Bartlet de El ala oeste de la Casa Blanca, solo que él no resulta elegido por el pueblo. En el fondo, el debate es similar, desde otro punto de vista. Hay conspiraciones, ataques terroristas y un retrato astuto de la soledad del poder, siempre con la amenaza de una revolución en el horizonte.

Solo falta un Donald Trump en la ficción, pero fuera del amparo de la realidad, donde es más fácil saltarse ciertas normas, un personaje tan extremo es del todo inverosímil. Las series hicieron posible otro modelo de presidentes. El actual inquilino de la Casa Blanca no tardará en inspirar a una generación de guionistas.