Cristina Cerrada
Cristina Cerrada - Laura Muñoz
LIBROS

«Hindenburg», víctimas de la guerra

Tras «Europa», la escritora madrileña nos brinda una historia donde se enseñorea una cruda violencia, protagonizada por una mujer que vive en una ciudad en el escenario de los Balcanes

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Hay novelas que reclaman ser leídas de un tirón. A pesar de que no es muy corta, recomiendo a los lectores que intenten hacerlo con la de Cristina Cerrada, «Hindenburg». Porque es una obra para ser percibida como un todo, dada la intensidad de su atmósfera, que se desarrolla «in crescendo», en el orden de mostrar el horror de la guerra. Como ocurrió con su anterior novela, «Europa», que me pareció muy buena, la localización concreta es muy difícil, dado que no se nombra país alguno. Algún topónimo la situaría en algún pueblo no muy alejado de Odesa, citada en la novela, y que sabemos a orillas del Mar Negro; por tanto próxima a escenarios de conflictos bélicos varios desarrollados en los Balcanes.

No sabemos si la protagonista, una mujer licenciada que trabaja en una fábrica limpiando inodoros, es rusa, checa o polaca. Lo que habla es lengua eslava, quizá serbio, como serbios son los apellidos de los traficantes de droga con los que intercambia para ganar como camello el dinero que necesita para sobrevivir y para que su hija pueda estudiar. Obviamente lo difuso de la ambientación es un rasgo de estilo, con la pretensión, conseguida, de que su contenido sea expresivo de lo que puede ocurrirle, en una ciudad sitiada y sometida a bombardeos, a una mujer de treinta y ocho años con una hija adolescente, y a cargo de una madre aquejada de demencia senil.

Inteligente discurso narrativo

La mejor elección estilística de Cristina Cerrada ha sido evitar los discursos, para lo que deja la narración en manos de la protagonista, pero limitada a lo que hace, ve hacer y sobre todo hacen con ella (son varias las violaciones). Narra una voz en primera persona que va contando en presente, de manera que las escenas no tienen el filtro de la memoria. Se presentan al lector como si estuvieran ocurriendo. Me parece que Cristina Cerrada ha elegido el discurso narrativo más inteligente para que lector entre en la historia sin apenas otra mediación que la perspectiva de la protagonista, quien padece dolor, angustia, desesperación, dudas, y también alguna contradictoria forma de placer no permitido, tanto en sus imaginaciones, como en sus actos reales. No es casual, y quizá podría ser advertido como sesgo nacido de una opción consciente, que mucho de lo que ocurre sea sexual, casi nunca placentero y siempre violento. La violencia son las violaciones, pero no es menor violencia que la protagonista pague peaje con sus encuentros furtivos con el jefe de almacén.

Este tiene el poder de no darle trabajo y por tanto se cobra en especie de sórdidos y muy rápidos intercambios eróticos (sin Eros). Quizá el mejor discurso feminista radique en que no precisa decirse como tal, le basta llamar la atención sobre la extrema vulnerabilidad de una mujer que, por edad e indefensión en un contexto de guerra, termina siendo para casi todos, también sus familiares varones más próximos, solamente un cuerpo del que gozar y sobre todo al que someter. En cambio, no estoy seguro que los actos incestuosos y pedófilos del padre en etapas anteriores fuesen del todo necesarios porque, aunque parezca lo contrario, distraen la novela de la propia tesis que parece sostenerla. Otra cosa ocurre en el caso de Paul.

Monstruos

Hay una economía del lenguaje, de frase corta hecha a fogonazos, que aumenta la expresividad de la novela y que también me ha parecido otra de sus mejores bazas. Su cortante manera de describir en unas oraciones que se suceden por medio de las parataxis, sugiriendo mucho más de lo que dicen, revela que Cristina Cerrada ha querido que lo narrado imponga su contundencia. También es destacable el creciente indicio de irracionalidad con la que la trama se va enredando.

Al final todo se desmorona, la protagonista pierde pie. Pero sobre todo, excepto en la figura del policía, el único que parece humano y del que también desconfía, la guerra -tomada como es aquí: guerrillas urbanas que se libran en cada calle y cada casa- es el escenario donde los monstruos se parecen más a ellos mismos. Una vez desatada la sinrazón de la fuerza, toda debilidad es imposible y recibe castigo.